
MANUAL OFICIAL
CONTENIDO
Págs.
3 Abreviaturas de los libros de la Biblia
4 Abreviaturas de documentos del magisterio
5 Carta del Papa Juan Pablo II a la Legión de María
7 Aviso preliminar
8 Perfil de Frank Duff
9 Fotografías Frank Duff
111 Altar de la Legión
145 Vexilla
Págs. Cáps
11- 1. Nombre y Origen
13- 2. Finalidad
14- 3. Espíritu de la Legión
15- 4. Servicio legionario
19 - 5. La devoción legionaria
27 - 6. Deberes de los legionarios para con María
43 - 7. El legionario y la Santísima Trinidad
47 - 8. El legionario y la Eucaristía
53- 9. El legionario y el Cuerpo místico de Cristo
61 - 10. Apostolado Legionario
69 - 11. Estructura de la Legión
74 - 12. Fines externos de la Legión
82 - 13. Admisión de socios
86 - 14. El praesidium
92 - 15. La promesa legionaria
94 - 16. Grados adicionales de los socios
105 - 17. Nuestros legionarios difuntos
107 - 18. Orden de la junta del Praesidium
120 - 19. La junta y el socio
130 -20. El sistema de la Legión es invariable
132 - 21. El místico hogar de Nazaret
135 - 22. Oraciones de la Legión
140 - 23. Las oraciones son invariables
141 - 24. Patronos de la Legión
151 - 25. El cuadro de la Legión
154 - 26. La tessera
155 - 27. Vexillum Legiones
158 - 28. Administración de la Legión
177 - 29. Lealtad legionaria
179 - 30. Actos públicos
185 - 31. Extensión y reclutamiento
189 - 32. Respuestas a algunas objeciones
197 - 33. Deberes básicos de los legionarios
215 - 34. Deberes de los dirigentes del praesidium
226 - 35. Fondos
227 - 36. Praesidia que requieren particular mención
236 - 37. Sugerencias para los trabajos
265 - 38. Los Patricios
279 - 39. Puntos cardinales del apostolado legionario
314 - 40. Predicad el Evangelio a todas las criaturas
334 - 41. “La principal de estas es el amor”
337 Apéndice 1: Cartas y mensajes de los Papas
341 Apéndice 2: Algunos extractos de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia,
“Lumen Gentium”, del Concilio vaticano II
343 Apéndice 3: Extractos del Código de derecho Canónico sobre obligaciones y derechos de
los fieles laicos
345 Apéndice 4: La Legión Romana
347 Apéndice 5: La Cofradía de María, Reina de todos los corazones
349 Apéndice 6: La : La medalla de la Inmaculada Concepción, llamada la “Medalla
Milagrosa”
351 Apéndice 7: La Cofradía del Santísimo Rosario
353 Apéndice 8: La enseñanza de la doctrina cristiana
354 Apéndice 9: Asociación Pionera del Sagrado Corazón sobre la abstinencia Total
354 Apéndice 10: El estudio de la fe
358 Apéndice 11: Síntesis Mariana
360 Oraciones de San Bernardo y de san Efrén
Índices:
361 Índice de las citas de la Biblia
362 Índice de documentos del Magisterio
363 Índice de las citas de los Papas
364 Índice de Autores y otras personas de interés
369 Índice de MateriasNota sobre las referencias a Nuestro Señor
370 Poema de José María Plunquett (traducción)
Abreviaturas de los Libros de Biblia
ANTIGUO TESTAMENTO
Gn Génesis
Ex Éxodo
Jos Josué
1 S 1 Samuel
1 Cro 1 Crónicas Sal Salmos
Ct Cantar de los Cantares
Si Eclesiástico
Is Isaías
Dn Daniel
NUEVO TESTAMENTO
Mt Mateo
Mc Marcos
Lc Lucas
Jn Juan
Hch Hechos de los apóstoles
1 Co Corintios
2 Co Corintios
Col Colosenses
Ga Gálatas
Ef Efesios
Flp Filipenses
1 Ts Tesalonicenses
2 Ts Tesalonicenses
1 Tim Timoteo
2 Tim Timoteo
Hb Hebreos
1 P Pedro
1 Jn Juan
Jds Judas
PAPA JUAN PABLO II A LA LEGIÓN DE MARÍA
Discurso de S.S. Juan Pablo II a un grupo
de Legionarios italianos
el 30 de octubre de 1982.
1. Os saludo cordialmente, hermanos y hermanas de la Legión de María, que habéis venido a Roma, juntamente con vuestro Presidente y consiliario nacional, para encontraros con el Sucesor de Pedro y recibir de él una palabra de estímulo y de bendición.
Mi bienvenida es para todos y cada uno de vosotros.
Me proporciona gran alegría veros en esta aula, tan numerosos, provenientes de diversas regiones de Italia, tanto más porque sois sólo una pequeña parte de ese movimiento apostólico, que en el arco de 60 años se ha extendido rápidamente por el mundo, y hoy, a distancia de dos años de la muerte del fundador Frank Duff, está presente en muchísimas diócesis de la Iglesia universal.
Mis predecesores, a partir de Pío XI, han dirigido a la Legión de María palabras de estima, y yo mismo, el 10 de mayo de 1979, al recibir por vez primera a una delegación vuestra, recordaba con viva complacencia las ocasiones que tuve anteriormente de estar en contacto con la Legión, en París, en Bélgica, en Polonia y, luego, como obispo de Roma, durante mis visitas pastorales a las parroquias de la ciudad.
Así que hoy, al recibir en audiencia a la peregrinación italiana de vuestro movimiento, me resulta entrañable subrayar los aspectos que constituyen la sustancia de vuestra espiritualidad y vuestro modo de ser dentro de la Iglesia.
Vuestra vocación es ser levadura
2. Sois un movimiento de laicos que proponen hacer de la fe aspiración de la propia vida hasta conseguir la santificación personal. Se trata de un ideal elevado y arduo, sin duda. Pero hoy la Iglesia llama a ese ideal, por medio del Concilio, a todos los cristianos del laicado católico, invitándolos a participar en el sacerdocio real de Cristo con el testimonio de una vida santa, con la abnegación y la caridad operante; a ser en el mundo, con el fulgor de la fe, de la esperanza y de la caridad, lo que es el alma en el cuerpo (Lumen Gentium, 10 y 38).
Vuestra propia vocación de laicos es decir, la de ser levadura en el Pueblo de Dios, animación cristiana en el mundo contemporáneo, y llevar el sacerdote al pueblo- es eminentemente eclesial. El mismo Concilio Vaticano II exhorta a todos los laicos a recibir con solícita magnanimidad la invitación a unirse cada vez más íntimamente al Señor, y sintiendo como propio todo lo que es de Él, a participar en la misma misión salvífica de la Iglesia, a ser sus instrumentos vivos, sobre todo allí donde, a causa de las particulares condiciones de la sociedad moderna aumento constante de la población, reducción del número de sacerdotes, nacimiento de nuevos problemas, autonomía de muchos sectores de la vida humana-, la Iglesia más difícilmente podría estar presente y actuar (Ib., 33).
El espacio del apostolado de los laicos se ha ampliado hoy extraordinariamente. Y, así, el compromiso de vuestra vocación típica se hace más imperioso, estimulante, vivo, actual. La vitalidad de los laicos cristianos es el signo de la vitalidad de la Iglesia. Y vuestro compromiso de legionarios se convierte en más urgente, teniendo en cuenta, por una parte, las necesidades de la sociedad italiana y de las naciones de antigua tradición cristiana, y, por otra parte, los ejemplos luminosos que os han precedido en vuestro mismo movimiento. Sólo por nombrar a alguien: Edel Quinn, con su actividad en África negra; Alfonso Lambe, en las zonas más marginadas de América Latina; y luego los millares de legionarios asesinados en Asia o que terminaron en campos de trabajo.
Con el espíritu y la solicitud de María
3. Vuestra espiritualidad es eminentemente mariana, no solo porque la Legión se gloría de llevar como bandera desplegada el nombre de María, sino sobre todo porque basa su método de espiritualidad y de apostolado en el principio dinámico de la unión con María, en la verdad de la íntima participación de la Virgen Madre en el plan de la salvación.
En otras palabras, tratáis de prestar vuestro servicio a cada uno de los hombres, que son imagen de Cristo, con el espíritu y la solicitud de María.
Si nuestro Mediador es uno solo, el hombre Cristo Jesús, afirma el Concilio que “la misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder” (LG, 60). Así la santísima Virgen es invocada en la Iglesia con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora, Madre de la Iglesia (Ver LG, 62).
La empresa apostólica, para nacer y crecer, la mira a Ella, que engendró a Cristo, concebido por el Espíritu Santo. Donde está la Madre, allí está también el Hijo. Cuando se aleja la Madre, se termina, antes o después, por tener lejano también al Hijo. Por algo hoy, en diversos sectores de la sociedad secularizada, se registra una crisis difusa de fe en Dios, precedida por una caída de la devoción a la Virgen Madre.
Vuestra Legión forma parte de los movimientos que se sienten comprometidos muy personalmente en la dilatación o en el nacimiento de la fe a través de la difusión o de la reanudación de la devoción a María; por eso, sabrá afanarse siempre para que, con el amor a la madre, sea más conocido y amado el Hijo, que es camino, verdad y vida de cada uno de los hombres.
En esta perspectiva de fe y de amor, os imparto de corazón la bendición apostólica.
Aviso preliminar
La Legión es un sistema que puede perder su equilibrio si se suprime o se cambia cualquiera de sus partes. Se podría aplicar a la Legión lo que escribió el poeta:
“Quitad un hilo y deshacéis la trama;
romped de teclas mil
una sola, y en todas ellas brama
su triste voz sutil”.
(Whittier)
Así, pues, rogamos encarecidamente a cuantos no se sientan dispuestos a poner en práctica el sistema legionario tal como está descrito en las páginas siguientes, que se abstengan de intentar establecer la Legión. Léase, con relación a esto, el capítulo 20: “El sistema de la legión es invariable”.
Nadie puede ser socio de la legión de María si no se afilia a la misma mediante alguno de sus Consejos legítimamente constituidos.
Si algo nos ha enseñado la pasada experiencia, es que no fracasará la Legión en ninguno de sus cuerpos si se siguen fielmente todas las normas.
FRANK DUFF
Fundador de la Legión de María
Frank Duff nació en Dublín, Irlanda, el 7 de junio de 1889. Entró en el Servicio Civil a la edad de 18 años. A los 24 años, se incorporó a la Sociedad de S. Vicente de Paúl, en la que fue llevado hacia un compromiso más profundo con su fe católica, y, al mismo tiempo, adquirió una gran sensibilidad en cuanto a las necesidades de los pobres y menesterosos.
Con un grupo de mujeres católicas y Fr. Miguel Toher, de la arquidiócesis de Dublín, formó el primer praesidium de la Legión de María el 7 de septiembre de 1921. Desde esa fecha hasta su muerte el 7 de noviembre de 1980, se ocupó de la extensión mundial de la Legión con heróica dedicación. Asistió al Concilio Vaticano II como observador seglar.
Sus profundas deducciones con respecto al papel de la Virgen en el plan de la Redención, así como a la responsabilidad de los fieles en la misión de la Iglesia, se reflejan en este libro, que es obra suya casi en su totalidad.
FRANK DUFF
LA LEGIÓN DE MARÍA
¿Quién es Ésta, que va subiendo cual aurora naciente, bella como la luna, brillante como el sol, terrible como un ejército formado en batalla? (Ct 6,10).
“Y el nombre de la Virgen era María” (Lc 1,27).
“Legión de María. ¡Que nombre más acertado!” (Pío XI).
1
NOMBRE Y ORIGEN
La Legión de María es una asociación de católicos que, con la aprobación eclesiástica, han formado una Legión para servir a la Iglesia en su perpetua lucha contra el mundo y sus fuerzas nefastas, acaudillados por Aquella que es bella como la luna, brillante como el sol, y-para el Maligno y sus secuaces-terrible como un ejército en orden de batalla: María Inmaculada, medianera de todas las gracias.
“Como resultado de la caída, toda la vida humana, tanto individual como colectiva, se presenta como una lucha dramática entre el bien y el mal, entre la luz y las tinieblas” (GS, 13).
Los Legionarios ansían hacerse dignos de su excelsa y celestial Reina , y lo intentan mediante su lealtad, sus virtudes y su valentía. Y se han organizado a modo de ejército, tomando como modelo particular a la Legión de la antigua Roma. La Legión de María ha hecho suya la terminología de la Legión romana, pero, a diferencia de ésta, ni sus huestes ni sus armas son de este mundo.
Este ejército mariano, ahora tan numeroso, tuvo los más humildes comienzos. No se formó conforme a un plan preconcebido; brotó espontáneamente. Tampoco se formuló un proyecto de reglas y prácticas. Al contrario, por todo preparativo, alguien sugirió una idea, se fijó una tarde, y se reunieron unas cuantas personas, sin sospechar que habían de ser instrumentos escogidos por la divina Providencia.
En nada se distinguió aquella primera junta de las que hoy celebra la Legión de María en el mundo entero. La mesa, alrededor de la cual se reunieron, tenía puesto un altarcito cuyo centro era una estatua de la Inmaculada (de la Medalla Milagrosa), sobre un lienzo blanco, entre dos floreros y dos candeleros, con velas encendidas. Este conjunto, tan rico en simbolismo, obedeció a la inspiración de
una de las primeras socias. Y allí quedó cristalizado todo lo que representa la Legión de María. La Legión es un ejército: pues bien, allí estaba la Reina antes de reunirse ellos; estaba esperando el alistamiento de aquellos que Ella ya sabía iban a venir. Ella fue quien los escogió, y no al revés, y, desde entonces, ellos se han puesto en marcha y luchan a su lado, sabiendo que el salir triunfantes y el perseverar guarda un ritmo exacto a su unión con Ella.
El primer acto colectivo de aquellos legionarios fue arrodillarse. Aquellas frentes jóvenes y sinceras se inclinaron. Rezaron la invocación y la oración del Espíritu Santo; y luego, entre los dedos ya cansados por el trabajo del día, desgranaron las cuentas de la más sencilla de las prácticas piadosas. Al extinguirse el eco de las jaculatorias finales, se sentaron, y bajo los auspicios de María, representada allí por su imagen, se pusieron a pensar cual sería el mejor modo de agradar a Dios y de hacerle amar en el mundo. De aquellas consideraciones brotó la Legión de María con todas sus características, tal como es hoy.
¡Que portento! ¿Quién, al contemplar aquellas humildes personas, tan llanamente ocupadas, hubiera podido suponer ni al calor de la más loca fantasía- el destino que de allí a poco les aguardaba? Y entre ellas mismas, ¿quién sospechó jamás que entonces precisamente estaban fundando una organización destinada a ser una nueva fuerza mundial, la cual, fielmente encauzada y aprovechada, en manos de María, sería capaz de dar vida, esperanza y dulzura a las naciones? Con todo, así había de ser.
Aquel primer alistamiento de legionarios de María se hizo en Myra House, Francis Street, Dublín, Irlanda, a las ocho de la noche del 7 de septiembre de 1921, víspera de la fiesta de la Natividad de nuestra Señora. Por algún tiempo la organización se llamó “Asociación de nuestra Señora de la Misericordia”, nombre tomado del título de la unidad madre.
La fecha del 7 de septiembre, dictada al parecer por circunstancias fortuitas, se tuvo al principio por menos apropiada que si hubiera sido al día siguiente; sólo después de algunos años, en los que María dio pruebas señaladas de su amor verdaderamente maternal, se echó de ver que no fue un rasgo menos delicado el que mostró hacia la legión, haciendo coincidir su fundación con la hora de su nacimiento. Dice la Sagrada Escritura (Gn 1,5) que el primer día de la creación estuvo compuesto de tarde y mañana, era muy propio que fuesen los primeros aromas de la Natividad de nuestra Señora, y no los últimos, los que impregnaran l
La cuna de aquella organización, cuyo primero y más constante empeño ha sido siempre reflejar en sí misma la semejanza de María como el medio más eficaz para glorificar al señor y hacerle llegar a los hombres.
“María es Madre de todos los miembros del Salvador, porque, en virtud de su caridad, Ella ha cooperado al nacimiento de los fieles en la Iglesia. María es el molde viviente de Dios , es decir: sólo en Ella se formó al natural el hombre Dios sin perder digámoslo así- ningún rasgo de su divinidad; y sólo por ella puede transformarse el hombre de un modo adecuado y viviente- en Dios, en cuanto es capaz la naturaleza humana por la gracia de Jesucristo” (San Agustín).
“La Legión de María muestra el verdadero rostro de la Iglesia Católica” (Papa Juan XXIII).
2
FINALIDAD
La Legión de María tiene como fin la gloria de Dios por medio de la santificación personal de sus propios miembros mediante la oración y la colaboración activa bajo la dirección de la jerarquía- a la obra de la Iglesia y de María: aplastar la cabeza de la serpiente infernal y ensanchar las fronteras del reinado de Cristo.
Después de contar con la aprobación del Concilium, y dentro de los límites prescritos por el Manual Oficial de la legión, ésta se pone al servicio del obispo diocesano y del cura párroco, para cualquier obra social o de acción católica que, a juicio de dichas autoridades, pueda contribuir al bien de la Iglesia, y esté al alcance de los legionarios. Sin el consentimiento del párroco o del Ordinario, jamás emprenderán los legionarios ninguna de esas obras en una parroquia.
Por “ordinario” se entiende en estas páginas “el ordinario del lugar”: el obispo de la diócesis u otra autoridad eclesiástica competente.
a) El fin inmediato de la colaboración de los seglares en el apostolado de la Jerarquía coincide con el fin apostólico de la Iglesia, es decir: evangelizar y santificar a los hombres y formar cristianamente su conciencia, de suerte que puedan imbuir de espíritu evangélico las diversas comunidades y los diversos ambientes.
b) Los seglares al cooperar según su condición específica con la Jerarquía, ofrecen su experiencia y asumen su responsabilidad en la dirección de estas organizaciones, en el examen cuidadoso de las condiciones en que ha de ejercerse la acción pastoral de la Iglesia, y en la elaboración y desarrollo de los programas de trabajo.
c) Los seglares trabajan unidos a la manera de un cuerpo orgánico, de forma que se manifieste mejor la comunidad de la Iglesia y resulte más eficaz el apostolado.
d) Los seglares ya-se ofrezcan espontáneamente, ya sean invitados a la acción y a la directa cooperación con el apostolado jerárquico-, obran bajo la dirección superior de la misma Jerarquía , la cual puede sancionar esta cooperación incluso por un mandato explícito” (AA, 20).
3
ESPÍRITU DE LA LEGIÓN
El espíritu de la Legión de María es el de María misma. Y de manera particular anhela la Legión imitar su profunda humildad, su perfecta sumisión, su dulzura angelical, su continua oración, su absoluta mortificación, su inmaculada pureza, su heroica paciencia, su celestial sabiduría, su amor a Dios intrépido y sacrificado; pero, sobre todo, su fe: esa virtud que en Ella, llegó hasta su más alto grado, a una sublimidad sin par. Animada la Legión con esta fe y este amor de María, no hay empresa, por ardua que sea, que le arredre; ni se queja ella de imposibles, porque cree que todo lo puede (Imitación de Cristo, lib III, cap. 3:5).
“El modelo perfecto de esta espiritualidad apostólica es la Santísima Virgen María, Reina de los apóstoles. Ella, mientras vivió en este mundo una vida igual a la de los demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, estaba constantemente unida a su Hijo, y cooperó de modo singularísimo a la obra del Salvador… Hónrenla todos con suma devoción, y encomienden su vida apostólica a la solicitud de María” (AA, 4).
4
SERVICIO LEGIONARIO
1. Debe “revestirse de las armas de Dios” (Ef 6, 11)
La Legión de María toma su nombre de la legión romana, la cual es considerada todavía hoy, después de tantos siglos, como dechado de lealtad, valor, disciplina, resistencia y poder conquistador, a pesar de haber empleado dichas cualidades para fines muchas veces ruines y siempre mundanos (véase apéndice 4). Es evidente que la Legión de María no podrá de manera alguna presentarse ante su capitana sin estar adornada de tan preciosas virtudes. Sería el engaste sin la joya. De modo que las cualidades mencionadas expresan el mínimum del servicio legionario. San Clemente, convertido por San Pedro y colaborador de San Pablo, propone al ejército romano como un modelo que la Iglesia debe imitar.
“¿Quiénes son los enemigos? Son los malvados que se resisten a la voluntad de Dios. Así, pues, entremos con determinación en la guerra de Cristo, y sometámonos a sus gloriosas órdenes. Examinemos atentamente a los que sirven en la legión romana bajo las autoridades militares, y observaremos su disciplina, su prontitud de obediencia en ejecutar sus órdenes. No todos son perfectos, o tribunos, o centuriones, u oficiales al frente de cincuenta soldados, u ostentan grados de autoridad inferiores. Pero cada hombre, según su rango, ejecuta las órdenes del emperador y de sus oficiales superiores. Los grandes no pueden subsistir sin los pequeños. Hay cierta unidad orgánica que combina todas las partes de modo que cada cual ayuda a todos y todos le ayudan a él.
Consideremos la analogía de nuestro cuerpo. La cabeza sin los pies no es nada, como tampoco son nada los pies sin la cabeza. Aun los órganos más íntimos de nuestro cuerpo son necesarios y valiosos para el cuerpo entero. En efecto, todas las partes colaboran en mutua dependencia, y prestan una obediencia común, en beneficio de todo el cuerpo” (San Clemente, Papa y mártir, epístola a los Corintios, año 96, capítulo 36 y 37).
2. Debe ser “un sacrificio vivo, consagrado, agradable a Dios, y no conforme a este mundo” (Rm 12, 1-2)
Sobre esta base se levantarán en el alma de todo fiel legionario de María virtudes tanto más excelsas cuanto más sublime es su causa comparada con la del antiguo ejército romano. Y, sobre todo, vibrara su alma con esa noble generosidad que arrancó a Santa Teresa esta queja: “¡Recibir tanto, tanto, y devolver tan poco! ¡Ay, éste es mi martirio!” y contemplando a su Señor crucificado, a Aquel que le entregó hasta su último suspiro y la última gota de su sangre, el legionario debe hacer el firme propósito de reflejar en su servicio siquiera algo de tanta generosidad.
“¿Qué más cabía hacer por mi viña que yo no lo haya hecho? “
(Is 5,4)
3. No debe rehuir “trabajos y fatigas” (2Co 11,27)
Aunque el católico celoso tiene que estar dispuesto siempre -en una u otra parte del mundo- a enfrentarse a instrumentos de tortura y muerte- como lo prueban hechos recientes-, el servicio legionario tiene, por lo común, un campo de acción menos brillante. Así y todo, no escasearán las ocasiones de practicar el heroísmo; callado, si se quiere, pero no por eso menos verdadero. El apostolado legionario impondrá al acercarse a muchas personas que preferirían alejarse de toda sana influencia, y que no tendrán reparo en manifestar su desagrado, al ser visitadas por aquellos que procuran el bien y combaten el mal. Ya estos seres hay que ganárselos; y eso no será posible si no es poniendo en juego un espíritu paciente y recio.
Miradas aviesas; la punzada de la afrenta y del desprecio; ser el blanco del ridículo y de las malas lenguas; cansancio del cuerpo y del espíritu; el tormento del fracaso y de la innoble ingratitud; frío intenso, lluvias torrenciales, suciedad, insectos, malos olores, pasillos oscuros, ambiente sórdido; el privarse de pasatiempos y cargarse de preocupaciones, que siempre se acumulan en las obras de la caridad; la angustia que se apodera de toda alma sensible a la vista del ateísmo y de la depravación; la participación generosa en los dolores ajenos… Todas esas cosas tienen poco de aparatosas; pero sobrellevadas con paciencia, más aún, consideradas como goces, con perseverancia hasta el fin, vendrán a pesar en la balanza de la divina Justicia casi tanto como el amor que excede a todo otro amor: el de aquel que da la vida por sus amigos (Jn 15,13).
“¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?” (Sal 116,12).
4. Debe proceder con amor, “igual que Cristo nos amó y se entregó por nosotros” (Ef 5,2)
El secreto del éxito feliz en el trato con los demás está en establecer contacto personal con ellos, un contacto de amor y simpatía mutua. Pero este amor ha de ser más que meras apariencias: ha de saber resistir las pruebas que entraña la verdadera amistad; esto exigirá a menudo alguna mortificación. Saludar, en un ambiente de lujo y elegancia, a quien poco antes se fue a visitar en la cárcel; andar por las calles con personas andrajosas, estrechar cordialmente una mano mugrienta, aceptar un bocado en una buhardilla pobre y sucia: estas cosas- y otras por el estilo- a algunos les parecerá difíciles, pero, si rehuyen, se descubrirá que esa amistad era puramente fingida. Y, ¿qué sucede? Se rompe el contacto, y aquella pobre alma que se iba levantando, desilusionada, se vuelve a hundir en la sensación de fracaso.
Toda obra, para ser realmente fructífera, debe radicar en cierta disposición del alma a darse espontánea y totalmente a los demás. Sin ella, el servicio legionario carece de vida. El legionario que pone límites: “hasta ese punto me sacrificaré, más no”, nunca saldrá de lo trivial, por más esfuerzos que haga. Pero teniendo esta pronta disposición- aunque esta no se desarrolle en toda su eficacia, o sólo en una mínima parte-, fructificará, sin embargo, en obras portentosas.
Contestó Jesús: ¿Tú darías la vida por mí? (Jn 13,38).
5. Debe “correr hasta la meta” (2 Tm 4,7)
Así pues, la Legión exige un servicio sin límites, sin restricciones. Y esto no es solamente un consejo, es una necesidad; porque, si no apunta el legionario a lo más alto, no llegará a perseverar ni siquiera en lo comenzado. Perseverar hasta el fin en la obra del apostolado es, en sí misma, cosa heroica; y este heroísmo se consigue sólo a fuerza de una serie continua de actos heroicos, que tienen en la perseverancia final su remate y su corona.
Pero aquí tratamos de la perseverancia, no sólo de cada legionario, en su calidad de tal, sino como un sello que ha de llevar estampado cada acto que integra el programa de acción de la Legión. Cambios tiene que haber, claro está: en las visitas se cambia de lugar y de persona; se pone término a unas obras y se empiezan otras, etc.; pero esto es el movimiento acompasado de un proceso vital, no el caprichoso vaivén de la inestabilidad y del afán de novedad, que acaba por romper la más férrea disciplina. Recelosa de este espíritu de mutabilidad, la Legión no cesa de clamar exigiendo un espíritu recio; y, al terminar sus juntas, envía a los legionarios a sus diversas empresas, despidiéndolos con esta consigna invariable: ¡Manteneos firmes! (2 Ts 2,15).
Salir airoso en cualquier empresa difícil depende del esfuerzo constante, y éste, a su vez, es fruto de una voluntad indómita de vencer. Ahora bien: lo esencial, para que persevere esta voluntad, es que no se doblegue ni mucho ni poco; y, por eso, la Legión impone a cada cuerpo del ejército- y a cada soldado de ese cuerpo- la resolución de negarse en absoluto a aceptar cualquier derrota, o a exponerse a ella por cierta tendencia a considerar las varias empresas con lemas como éstos: “promete”, “no promete”, “irremediable”, etc.
Calificar a primera vista como irremediable cualquier caso da a entender que, en lo que respecta a la Legión, hay un alma de inestimable valor que se deja en libertad para que se precipite a gran velocidad por el camino de la perdición; indica, además, que ya no se obra con miras altas, sino por el prurito de la novedad y por deseos de un aparente progreso, resaltando que, si la semilla no brota en las mismas pisadas del sembrador, éste se desanima y, más o menos tarde, abandona la labor.
Por otra parte, se ha dicho con insistencia que el mero hecho de clasificar de irremediable una situación- sea la que fuere- automáticamente debilita el ánimo para todas las demás. Consciente o inconscientemente al acometer una empresa, siempre entrará la duda de si ésta merecerá el esfuerzo que exige; y la menor vacilación en tales circunstancias paraliza la acción.
Pero lo más triste es que ya, en tal caso, no actuaría la fe, como debe actuar en toda obra legionaria; y sólo se le abriría paso cuando así conviniera a los cálculos de la razón, y aún entonces haría un papel muy secundario. De donde resulta que, por estar tan amarrada la fe y tan agotado su brío, enseguida entran en tropel las timideces y las ruindades de la naturaleza y la mera prudencia humana, que antes se tenían a raya; y la Legión, para gran deshonra suya, viene a ofrendar al cielo un servicio relativo, pasajero y mezquino.
La Legión, pues, se preocupa, ante todo y sobre todo, de proceder con resolución y vigor, y, sólo secundariamente, de trazar un determinado programa de actividades. A sus socios no les exige ni riquezas ni influencia social, sino fe sin vacilar; no pide hazañas, sino esfuerzos constantes; no genio ni talento, sino amor insaciable; no fuerzas de gigante, sino disciplina férrea. El servicio legionario tiene que ser un perpetuo ¡Adelante!, cerrándose total y obstinadamente a todo desaliento; inconmovible como una roca en momentos de crisis, y constante en todo tiempo; deseoso del éxito, pero humilde en su logro y desasido de él; luchando contra el fracaso, pero, si viene, sin arredrarse por él; al contrario, prosiguiendo la lucha hasta resarcirse de las pérdidas, aprovechándose hasta de las dificultades de la monotonía como de un campo donde desplegar su confianza y su resistencia ante un prolongado asedio. Pronto a la voz de mando; alerta aun sin ser llamado; y siempre, aun cuando no haya combate ni se divise al enemigo, centinela incansable de los intereses de Dios. Con ánimo para lo imposible, pero contento de hacer de mero sustituto. Nada demasiado costosos, ningún deber demasiado humilde para lo uno y para lo otro, la misma inagotable paciencia, atención igualmente minuciosa, el mismo inflexible valor: cada obra, templada por la misma áurea tenacidad. Siempre de servicio por las almas; siempre dispuesto a socorrer a los débiles en sus momentos de flaqueza, y vigilante para sorprender a los corazones endurecidos en sus escasos momentos de debilidad, buscando sin descanso a los extraviados; olvidado de sí, al pie de la cruz ajena, y allí clavado, hasta que todo esté cumplido.
¡Nunca ha de desfallecer el servicio de una organización consagrada a la Virgen fiel, y que lleva- para honor o vergüenza suya- su bendito nombre!
5
LA DEVOCIÓN LEGIONARIA
Las características de la devoción legionaria quedan reflejadas en sus oraciones. En primer lugar, la Legión está cimentada sobre una gran confianza en Dios y en el amor que Él nos tiene a nosotros, sus hijos. Desea servirse de nuestros esfuerzos para gloria suya, y, a fin de que fructifiquen constantemente, los quiere purificar. Nosotros por el contrario, solemos oscilar entre la apatía y la ansiedad febril, y somos así porque consideramos a Dios como alguien alejado de nuestro quehacer. Compenetrémonos, pues, con esta verdad: que, si algún buen propósito tenemos, Él lo ha imbuido en nosotros, y si este propósito, con el tiempo, da frutos, es tan solo porque Él no deja por un momento de vigorizar nuestros brazos. Más, muchísimo más que nosotros se interesa Dios por la feliz ejecución de la obra que tenemos entre manos; más, infinitamente más que nosotros desea Él esa conversión que buscamos. ¿Queremos ser santos? Él lo anhela incomparablemente más que nosotros.
Esta compenetración de nuestra voluntad con la de Dios, nuestro buen padre, ha de ser el firmísimo apoyo de todo legionario, en la doble empresa de su santificación personal y de su servicio a favor de los demás. Sólo la falta de confianza puede malograr el feliz resultado de la obra. Si tenemos fe bastante, Dios se servirá de nosotros en la conquista del mundo para gloria suya.
Todo el que nace de Dios vence al mundo; y ésta es la victoria que ha derrotado al mundo: nuestra fe (Jn 5,4).
“Creer quiere decir “abandonarse” en la verdad misma de la Palabra de Dios viviente, sabiendo y reconociendo humildemente” ¡cuan insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!” (Rm 11,33). María, que por la eterna voluntad del Altísimo se ha encontrado, puede decirse, en el centro mismo de aquellos “inescrutables caminos” y de los “insondables designios” de Dios, se conforma a ellos en la penumbra de la fe, aceptando plenamente y con corazón abierto todo lo que está dispuesto en el designio divino” (RMat, 14).
1. DIOS Y MARÍA
Después de Dios la Legión tiene su más firme apoyo en la devoción a María, aquel portento inefable del Altísimo, como dice Pío IX.
Mas, ¿qué puesto ocupa María en relación a Dios? Como a todos los demás hijos de hombre, Dios la sacó de la nada; y, aunque ya en ese momento inicial la ensalzó hasta una altura de gracia inmensa e inconcebible, respecto de su Hacedor es como la nada. Ella, más que nadie, es criatura suya, porque en Ella, más que en otra alguna, ha obrado su Mano todopoderosa. Cuanto más hace por Ella, tanto más es hechura suya.
Y muy grandes cosas hizo Dios en María: desde toda la eternidad la asoció en su mente divina con el Redentor; la hizo entrar en los misteriosos designios de su gracia, escogiéndola para Madre de su Hijo y de todos los que estuviesen unidos a Él. Todo lo cual quiso Dios, en primer lugar, porque María había de corresponder a la elección más fielmente que todas las demás criaturas juntas; y en segundo lugar, porque de este modo- misterio inaccesible a nuestra limitada razón- acrecentaba la gloria que habíamos de darle también todos nosotros. Por lo tanto, es imposible que ninguna oración o servicio de amor con que le obsequiemos a María como a Madre nuestra y Auxiliadora de nuestra salvación pueda redundar en menoscabo de Aquél que quiso crearla así.
Cuanto le ofrezcamos a Ella, llega a Dios íntegro y seguro. Es más: nuestra ofrenda, al pasar por manos de María, no sólo no sufre mengua, sino que aumenta su valor. María no es una simple mensajera, ha sido constituida por Dios como elemento vital en la economía de su gracia; de suerte que su intervención le procura a Él una gloria mayor, y a nosotros, más copiosas gracias.
Y así como se complació el Eterno Padre en darnos a María como abogada nuestra y en recibir de sus manos nuestros homenajes, de igual manera se dignó hacerla Medianera de sus gracias; es decir, el Camino por donde encauza el caudal de favores que tan a manos llenas derrama su bondad todopoderosa, particularísimamente Aquel que es la causa y fuente de todos ellos: la Segunda persona Divina hecha hombre, nuestra verdadera vida y única salvación.
“Si deseo depender de la Madre es para hacerme siervo del Hijo; si aspiro a ser todo de Ella, es para rendir a Dios mi homenaje de sujeción con mayor fidelidad” (San Ildefonso).
2. MARÍA, MEDIANERA DE TODAS LAS GRACIAS
La confianza de la Legión en María no tiene límites, pues sabe que, por disposición divina, tampoco tiene límites el poder de María. Dios dio a María cuanto pudo darle, cuanto Ella era capaz de recibir, y se lo dio sin medida; el mismo Dios nos la ha dado como medio especialísimo de conseguir su gracia; porque ha dispuesto que, cuando obramos unidos a Ella, tengamos más acceso a él, y, en consecuencia, mayores garantías de alcanzar sus dones. Realmente, así, nos sumergimos en la misma pleamar de la divina gracia, ya que María es la Esposa del Espíritu Santo y el canal por el que fluyen hasta nosotros cuantas gracias manan de la Pasión de Jesucristo. No hay nada de cuanto recibimos que no lo debamos a una intervención positiva de María; la cual, no contenta con transmitir nuestras súplicas, las hace eficaces para alcanzar cuanto piden.
Penetrada de una fe viva en este oficio mediador de María, la Legión inculca la práctica de esta especial devoción a todos sus miembros.
“Mirad con qué amor tan ardiente quiere Dios que honremos a María: de tal modo ha derramado en Ella la plenitud de todo bien, que toda nuestra esperanza, toda gracia, toda salvación, todo- repito, y no lo dudemos-, todo nos viene por Ella” (San Bernardo, Sermo de Aquaeductu).
3. MARÍA INMACULADA
La Legión vuelve sus ojos, en segundo término, a la Inmaculada Concepción de María.
Ya en la primera junta de la Legión se reunieron los socios alrededor de un altarcito de la Inmaculada, para orar y deliberar; y, hoy día ese mismo altar constituye el centro de todas las juntas legionarias, en todo el mundo. Y se puede afirmar que el primer soplo de vida de la Legión fue una jaculatoria en loor de este privilegio de María; privilegio que preparó a esta excelsa Señora para recibir todas las demás prerrogativas y grandezas que se le concedieron después.
La primera voz profética de la Escritura, al prometernos a María, hizo ya mención de esta Concepción Inmaculada, que forma parte de María, que es María; ahí, juntamente con este privilegio, se presagia toda la serie de maravillas que habían de arrancar de él, a saber: la Divina Maternidad, el aplastar la cabeza de la serpiente infernal por medio de la Redención, y la Maternidad espiritual de María respecto de los hombres: Pongo hostilidad entre ti y la Mujer, entre tu linaje y el suyo: Él pisará tu cabeza cuando tú hieras su talón (Gn 3,15).
A estas palabras, dichas por Dios a Satanás, acude la Legión a fin de beber en ellas como en la fuente de su confianza y fortaleza en su lucha contra el pecado. Aspira de todo corazón a ser el linaje de María, su Descendencia en el pleno sentido de la palabra, porque en eso radica la promesa de la victoria. Cuanto más se acentúa esa maternidad de María, más se intensifica la oposición a las fuerzas del mal, y la victoria es más completa.
“Las Sagradas Escrituras del Antiguo y Nuevo Testamento, así como la venerable tradición, muestran el papel de la Madre del Salvador en el proyecto de salvación, y hasta con indiscutible evidencia. Los libros del Antiguo Testamento describen la historia de la salvación, por la que la venida de Cristo a la tierra fue detenidamente preparada. Los primeros documentos, tal como se leen en la Iglesia y se comprenden a la luz de una posterior y plena revelación, nos traen la figura de una mujer, Madre del Redentor, presentándola con una luz cada vez más clara. A la vista de esta luz, Ella está ya proféticamente prevista en la promesa de una victoria sobre la serpiente, que le fue dada a nuestros primeros padres caídos en el pecado (cf. Gen 3,15)” (LG, 55).
4. MARÍA NUESTRA MADRE
Si nos honramos con el título de hijos, forzosamente tendremos que apreciar la maternidad de la que nos viene este título. De ahí que el tercer aspecto de la devoción legionaria a María es honrarla devotísimamente como a verdadera Madre nuestra que es.
Fue hecha Madre de Cristo cuando al saludo del ángel, respondió dando su humilde consentimiento: “Aquí está la esclava del Señor, cúmplase en mí lo que has dicho” (Lc 1,38). Nos fue dada como Madre nuestra entre las angustias del Calvario, al decir Jesús desde la cruz: “Mujer, ése es tu hijo;” y al decirle a Juan: “Ésa es tu madre” (Jn 19,26-27). Estas palabras se dirigieron a todos los escogidos, representados allí por Juan; y María, cooperando plenamente a la Redención con su consentimiento y sus dolores, fue hecha entonces Madre nuestra, en el sentido más profundo de la palabra Madre.
Somos verdaderos hijos de María, luego hemos de portarnos como tales: como hijos pequeños, dependientes de Ella en todo. A Ella debemos acudir para que nos alimente, nos guíe, nos instruya, cure nuestras dolencias, nos consuele en nuestros pesares, nos aconseje en nuestras dudas, y nos conduzca al buen camino cuando nos extraviemos, a fin de que, entregados totalmente a su cuidado, crezcamos en la semejanza de nuestro Hermano Mayor, Jesús, y compartamos con Él su misión de combatir el pecado y vencerlo.
“María es Madre de la Iglesia, y no sólo porque es la Madre de Cristo y su más íntima colaboradora en “la nueva economía, en la que el Hijo de Dios tomó de Ella una naturaleza humana, pudiendo así, a través del misterio de su carne, liberar al hombre del pecado”; sino, también, porque brilla ante la comunidad entera de los elegidos como modelo de virtudes. Ninguna madre humana puede limitar su misión de madre al sólo engendramiento de un nuevo ser. Deberá, además, criar y educar a su prole. En este sentido, la bienaventurada Virgen María participó en el sacrificio redentor de su Hijo, y de un modo tan íntimo, que mereció ser proclamada por Él, Madre, no sólo de su discípulo Juan, sino- permítasenos afirmarlo- del género humano que éste simbolizaba; y continúa ahora realizando desde el cielo su función maternal, como cooperadora en el nacimiento y desarrollo de la vida divina en las almas de cada uno de los redimidos. Ésta es una verdad en extremo consoladora, que, por libre voluntad del sapientísimo Dios, forma parte integrante del misterio de la salvación humana; por tanto debe ser considerada de fe por todos los cristianos” (SM).
5. LA DEVOCIÓN LEGIONARIA, RAÍZ DEL
APOSTOLADO LEGIONARIO
Uno de los deberes más sagrados de la Legión será manifestar exteriormente esta tan acendrada devoción a la Madre de Dios, que tiene en su corazón. Pero, como la Legión no puede actuar sino a través de sus miembros, ruega encarecidamente a cada uno de éstos que asuma plenamente este espíritu, haciéndolo objeto de seria meditación y alma de su apostolado.
Si esta devoción a María ha de ser verdaderamente un tributo legionario, es preciso que constituya una parte integral de la Legión, un deber tan esencial a todos los socios como la junta semanal o el trabajo activo; y por lo tanto, todos han de participar en esta devoción con perfecta unanimidad. De tan capital importancia es este punto, que nunca acabarán los legionarios de grabárselo debidamente en su mente.
Esta participación unánime de espíritu mariano es cosa muy delicada, y, como en esto actúan todos, todos pueden comprometerla: de modo que cada cual ha de salir fiador de ella como de un sagrado depósito. Si en esto hay alguna deficiencia, si los legionarios no son como piedras vivas, que van entrando en la construcción del edificio espiritual (1 P 2,5), entonces falla una parte esencial de la estructura de la legión. Cada socio que se enfríe en su amor a María será una piedra caída del edificio; y, si el espíritu general decayera del primitivo fervor, la Legión vendría a ser no un refugio, sino una casa en ruinas: no podría ya cobijar a sus hijos, y mucho menos sería hogar de nobleza y santidad, ni punto de partida para empresas heroicas.
En cambio, unidos todos como un solo miembro en el puntual y fervoroso cumplimiento de este deber del servicio legionario, no solamente se destacará la Legión entre todas las organizaciones católicas por su ardentísimo amor a María; estará, además, dotada de maravillosa unidad de espíritu, de miras y de acción. Es tan preciosa a los ojos de Dios esta unidad nacida del amor a la Virgen, que Dios le ha conferido un poder irresistible. Pues, si sólo a un alma le vienen tan grandes gracias por este camino real de la devoción a la madre de Dios, ¿qué no ha de recibir toda una organización que persevera en oración con María (Hch 1,14), con Aquella que todo lo ha recibido de Dios? Participando- como participa- con Ella de un mismo espíritu, y entrando tan de lleno por Ella en el plan divino sobre la distribución de las gracias, ¿cómo no ha de estar dicha organización repleta del Espíritu Santo? (Hch 2,4), ¿cómo no va a ser instrumento de muchos prodigios y señales? (Hch 2,43).
“Orando en medio de los Apóstoles, y amándolos fervorosamente con su corazón maternal, la Virgen hace bajar al Cenáculo ese tesoro que, en adelante, enriquecerá siempre a la Iglesia: la plenitud del Paráclito, la Dádiva suprema de Cristo” (JS).
6. ¡SI MARÍA FUESE CONOCIDA!
Al sacerdote, que lucha casi desesperadamente en un mar de indiferencia religiosa, le recomendamos que lea las siguientes palabras del padre Fáber, entresacadas de su introducción a La Verdadera Devoción a María, de San Luis Ma. De montfort, fuente perenne de inspiración para la Legión; porque le darán pie para reflexionar en lo útil que le puede ser la Legión. Prueba el mencionado padre Fáber que la triste condición de las almas es efecto de no conocer ni amar bastante a María: “La devoción que le tenemos es limitada, mezquina y pobre; no tiene confianza en sí misma. Por eso no se ama a Jesús, ni se convierten los herejes, ni se ensalza a la Iglesia.
Almas que podrían ser santas, se marchitan y mueren; no se frecuentan los sacramentos como es debido, ni se evangeliza con entusiasmo y fervor. Jesús está oscurecido porque María ha quedado en la penumbra. Miles de almas perecen porque impedimos que se acerque a ellas María. Y la causa de todas estas funestísimas desgracias, omisiones y desfallecimientos es esta miserable e indigna caricatura que tenemos la osadía de llamar “nuestra devoción a la Santísima Virgen”. Si hemos de dar fe a las revelaciones de los santos, Dios nos está urgiendo a que tengamos a su bendita Madre una devoción más profunda, más amplia, más robusta; una devoción muy otra de la que hemos tenido hasta el presente… Pruébelo cada uno por sí mismo, y quedará atónito al ver las gracias que trae consigo esta devoción nueva: se obrará en su alma tal transformación, que no le dejará mucho tiempo en la duda de su gran eficacia- insospechada antes- como medio de poner a los hombres en el camino de su salvación y preparar el advenimiento del Reinado de Cristo”.
A la Virgen poderosa le es dado aplastar la cabeza de la serpiente infernal; a las almas unidas a Ella, vencer al pecado.
En esto hemos de poner una fe inquebrantable y una esperanza firme.
Dios está dispuesto a dárnoslo todo; luego todo depende de nosotros. ¡Y de ti, Madre de Dios! ¡Tú lo recibes todo, y lo atesoras, para hacerlo llegar hasta nosotros! Sí, todo depende de que se unan los hombres con Aquella que todo lo recibe de Dios” (Gratry).
7. MANIFESTAR A MARÍA AL MUNDO
Si de tantos prodigios es instrumento la devoción a María, el principal empeño tendrá que consistir en aplicar este instrumento, para manifestar a María al mundo. La Legión está constituida por seglares, y, por lo tanto, es ilimitada en cuanto al número de socios, y capaz de abrirse camino en todas partes; por seglares apóstoles que aman a María con todas sus fuerzas y que quieren encender este mismo amor en los demás corazones, utilizando, para conseguirlo, los múltiples recursos a su alcance. ¿Quién duda, entonces, de que la Legión es la organización llamada a realizar tan grande empresa?
La Legión lleva con indecible orgullo el bendito nombre de María; como organización tiene sus más hondos cimientos en una confianza filial, ilimitada, en María; y da solidez a esos cimientos mediante la implantación de esta confianza en el corazón de cada uno de sus miembros; y se sirve luego de éstos como de otros tantos instrumentos, dotados de perfecta armonía, lealtad y disciplina. Esta Legión de María no considera presunción, sino justa medida de confianza , el creer que su organización constituye- por decirlo así- un mecanismo apostólico que sólo requiere la dirección de la Autoridad para conquistar al mundo entero, y ser, en manos de María, un órgano destinado por Ella a ejercer su función de Madre de las almas, y perpetuar su eterna misión de aplastar la cabeza de la Serpiente.
El que cumple la voluntad de mi Padre del Cielo, es hermano mío y hermana y madre (Mc 3,35). “¡Oh poder de la virtud! ¡A qué alturas no eleva a los que la practican! En el transcurso de los siglos, ¡cuantas mujeres han envidiado la dicha de la benditísima Virgen! ¡Cuántas han dicho que, a cambio de merecer la gracia de tan gloriosa maternidad, hubieran sacrificado todo, todo! Y, sin embargo, ¿qué les impide a ellas participar en esa misma maternidad? Aquí el Evangelio habla de un nuevo parentesco” (San Juan Crisóstomo).
6
DEBERES DE LOS LEGIONARIOS
PARA CON MARÍA
1. Meditar seriamente en esta devoción, y practicarla con celo, es un deber sagrado para con la Legión, y constituye un elemento esencial a la calidad de socio de la misma, debiéndose anteponer su cumplimiento a toda otra obligación legionaria (véase el capítulo 5 , “La devoción legionaria”, y el apéndice 5, “Confraternidad de María Reina de todos los corazones”)
La Legión vive para manifestar a María al mundo, como medio infalible de conquistar al mundo para Jesucristo.
Un legionario que no tuviere a María en su corazón, en nada contribuirá al logro de este fin. Estará divorciado de toda aspiración legionaria; será un soldado sin armas, un eslabón roto en la cadena, o mejor dicho- un brazo paralizado; unido, si, materialmente al cuerpo, pero inutilizado para todo trabajo.
Un ejército- y la Legión lo es- pone todo su empeño en unir a los soldados con su caudillo tan estrechamente que ejecuten pronta y concertadamente sus planes, obrando todos como un solo hombre. Para esto sirven tantos y tan complejos ejercicios militares. Además, en un ejército tiene que haber- y de hecho así ha sido en los más célebres de la historia- una adhesión apasionada al jefe, que intensifique la unión de los soldados con él y haga fáciles los mayores sacrificios impuestos por el plan de campaña. Del caudillo se puede decir que es el alma y la vida de sus subordinados; que éstos le llevan en el corazón; que son una misma cosa con él, etc.: frases todas que revelan la eficacia del mando. Pues bien: si estas frases son expresivas de lo que sucede en los ejércitos terrenales, más propiamente deberían aplicarse a los legionarios de María, porque, si eso otro es fruto del patriotismo o de la disciplina militar, la unión entre todo cristiano y María, su Madre, es incomparablemente más estrecha y verdadera.
Por eso, decir que María es el alma y la vida del buen legionario es trazar una imagen muy inferior a la realidad; esta realidad está compendiada por la Iglesia cuando llama a nuestra Señora Madre de la divina gracia, Mediadora de todas las gracias, etc. En estos títulos queda definido el dominio absoluto de María sobre el alma humana: un dominio tal y tan íntimo, que no es capaz de expresarlo adecuadamente ni la más estrecha unión en la tierra: la de la madre con su hijo en el seno. Estas y otras comparaciones, sacadas de la misma naturaleza visible, nos ayudarán algo a conocer el puesto que ocupa María en el obrar de la divina gracia. Sin corazón no circula la sangre; sin ojos no hay comunicación con el mundo de los colores; sin aire, de nada vale el aleteo del ave, no hay vuelo posible. Pues más imposible aún es que el alma, sin María, se eleve hasta Dios y cumpla sus designios. Él lo ha querido así.
Esta dependencia nuestra de María es constante, aunque no la advirtamos, porque es cosa de Dios, no una creación de la razón o del sentimiento humano. Con todo, podemos y debemos- robustecer esta dependencia más y más, sometiéndonos a ella libre y espontáneamente. Si nos unimos íntimamente con Aquella que- como afirma San Buenaventura- es la dispensadora de la Sangre de nuestro Señor, descubriremos maravillas de santificación para nuestras almas; brotará en nosotros un manantial de insospechadas energías, con las que podremos influir en la vida de los demás. Y aquellos que no pudimos rescatar de la esclavitud del pecado con el oro de nuestro mejor esfuerzo, recobrarán -todos ellos, absolutamente todos- su libertad, cuando en ese oro engaste María las joyas de la preciosa sangre de su Hijo, que Ella posee como tesoro.
El legionario debe estar totalmente imbuido de esta influencia incesante de María; comience con un fervoroso acto de consagración, y renuévelo frecuentemente con alguna jaculatoria que lo compendie por ejemplo: soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía, y cuanto tengo tuyo es-; hasta llegar a fuerza de repetidos y fervientes actos, a poder decir que “respira a María como el cuerpo respira el aire” (San Luis María de Montfort).
En la santa misa, la sagrada comunión, visitas al Santísimo, el santo rosario, vía crucis y otros actos de piedad, el legionario debe procurar identificarse por decirlo así- con María, y mirar los misterios de nuestra redención con los ojos de Aquella que los vivió juntamente con el Salvador y tomó parte en todos ellos.
Si imita a sí a María; si le vive agradecido; si se alegra y se duele con Ella; si le dedica lo que Dante llama “largo estudio y gran amor”; si la recuerda en cada oración, en cada obra, en cada acto de su vida íntima; si se olvida de sí y de sus propias fuerzas y habilidades, para depender de Ella; si es así y actúa así, tan henchido quedará el legionario de la imagen y del conocimiento de María, que él y Ella no parecerán sino un solo ser. Y, perdido en las inmensidades del alma de María, el legionario participará de su fe, de su humildad, de su corazón inmaculado, con todo su poder de intercesión; y pronto, muy pronto, se verá transformado en Cristo, meta suprema de la vida. María, a su vez, corresponderá a la generosa entrega del legionario; entrará Ella misma a participar en todas su empresas apostólicas, derramará por medio de él su ternura de Madre sobre las almas, y no sólo le dará la gracia de ver en aquellos para quienes trabaja y en sus hermanos legionarios a la persona de Jesucristo, sino que, en su mismo trato con ellos, le inspirará aquel finísimo amor y delicada solicitud que Ella prodigó al cuerpo físico de su divino Hijo.
Al ver la Legión que sus miembros están hechos así copias vivientes de María, se proclama Legión de María, destinada a compartir con Ella su misión salvadora en este mundo, y a ser coronada con su triunfo. La Legión manifestará a María al mundo, y María derramará sobre el mundo, y lo abrasará en el fuego de su amor.
“Vivid gozosos con María; sufrid con Ella todas vuestras pruebas; con Ella trabajad, orad, recreaos y tomad vuestro descanso. En compañía de María buscad a Jesús; llevadle en brazos; y con Jesús y María fijad vuestra morada en Nazaret. Id con María a Jerusalem; quedaos bajo la cruz; sepultaos con Jesús. Con Jesús y María resucitad y subid al cielo. Con Jesús y María vivid y morid” (Tomás de Kempis, Sermón a los novicios).
2. LA IMITACIÓN DE LA HUMILDAD DE MARÍA
ES LA RAÍZ Y EL INSTRUMENTO DE TODA
ACCIÓN LEGIONARIA
La Legión se dirige a sus miembros hablando en términos de combate. Y con razón, porque ella es el instrumento activo visible de Aquella que es temible como un ejército en orden de batalla, y que se esfuerza denodadamente por el alma de cada hombre; y también, porque el ideal militar crea en los hombres, además del entusiasmo de todo ideal, unas insospechadas energías. Los legionarios de María, al sentirse sus soldados, se verán impulsados a trabajar con una exigencia disciplinada, y sin perder de vista que sus acciones bélicas son ajenas a este mundo, y que, por lo tanto, han de conducirse, no según la táctica militar de este mundo, sino del cielo.
El fuego que llamea en el corazón del verdadero legionario prende sólo cuando encuentra unas cualidades que el mundo desconoce y tiene como vil escoria; en particular, la humildad: esa virtud tan poco comprendida y tan menospreciada, cuando es en sí nobilísima y vigorosa, y confiere singular nobleza y mérito a quienes la buscan y se abrazan a ella.
La humildad desempeña un papel único en la vida de la Legión. Primero como instrumento esencial del apostolado legionario: el principal medio de que se vale la Legión para su obra es el contacto personal, y no le será posible ni realizar ni perfeccionar este contacto sino mediante socios dotados de modales henchidos de dulzura y sencillez, que sólo pueden brotar de un corazón sinceramente humilde. En segundo lugar, la humildad es para la Legión más que mero instrumento de su apostolado: es loa cuna misma de este apostolado. Sin humildad no puede haber acción legionaria eficaz.
Según Santo Tomás de Aquino, Cristo nos recomendó por encima de todo la humildad, y por esta razón: porque con ella se anula el principal impedimento para nuestra santificación. Todas las demás virtudes derivan de ella su valor. Sólo a ella le concede Dios sus dones, y los retira en cuanto ella desaparece. De la humildad brota la fuente de todas las gracias: la Encarnación. En su Magnificat dice María que Dios hizo en Ella alarde del poder de su Brazo, es decir: usó con Ella toda su omnipotencia. Y da la razón: su humildad. Ésta fue la que atrajo la mirada de Dios sobre María, y la que le hizo descender a la tierra para acabar con el mundo viejo e inaugurar otro nuevo.
Más ¿Cómo pudo ser María dechado perfectísimo de humildad, si estaba enloquecida y Ella era consciente- de un cúmulo de perfecciones del todo inconmensurables, rayano en lo infinito? Cierto. Pero era humildísima porque, al mismo tiempo, se veía también redimida, y más enteramente que todos los demás hijos de Adán; y jamás perdía de vista que sólo debido a los méritos de su Hijo estaba Ella adornada de tantas gracias y dones. Su inteligencia sin igual iluminada por la luz de lo alto- percibía con claridad meridiana que, habiendo recibido de Dios más que nadie, más que nadie era deudora a la divina generosidad, y una actitud fina y exquisita de agradecimiento y de humildad brotaba en Ella de modo espontáneo y permanente.
De María, pues, aprenderá el legionario que la esencia de la verdadera humildad consiste en ver y reconocer, con toda sencillez, lo que realmente es uno delante de Dios; en entender que uno, por sí mismo, no tiene como propio suyo más que el pecado, y que todo lo demás es don gratuito de Dios, el cual puede aumentar, disminuir o retirar los dones con la misma libertad con que los otorgó. La convicción de nuestra absoluta dependencia de Dios se evidenciará en una predilección marcada por los oficios humildes y poco buscados, en una disposición de ánimo pronta a sufrir el menosprecio y las contrariedades; en resumidas cuentas: adoptaremos hacia cualquier manifestación de la voluntad divina una actitud que refleje la de María, y que Ella misma expresó en estos términos: He aquí la esclava del Señor (Lc 1,38).
La unión del legionario con su celestial Reina es imprescindible; más, para realizar esta unión, no basta desearla, se precisa también capacitarse para ella. Ya puede uno, con la mejor voluntad, ofrecerse a sentar plaza para salir buen soldado, que, si no reúne las cualidades requeridas para ser de él una pieza bien ajustada de la máquina militar, su sujeción al mando resultará ineficaz: no hará más que estorbar la ejecución de plan de campaña. Dígase lo mismo respecto del legionario. Ya puede estar encendido en deseos de escalar un puesto eminente en el ejército de su Reina; no basta: tiene que mostrarse capaz de recibir lo que tan ardientemente anhela María darle. Ahora bien, ¿de dónde vendrá su incapacidad? En el caso de un soldado de la tierra, provendrá de la falta de valor, de inteligencia, de salud física, etc.; en un legionario de María esa incapacidad vendría de la falta de humildad. Sin humildad es de todo punto imposible conseguir los dos fines de la Legión: la santificación personal de sus miembros y la irradiación de la santidad en el mundo. Y sin humildad no puede haber santidad; ni puede haber apostolado legionario, porque le faltaría su alma; la unión con María. Es que la unión lleva consigo alguna semejanza; mas sin humildad- la virtud característica de María- no puede haber semejanza con Ella y, por lo tanto, tampoco unión. La unión con María es la condición indispensable de toda acción legionaria: su fundamento, su raíz, y como el terreno donde germina; si falta ese terreno de la humildad, es hasta inconcebible pensar que pueda darse y fructificar esa unión. La vida del legionario se irá secando como una pobre planta.
El corazón de cada legionario es el primer campo de batalla donde moviliza la Legión sus fuerzas. Cada socio tiene que luchar consigo mismo primero, y derrocar el espíritu de orgullo y amor propio que se alza en su corazón. Y, ¡cómo cansa la lucha contra la raíz de todos los males dentro de nosotros mismos! ¡Qué agotador, este continuo esfuerzo para tener en todo pureza de intención! Es una pelea de toda nuestra vida. Y los que fracasan son aquellos que se fían de sus propias fuerzas, porque se convierten en enemigos de sí mismos. ¿De qué le vale a uno una fuerte musculatura si se está hundiendo en arena movediza? Lo que necesita es alguien que le tienda su mano vigorosa.
Legionario: esa mano fuerte te la tiende María, no te fallará, porque está firmísimamente arraigada en la humildad, que para ti es vital. Si eres fiel en practicar el espíritu de absoluta dependencia de María, irás por un camino ancho y recto, un camino real que lleva a la humildad, a esa humildad que San Luis María de Montfort llama “el secreto de la gracia, tan poco conocido, pero capaz de vaciarnos de nosotros mismos pronta y fácilmente, llenarnos de Dios y hacernos perfectos”.
Veamos cómo es esto. El legionario, para volver los ojos a María, necesariamente tiene que apartarlos de sí mismo; María toma por su cuenta ese cambio y le da un valor nuevo más alto: lo transforma en muerte del yo pecador, condición dura, pero necesaria, de la vida cristiana (Jn 12,24-25). El talón de la Virgen humilde quebranta la serpiente del mal en sus múltiples cabezas:
a) La vana exaltación. Si a María, tan rica en perfecciones hasta el punto de ser llamada por la Iglesia Espejo de justicia- y dotada de tan ilimitado poder en el reino de la gracia, la vemos postrada de rodillas como simple esclava del Señor, ésta y no otra, deberá ser la actitud de su legionario;
b) el buscarse a sí mismo. Habiéndose entregado a sí mismo en todos sus bienes espirituales y temporales- en manos de María para que de todo disponga Ella, el legionario deberá continuar sirviéndola con el mismo espíritu de generosidad;
c) la propia suficiencia. El hábito de confiar en María produce inevitablemente la desconfianza en las propias fuerzas;
d) la presunción. La conciencia de colaborar con María lleva consigo la persuasión de la propia insuficiencia: pues, ¿qué ha aportado el legionario, sino su miseria y debilidad?
e) El amor propio. ¿Dónde hallará el legionario en sí mismo cosa digna de aprecio? ¿Cómo distraer sus ojos con la vista de su propio valer, si está totalmente absorto en el amor y contemplación de su excelsa Reina?
f) La propia satisfacción. En este santo compromiso, lo superior acaba por predominar sobre lo inferior. Además, el legionario ha tomado a María como modelo, y aspira a imitar su perfectísima pureza de intención;
g) el buscar los propios intereses. Desde que uno se apropia de los criterios de María, uno busca sólo a Dios, ya no caben proyectos de vanidad ni intereses de recompensa;
h) la propia voluntad. Sometido en todo a María, el legionario desconfía de sus impulsos naturales, y presta oído atento a las secretas inspiraciones de la gracia.
En el legionario realmente olvidado de sí mismo ya no habrá obstáculos a las maternales influencias de maría; y, así, Ella hará brotar en él nuevas energías y espíritu de sacrificio y hará de él un buen soldado de Cristo (2 Tim 2, 3), bien equipado para el duro servicio que en su profesión le espera.
“Dios se deleita en obrar sobre la nada; sobre los abismos de la nada levanta Él las creaciones de su poder. Debemos estar llenos de celo por la gloria de Dios, y, al mismo tiempo, convencidos de nuestra incapacidad para promoverla. Hundámonos en el abismo de nuestra nada y cobijémonos a la sombra abismal de nuestra bajeza; y esperemos tranquilos hasta que el Todopoderoso tenga a bien tomar nuestros esfuerzos como instrumento de su gloria. Si lo hace, será por medios muy distintos a los que hubiéramos imaginado naturalmente. ¿Quién contribuyó jamás, después de Jesucristo, a la gloria de Dios tanto y de modo tan sublime como María? Y, sin embargo, todos sus pensamientos los encausaba Ella con deliberación plena a su propio aniquilamiento. Su humildad parecía poner trabas a los designios de Dios sobre Ella; pero no, todo lo contrario: fue esa humildad, precisamente la que facilitó la ejecución de sus designios de misericordia” (Grau, El interior de Jesús y María).
3. UNA AUTENTICA DEVOCIÓN A MARÍA OBLIGA AL APOSTOLADO
En otra parte de este manual hemos subrayado que, cuando se trata de Cristo, no podemos estar escogiendo de Él solo lo que nos agrade: no podemos aceptar al Cristo de la gloria sin aceptar también en nuestras vidas al Cristo del dolor y de la persecución; porque hay un solo Cristo, que no puede ser dividido. Tenemos que tomarlo tal como es. Si vamos a Él en busca de paz y felicidad, puede ser que nos encontremos clavados en la cruz. Los polos opuestos están unidos y no pueden ser separados: no hay palma sin pena, no hay corona sin espinas, no hay mieles sin hieles, no hay gloria sin cruz. Buscamos lo uno, y nos encontramos también con lo otro.
Y la misma ley se aplica a nuestra Señora. Tampoco podemos dividirla y escoger la parte que nos halague. No podemos participar en sus alegrías sin que nuestros corazones se sientan al poco tiempo traspasados por sus dolores.
Si queremos llevarla con nosotros, como San Juan, el discípulo amado (Jn 19,27), ha de ser toda entera. Si queremos quedarnos con un aspecto de su ser, es fácil que se nos escape totalmente. Luego nuestra devoción a María tiene que mirar todas las caras de su personalidad y misión, y tratar de reproducirlas; y no debe preocuparnos especialmente lo que no es lo más importante. Por ejemplo, es muy hermoso y útil mirarla como nuestro dulcísimo modelo, cuyas virtudes hemos de copiar; pero esto, y nada más, sería una devoción parcial, y hasta mezquina. Tampoco basta rezarle, por muchas oraciones que pronunciemos, ni conocer y agradecer gozosamente los innumerables y maravillosos modos con que las Tres Divinas Personas la han adornado, edificando sobre Ella su Proyecto, haciéndola fiel reflejo de sus propios atributos divinos. Tenemos que tributar a María todos estos homenajes, porque los merece; pero todo eso no es sino una parte del todo. Nuestra unión con Ella, es lo único que hará a nuestra devoción lo que debe ser. Y esta unión significa necesariamente comunión de vida con Ella. Y la vida de Ella no consiste principalmente en ser objeto de nuestra admiración, sino en comunicarnos la gracia.
Toda su vida y todo su destino es la Maternidad, primero de Cristo y luego de los hombres. Ése es el fin para el que la Santísima Trinidad, después de una deliberación eterna, la preparó y la creó; así lo afirma San Agustín. En el día de la Anunciación, comenzó Ella su maravillosa misión, y desde entonces ha sido la madre hacendosa, atenta a las tareas de su casa. Por algún tiempo, esas tareas se limitaron a Nazaret, pero pronto la casita se convirtió en el universo mundo, y su hijo abarca a toda la humanidad. Y así ha seguido; sus labores domésticas continúan a través de los siglos, y nada se puede hacer en este Nazaret ampliado sin contar con Ella. Cuanto hagamos nosotros por el Cuerpo místico de Cristo no es más que un complemento de sus cuidados; el apóstol se suma a las actividades de la Madre. Y, en este sentido, la santísima Virgen podría declarar: Yo soy el apostolado, casi del mismo modo que dijo: Yo soy la Inmaculada Concepción.
Esta maternidad espiritual es su función esencial y su misma vida: si no participamos en ella, no tenemos con María verdadera unión. Por lo tanto, asentemos el principio una vez más: la verdadera devoción a María implica necesariamente el servicio de los hombres. María sin la Maternidad y el cristiano sin el apostolado son ideas análogas: ambas son incompletas, irreales, insustanciales y contrarias al Plan de Dios.
Por consiguiente, la Legión no descansa como algunos suponen- sobre dos principios: María y el apostolado; si no sobre María como principio único que abarca el apostolado y, bien entendida, toda la vida cristiana.
Los sueños, sueños son: igualmente iluso puede ser un ofrecimiento meramente verbal de nuestros servicios a María. No hay que pensar que los compromisos del apostolado bajarán del cielo como lenguas de fuego sobre aquellos que se contentan con esperar pasivamente hasta que eso suceda; es de temer que los ociosos seguirán en su ociosidad. La única manera eficaz de querer ser apóstoles es emprender el apostolado. Una vez dado el paso, viene luego María a tomar nuestra actividad, y la incorpora a su Maternidad.
Es más: María no puede pasar sin esta ayuda. ¿No decimos un disparate? ¿Cómo puede ser que la Virgen Poderosa dependa de la ayuda de personas tan débiles como nosotros? Pues así es. La divina Providencia ha querido contar con nuestra cooperación humana, para que el hombre se salve por el hombre. Es verdad que María dispone de un tesoro de gracias sobreabundante; pero, sin nuestra ayuda, no puede distribuirlas. Si su poder obedeciera solamente a su corazón, el mundo se convertiría en un abrir y cerrar de ojos; pero tiene que esperar a disponer de elementos humanos: María no puede ejercer su Maternidad, y las almas pasan hambre y mueren. Por eso acepta con ansia a cuantos se ponen a su disposición, y se sirve de todos y de cada uno de ellos, y no sólo de los santos y sanos, sino también de los débiles y enfermos. Hay tanta necesidad de todos, que nadie será rechazado. Y, si hasta los más débiles sirven para ser instrumentos del poder de María, de los mejores se servirá Ella para hacer ostentación de su soberanía. El mismo sol, que lucha por penetrar un cristal sucio, embiste con su fulgor un cristal sin mancha.
“¿No son Jesús y María el nuevo Adán y la nueva Eva, a quienes el árbol de la cruz unió en la congoja y el amor, para reparar la falta cometida en el Edén
por nuestros primeros padres? Jesús es la fuente- y María el canal- de las gracias que nos hacen renacer espiritualmente y nos ayudan a reconquistar nuestra patria celestial.
Juntamente con el Señor, bendigamos a Aquella a quien Él ha levantado para que sea la Madre de Misericordia, nuestra Reina, nuestra Madre amantísima, Mediadora de sus gracias, dispensadora de sus tesoros. El Hijo de Dios hace a su Madre radiante con la gloria, la majestad y el poder de su propia realeza. Por haber sido Ella unida al Rey de los mártires en su condición de Madre suya, y constituida su colaboradora en la obra estupenda de la Redención de la raza humana, permanece asociada a Él para siempre, revestida de un poder prácticamente ilimitado en la distribución de las gracias que fluyen de la Redención. Su imperio es tan vasto como el de su Hijo, tanto que nada escapa a su dominio” (Pío XII, Discursos del 21 de abril de 1940 y del 13 de mayo de 1945).
4. ESFUERZO INTENSO EN EL SERVICIO DE MARÍA
No es ilícito cubrir, con la apariencia de un espíritu dependiente de María, faltas de energía y método. Ha de ser todo lo contrario: tratando como tratamos aquí- de trabajar con María y por María tan mancomunadamente, es menester que le ofrezcamos a Ella lo más que podamos y lo mejor; es preciso que trabajemos con tesón, con habilidad y con delicadeza. Acentuamos esto porque a veces, al advertir a ciertos praesidia y socios de que no parecían esforzarse bastante en cumplir los deberes ordinarios de la Legión o la obligación de extenderla y reclutar miembros, nos han salido con la excusa siguiente: “Yo desconfío de mis propias fuerzas, y, así, lo dejo todo a la Virgen, para que Ella obre a su gusto”. Y no pocas veces se oye esto en los labios de personas sinceras, que quisieran atribuir su indolencia a alguna forma de virtud, como si energía y método fuesen señal de poca fe. También puede haber el peligro de conducirse en esto con un criterio meramente humano: si uno es instrumento al servicio de un inmenso poder, poco importa el esfuerzo personal propio: ¿por qué matarse un pobrecito para poner en la bolsa común unas monedas, si está en sociedad con un millonario?
Aquí hay que subrayar el principio que debe regir la actitud del legionario respecto de su trabajo. Es éste: los legionarios no son, en manera alguna, simples instrumentos de la acción de María, son sus verdaderos colaboradores, que trabajan con Ella para la redención y el enriquecimiento de los hombres. Y, en esta colaboración, cada uno suple lo que le falta al otro: el legionario aporta su actividad y sus facultades humanas es decir, todo su ser-; María contribuye con cuanto Ella es, limpiamente, con todo su poder. Ambos han de colaborar sin reserva: si el legionario es fiel al espíritu de este contrato, maría nunca fallará. Luego la suerte de la empresa está en manos del legionario: depende de si contribuye o no con todas las dotes de su inteligencia y con todo el esfuerzo de su voluntad, elevados a su máximo rendimiento mediante el método riguroso y la perseverancia.
Aunque el legionario supiera de antemano que María iba a conseguir el efecto deseado independientemente de su esfuerzo, no por eso queda él dispensado de entregarse totalmente a la obra, como si todo dependiese sólo de sus propias fuerzas. El legionario ha de poner en María la más ilimitada confianza, pero, al mismo tiempo, ha de desplegar en cada momento el máximo esfuerzo, colocando su colaboración personal al mismo nivel de su confianza en María. Este principio de relación entre la fe sin límites y el esfuerzo intenso y metódico lo han expresado los santos en estos otros términos: es menester orar, como si de la oración dependiera todo y de los propios esfuerzos absolutamente nada; y luego, hay que poner manos a la obra como si tuviéramos que hacerlo todo nosotros solos.
Aquí no cabe medir el esfuerzo por la dificultad aparente de la empresa, según el juicio de cada cual; ni echar cuentas de esta manera: ¿qué es lo mínimo que tengo que dar para conseguir mi objetivo? Aún en los negocios temporales, este espíritu de regateo lleva fatalmente al fracaso; en los negocios sobrenaturales, el fracaso será igualmente fatal, y más pernicioso, porque ese espíritu mezquino no tendría ningún derecho a la gracia, de la que depende el feliz resultado. Además, no hay que fiarse de criterios humanos: muchas veces lo imposible, con un poco de empeño, se hace posible; y al revés: muchas veces no se llega a recoger la fruta que cuelga al alcance de la mano por no extender ésta, y luego viene otro y se la lleva. Quien vive haciendo cálculos en el orden espiritual, descenderá a planos cada vez más mezquinos, y, al fin, se encontrará con las manos vacías. El único camino recto y seguro es del esfuerzo total: la entrega del legionario, con toda su alma, a cada obra, grande o pequeña. Tal vez no haya necesidad de tanta energía para esa tarea determinada; es probable que baste un último detalle para dejar la obra perfecta; y, si no hubiera más miras que la perfección humana de esa obra, ciertamente no se exigiría más que ese ligero retoque requerido para terminarla; no sería menester como dice Byron- levantar la maza de Hércules para aplastar una mariposa o para romperle los sesos a un mosquito. Pero no es así, cuando se trata de una obra legionaria.
No lo olviden nunca los legionarios: no trabajan directamente por conseguir buenos resultados; trabajan por María, y no importa si la tarea cuesta o no cuesta. El legionario debe darse de lleno a toda obra que se le encargue, consagrándole lo mejor que tiene, sea mucho o poco. Sólo así se merece que venga María a cooperar plenamente, y que haga- si fuere preciso- verdaderos milagros. Si uno no puede dar de sí más que poco, pero ese poco lo da de todo corazón, seguro que acudirá María con todo su poder de Reina, y cambiará ese débil esfuerzo en fuerzas de gigante. Y si, de hacer cuanto estaba a su alcance, todavía queda el legionario a mil leguas de la meta deseada, María salvará esa distancia, y dará al trabajo de ambos felicísimo remate.
Aunque se diera el legionario a una obra con intensidad diez veces mayor de la que es menester para dejarla perfecta, no se desperdiciaría ni una tilde de su trabajo. Pues, ¿acaso no trabaja sólo por María, y por llevar a cabo los planes y designios de su Reina? Ese superávit lo recibirá María con júbilo, lo multiplicará increíblemente, abastecerá con él las apremiantes necesidades de la casa del Señor. Nada se pierde de cuanto se confía en manos de la hacendosa Madre de familia de Nazaret.
Pero si, por el contrario, el legionario no contribuye por su parte sino tacañamente, quedándose corto en responder a las exigencias razonables de su Reina, entonces María se ve con las manos atadas para dar la medida de su corazón. El legionario, con su negligencia, anula el contrato de comunidad de bienes con María, que tantos tesoros encierra. ¡Qué pérdida para él y para las almas, quedarse abandonado así a los propios recursos!
No venga, pues, el legionario con excusas para su falta de esfuerzo y método, alegando que lo deja todo en manos de María. Una confianza de esta clase con la que se niega a poner la cooperación que se le pide- viene a ser realmente una conducta cobarde e ignominiosa. ¿Serviría así un caballero a su hermosa dama?
Como si nada hubiéramos dicho hasta ahora, establezcamos este principio fundamental de nuestra alianza legionaria con María: el legionario tiene que contribuir con todo lo que tenga; a María no le corresponde suplir lo que el legionario no quiere dar. No haría Ella bien en relevarle en los esfuerzos, el método, la paciencia y la reflexión con que debe contribuir a la economía divina.
María desea dar a manos llenas; pero no puede hacerlo sino mediante el alma generosa. Llevada de las más vivas ansias de que sus hijos legionarios vayan a Ella y se aprovechen de la inmensidad de sus tesoros, les suplica con ternura usando palabras de su divino Hijo- que le sirvan con todo su corazón, y con toda su alma, y con toda su mente, y con todas sus fuerzas (Mc 12,30).
Únicamente debe el legionario acudir a María para que le ayude en su esfuerzo propio, lo purifique, lo perfeccione, y sobrenaturalice lo que tenga de puramente humano, y ponga lo imposible al alcance de la humana flaqueza. Cosas todas muy grandes, que, en ocasiones, vendrían a ser el cumplimiento perfecto de las palabras de la Sagrada Escritura: las montañas serán arrancadas de cuajo y arrojadas al mar, se allanarán los montes y cerros, se enderezarán las sendas para llevar al Reino de Dios (cf. Mc 11,23).
“Todos somos siervos inútiles, pero servimos a un Maestro que es muy buen administrador, que no deja que se pierda nada: ni una gota de sudor de nuestra frente; como no deja que se pierda ni una gota de su celestial rocío. Yo no sé cual será la suerte de este libro que escribo, ni si lo he de acabar, ni siquiera sé si he de terminar la página por donde ahora corre mi pluma. Pero sé lo bastante para dedicar a mi tarea todo lo que me quede de fuerzas y de vida, sea mucho o poco” (Federico Ozanam).
5. Los legionarios deberán emprender la práctica de la
“Verdadera devoción a María”, de San Luis María de
Montfort.
Sería de desear que los legionarios perfeccionasen su devoción a la Madre de Dios, dándole el carácter distintivo que nos ha enseñado San Luis María de Montfort con los nombres de La Verdadera Devoción a la Esclavitud Mariana- en sus obras: La Verdadera Devoción a la santísima Virgen y El Secreto de María (véase el apéndice 5).
Esta devoción exige que hagamos con María un pacto formal, por el que nos entreguemos a Ella con todo nuestro ser: nuestros pensamientos, obras, posesiones y bienes espirituales y temporales, pasados, presentes y futuros; sin reservarnos la menor cosa, ni la más mínima parte de ellos. En una palabra que nos igualemos a un esclavo, no poseyendo nada propio, dependiendo en todo de María, totalmente entregados a su servicio.
Pero mucho más libre aún es el esclavo humano que el de María: aquél sigue siendo dueño de sus pensamientos y de su vida interior; y, así, es libre en todo ese campo suyo íntimo; la entrega en manos de María incluye la entrega total de los pensamientos e impulsos interiores, con todo lo que ellos encierran de más preciado y más íntimo. Todo queda en posesión de María, todo, hasta el último suspiro, para que Ella disponga de ellos a la mayor gloria de Dios. El sacrificarse así para Dios sobre el ara del corazón de María es, en cierto modo, un martirio: un sacrificio muy parecido al de Jesucristo mismo, que lo inició ya en el seno de María, lo promulgó públicamente en sus brazos el día de su Presentación, y lo mantuvo durante toda su vida hasta consumarla en el calvario sobre el ara del corazón sacrificado de su Madre.
Esta verdadera devoción arranca de un acto formal de consagración, pero consiste esencialmente en vivirla ya desde el primer día, en hacer de ella no un acto aislado, sino un estado habitual. Si a María no se le da posesión real y absoluta de esa vida no de algunos minutos u horas simplemente-, el acto de consagración, aunque se repita muchas veces, no vendrá a valer más de lo que puede valer una oración pasajera. Será como un árbol que se plantó, pero que no arraigó.
Mas no se crea que esta devoción exige que la mente esté siempre clavada en el acto de consagración. Sucede aquí como en la vida física: así como esta vida sigue estando animada por la respiración y el latir del corazón, aunque no reparemos en sus movimientos, también la vida del alma puede estar animada por la Verdadera Devoción incesantemente, aún cuando no prestemos a ella una atención consciente actual; basta que reiteremos de vez en cuando el recuerdo del dominio soberano de la Virgen, rumiando esta idea despacio y expresándola en actos y jaculatorias, para darle calor y viveza; pero con tal de que reconozcamos de una manera habitual nuestra dependencia de Ella, la tengamos siempre presente al menos de una manera general-, y ejerza influencia real y absoluta en todas las circunstancias de nuestra vida.
Si en todo esto hay fervor sensible, será quizá una ayuda; si no lo hay, lo mismo da: nada pierde por eso la Verdadera Devoción; de hecho, esta clase de fervor no hace frecuentemente más que originar sensiblerías e inconstancia.
Hay que fijarse bien en esto: la Verdadera Devoción no es cuestión de fervor sensible; como en todo gran edificio, aunque a veces se abrase en los ardores del sol, sus hondos cimientos permanecen fríos como la roca en que descansan.
La razón, normalmente, es fría. La más enérgica decisión puede ser glacial. La misma fe puede ser fría como un diamante. Y, sin embargo, éstos son los fundamentos de la Verdadera Devoción: cimentada sobre ellos, durará para siempre; y ni los hielos ni las tormentas que resquebrajan las montañas, la podrán destruir; todo lo contrario, la dejarán más fuerte que nunca.
Las gracias conseguidas mediante la práctica de esta Verdadera Devoción, y el puesto eminente que ha conseguido en la piedad de los fieles, son razones poderosísimas para indicar que se trata de un mensaje auténtico del cielo. Esto precisamente es lo que afirma San Luis María de Montfort: él vincula a esta Devoción innumerables promesas; y añade con gran seguridad que, si se cumplen las debidas condiciones esas promesas se cumplirán también infaliblemente.
¿Queremos saber lo que enseña la experiencia de cada día? Hablemos con quienes practican es Devoción medularmente, no de forma superficial; y seremos testigos de la gran convicción con que afirman lo que ha hecho en ellos. Preguntémosles si no son acaso víctimas del sentimiento o de su imaginación, e invariablemente nos responderán que de ninguna manera, que demasiado saltan a la vista los frutos para que pueda caber engaño.
Demos fe a todo el cúmulo de experiencias tenidas por cuantos comprenden, practican y enseñan la Verdadera Devoción. Está fuera de duda que ella profundiza la vida interior, sellándola con el distintivo de generosa entrega y pureza de intención. Comunica al alma la sensación de ir guiada y protegida, y una dulce certeza de que ha encontrado el camino seguro en esta vida. Hay miras sobrenaturales, brío, fe más arraigada; y todo eso hace que se pueda contar con uno para cualquier empresa. Y en contraposición a la fortaleza equilibrándola están la ternura y la sabiduría y, por fin, la suave unción de la humildad, que embalsama y preserva de corrupción a todas las demás virtudes. Llueven gracias tales, que hay que confesar que son extraordinarias; se ve uno llamado a grandes cosas, claramente superiores a los propios méritos y a las propias fuerzas naturales; pero ese mismo llamamiento trae consigo todo el socorro necesario para poder llevar, sin ningún contratiempo, la pesada y gloriosa carga. En resumidas cuentas: a cambio del generoso sacrificio que se hace mediante esta Devoción, estregándose uno voluntariamente como esclavo de amor a Jesús por medio de María, se gana el ciento por uno prometido a cuantos se despojan de sí mismos para que Dios sea glorificado más y más. Según las vibrantes palabras de Newman: “Cuando servimos, reinamos; cuando damos, poseemos; cuando nos rendimos, entonces somos vencedores”.
Parece que algunas personas reducen su vida espiritual, muy simplemente, a un balance egoísta de ganancias y pérdidas. Cuando se les dice que deberían entregar sus haberes en manos de su Madre espiritual, se desconciertan. Y a veces argumentan: “Pero , si lo doy todo a María, ¿no estaré delante de mi juez, en la hora de la salida de este mundo, con las manos vacías? ¿No se me prolongará el purgatorio interminablemente? A lo cual responde agudamente cierto comentarista: “¡Pues claro que no! ¿Acaso no está presente María en el Juicio?” observación profunda.
Mas el reparo que ponen algunos contra esta consagración proviene, comúnmente, no tanto de miras egoístas cuanto de una confusión de ideas. Temen por la suerte de aquellas cosas y personas por las que hay obligación de rogar: la familia, los amigos, el Papa, la patria, etc., si se dan a manos ajenas todos los tesoros espirituales que uno posee, sin quedarse con nada. Hay que decirles: “¡Fuera todos estos recelos! Hágase la consagración valientemente, que en manos de María todo está bien guardado. Ella, Guardiana de los tesoros del mismo Dios, ¿acaso no sabrá conservar y mejorar los intereses de quienes ponen en Ella su confianza? Arroja, pues, en la gran arca de su maternal corazón, juntamente con el haber de su vida, todas sus obligaciones y deberes todo el débito-. En sus relaciones contigo, María actuará como si tú fueras su hijo único. Tu salvación, tu santificación, tus múltiples necesidades son cosas que reclaman indispensablemente sus desvelos. Cuando ruegues tú por sus intenciones, tú mismo eres su primera intención”.
Pero hablando como hablamos aquí- de sacrificio, no es leal ni noble querer probar que en esta consagración no hay pérdida ninguna: eso secaría de raíz el ofrecimiento, y le robaría su carácter de sacrificio, en que se funda su principal valor. Y, aquí, convendría recordar lo sucedido en otro tiempo con una muchedumbre de unos diez o doce mil hambrientos, que se hallaban en despoblado. Entre todos ellos, uno solo había traído algo de comer, y sus provisiones se reducían a cinco panes y dos peces. En cuanto se le rogó, se desprendió de ellas de muy buena gana. Se bendijeron los panes y los peces, se partieron, y se distribuyeron entre la multitud. Y todos, a pesar de ser tantos, comieron y se saciaron; entre ellos, el mismo que había proporcionado la cantidad original. Y aun sobraron doce cestos llenos de rebosar. (Jn 6, 1-14).
Ahora bien: supongamos que aquel joven, que se desprendió de sus provisiones, hubiera contestado: “¿Qué valen mis cinco panes y dos pececillos, para hartar a tan grande gentío? Además, los necesito para los míos, que también están aquí hambrientos. Así que no los puedo ceder”. Más no se portó así: dio lo poco que tenía, y resultó que tanto él como todos los de su familia allí presentes recibieron, en el milagroso banquete, más que lo que él había dado. Y si hubiese querido reclamar los doce cestos llenos que sobraron a los que en cierto modo tenía derecho-, seguro que se los hubieran dado.
Así se conducen siempre Jesús y María con el alma generosa que da cuanto tiene sin regatear ni escatimar nada. Multiplican y reparten la más pequeña dádiva hasta enriquecer con ellas multitudes enteras; y las mismas intenciones y necesidades propias que parecía iban a quedar descuidadas, quedan satisfechas colmadamente y con creces; y por todas partes dejan señales de la generosidad divina.
Vayamos, pues, a María con nuestros pobres peces y panecillos; pongámoslos en sus manos, para que Jesús y Ella los multipliquen, y alimenten con ellos a tantos millones de almas como pasan hambre en el desierto de este mundo.
La consagración no exige ningún cambio en cuanto a la forma externa de nuestras oraciones y acciones diarias. Se puede seguir empleando el tiempo como antes, rogando por las mismas intenciones y por cualquier otra intención que sobrevenga. Sólo, en adelante, sométase todo a la voluntad de María.
“María nos muestra a su divino Hijo, y nos dirige la misma invitación que dirigió a los sirvientes en Caná: Haced lo que él os diga (Jn 2,5). Si, a su mandato, echamos en los vasos del amor y el sacrificio el agua insípida de los mil pormenores de nuestras acciones diarias, se renueva el milagro de Caná. El agua se transforma en un vino exquisito: es decir, en las más selectas gracias, para nosotros y para los demás” (Cousin).
7
EL LEGIONARIO Y LA SANTÍSIMA TRINIDAD
Es significativo que el primer acto colectivo de la Legión de María fuera dirigirse al espíritu Santo mediante su invocación y oración, y luego, con el rosario, a María y a su Hijo.
Igualmente significativo es el hecho de que cuando, algunos años más tarde se hizo el diseño para el vexillum, resaltara, inesperadamente, la misma nota característica: el Espíritu Santo se destacó como rasgo predominante del nuevo estandarte. Esto es sorprendente, porque tal diseño fue fruto de una concepción artística y no teológica. Un emblema profano el estandarte de la Legión romana- sirvió muy aptamente para los fines de la Legión mariana. La paloma vino a reemplazar el águila, y la imagen del emperador o del cónsul. Y, sin embargo, el resultado final fue representar al Espíritu Santo valiéndose de María como de medio para transmitir al mundo sus vitales influencias, y tomando Él mismo posesión de la Legión.
Y más tarde, cuando se pintó el cuadro de la tessera, en él quedó plasmado el mismo concepto espiritual: el Espíritu Santo cerniéndose sobre la Legión. Por su poder se perpetúa la lucha: la Virgen aplasta la cabeza de la serpiente, sus batallones avanzan sobre las fuerzas del mal, hacia la victoria ya profetizada.
Otra circunstancia sorprendente: el color de la Legión es el rojo, y no, como sería de suponer, el azul. Esto fue determinado al tratar de otro detalle menor: el color de la aureola de nuestra Señora en el vexillum y en el cuadro de la tessera. Se opinaba que el simbolismo legionario requería que nuestra Señora fuera representada como llena del Espíritu Santo, y para ello se debería pintar su aureola del color del mismo Espíritu Santo, es decir, de rojo. Y se llegó a la conclusión de que el rojo había de ser el color de la Legión. En el cuadro de la tessera resalta la misma característica: nuestra Señora es representada como la Columna de Fuego de la Biblia, toda luminosa y ardiente con el Espíritu Santo.
Por todo eso, cuando se compuso la Promesa legionaria y aunque al principio causaba alguna sorpresa-, resultó lógico que se dirigiera al Espíritu Santo y no a la Reina de la Legión. Otra vez resuena la nota dominante: es siempre el Espíritu Santo quien regenera al mundo, y por Él son concedidas todas las gracias, hasta la gracia individual más insignificante; pero Él las concede valiéndose de María cada vez y siempre. El Hijo Eterno se hizo hombre por obra del Espíritu Santo en María. Por esa obra la humanidad está unida a la Santísima Trinidad, y María misma ocupa un puesto distinto y único con relación a cada divina Persona. Y nosotros tenemos que alcanzar por lo menos algún vislumbre de esa triple relación divina de María, si queremos corresponder a una de las gracias más escogidas de Dios: conocer el Plan divino, que Dios no quiere que esté del todo fuera de nuestro alcance.
Los santos insisten en la necesidad de distinguir así entre las Tres Divinas Personas y de ofrendar un culto digno a cada una de Ellas.
El credo Atanasiano es medularmente dogmático, y condena enérgicamente a quienes no honran a sí a las Tres Divinas Personas, por ser este el homenaje el fin último de la Creación y de la Encarnación.
Pero ¿es posible que vislumbremos tan incomprensible misterio? Lo podremos, ciertamente, sólo con la luz de la gracia divina. Pero esta gracia la podemos pedir con entera confianza a Aquella a quien le fue anunciado, por primera vez en el mundo, el misterio de la Trinidad. Eso fue el momento trascendental de la Anunciación. La Santísima Trinidad se reveló a María por medio del arcángel: El Espíritu Santo bajará sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo, y será llamado Hijo de Dios (Lc 1,35).
En esta revelación aparecen claramente las Tres Divinas Personas: primero, el Espíritu Santo, a quien se atribuye la obra de la Encarnación; segundo, el Altísimo, Padre de Aquel que va a nacer; y, por último, el Hijo, que será grande y será llamado Hijo del Altísimo (Lc 1,32).
El contemplar las distintas relaciones que tiene María con las Tres Divinas Personas nos ayuda a distinguirlas claramente entre Sí:
Relación de María con la Segunda Persona Divina Encarnada.
Es su Madre. Ésta es para nosotras la relación divino-mariana que mejor entendemos. Pero su maternidad se da en una intimidad, con una permanencia y de un modo único tal, que aventaja infinitamente a toda relación común entre hijo y madre. Entre Jesús y María importó más la unión de sus almas que su relación física, que fue secundaria. Aún separados físicamente luego de nacer Jesús, su unión espiritual no quedó interrumpida, si no que alcanzó nuevas e inconcebibles profundidades de intercomunicación estrechísima; tanto, que la Iglesia ha podido proclamar a María no sólo la Colaboradora de la Segunda Divina Persona es decir, la Corredentora de nuestra salvación, la Mediadora de la gracia-, sino, también hoy, “semejante a Él” (cf. Gn 2,18).
Relación de María con el Espíritu Santo. Es comúnmente llamada su templo, su santuario, su sagrario, pero estos términos no llegan a expresar la prodigiosa realidad. La realidad es que el Espíritu Santo se ha unido tan íntimamente con María que la ha ensalzado a una dignidad inferior únicamente a la de Él. Él se la ha asociado tan íntimamente, la ha hecho tan una con Él, la anima hasta tal punto con Él mismo, que se puede afirmar que el Espíritu Santo es como el alma de María. No es ella un simple instrumento o cauce de Su actividad; es su Colaboradora inteligente, consciente; y de tal modo que, cuando obra Ella, quien realmente obra es Él; y, si uno se cierra a la intervención de Ella se está cerrando a la acción de Él.
El Espíritu Santo es el amor, la Hermosura, el Poder, la Sabiduría, la Pureza…, todo cuanto es Dios. Si desciende Él en su plenitud, se remedia todo mal, se resuelven los problemas más agudos en conformidad con el divino beneplácito. El hombre que así se refugia al amparo del Espíritu Santo (Sal 16,8), se sumerge en la pleamar de la Omnipotencia. Ahora bien: si una de las condiciones para traerle a nosotros es que entendamos su relación con nuestra Señora, otra condición esencial es que apreciemos al Divino Espíritu como Persona distinta y verdadera, que tiene con relación a nosotros una misión personal, particularmente suya. Y no será posible este aprecio si no recordándole con frecuencia. Y si, en nuestras devociones a la Santísima Virgen, incluimos siquiera una rápida mirada al Espíritu santo, esas devociones pueden ser un camino real para llegar hasta Él. Especialmente, los legionarios pueden servirse para este fin del rosario; y no sólo porque el rosario es una devoción de primera categoría al Espíritu Santo Por ser la oración principal a la Virgen-, sino también porque su contenido- los quince misterios- conmemoran las principales intervenciones del Espíritu Santo en la obra de nuestra redención.
Relación de María con el Eterno Padre. Se suele definir como la Hija. Este título trata de indicar:
a) su posición como “la primera de todas las criaturas, la Hija más grata a Dios, la más íntima y más querida” (Cardenal Newman);
b) la plenitud de unión con Jesucristo, que la hace entrar en relaciones nuevas con el Padre *y le da el derecho a ser llamada místicamente “la Hija del Padre”; y c) la semejanza preeminente que tiene con el Padre: Dios la ha hecho apta para derramar sobre el mundo la Luz Eterna que mana de ese Padre amantísimo.
Pero el título de “Hija” tal vez sea poco expresivo para indicar la influencia que María ejerce sobre nosotros por su relación con el Padre: y es que somos, al mismo tiempo, hijos del Padre y de Ella. “Él le ha comunicado su fecundidad, en cuanto una simple criatura era capaz de recibirla, capacitándola para producir a su Hijo y a todos los miembros del Cuerpo místico de su Hijo” (San Luis M. De Montfort). Su relación con el Padre es un elemento vital básico: el Padre asocia a María en la comunicación de su vida a todas las almas. Pero Dios exige que los hombres le devuelvan sus dones mediante su aprecio y colaboración; por eso debemos hacer de esa unión fecunda entre el Padre y María el tema de nuestras reflexiones. Se recomienda que con esa intención especial se rece el Padre nuestro, oración que está siempre a flor de labios de los legionarios. Esta oración fue compuesta por nuestro Señor Jesucristo y pide lo que nos conviene pedir, y de una manera perfectísima. Rezándola con la debida atención y en el espíritu de la Iglesia, a la fuerza tendrá que conseguir perfectamente su objetivo: glorificar al Padre Eterno y agradecer su Don, que Él nos comunica sin cesar por medio de María.
“Como prueba de la dependencia que deberíamos tener respecto a la santísima Virgen, recordemos aquí el ejemplo que han dado de esa dependencia el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. El Padre no ha dado, ni da a su Hijo, si no es por Ella; no tiene hijos Él si no es por Ella, y no comunica ninguna gracia si no por medio de Ella. Dios Hijo no ha sido formado para el mundo si no por Ella, no es formado diariamente ni engendrado si no por Ella, en unión con el Espíritu Santo; ni comunica Él sus méritos y sus virtudes si no mediante Ella. El Espíritu Santo no ha formado a Jesucristo si no por Ella, y sólo por Ella forma a los miembros del cuerpo místico del Hijo, y sólo mediante Ella dispensa Él sus gracias y sus dones. Después de tantos y tan apremiantes ejemplos de la Santísima Trinidad, ¿acaso podremos sin estar completamente ciegos, prescindir de María, no consagrarnos a Ella, y no depender de Ella?” (San Luis María de Montfort, Tratado de la Verdadera Devoción, 140).
8
EL LEGIONARIO Y LA
EUCARISTÍA
1. LA MISA
Hemos advertido ya con insistencia que el primer fin de la Legión de María es la santificación personal de sus miembros. También hemos dicho que esta santificación es a la vez, para la Legión, su medio fundamental de actuar: sólo en la medida en que el legionario posea la santidad, podrá servir de instrumento para comunicarla a los demás. Por eso el legionario al empezar a servir en la Legión, pide encarecidamente, mediante María, del Espíritu Santo y ser tomado por este Espíritu como instrumento de su poder, del poder que ha de renovar la faz de la tierra.
Todas estas gracias fluyen, sin una sola excepción, del Sacrificio de Jesucristo sobre el Calvario. Y el Sacrificio del Calvario se perpetúa en el mundo por el Sacrificio de la Misa. La misa no es mera representación simbólica del Calvario, sino que pone real y verdaderamente en medio de nosotros aquella acción suprema, que tuvo como recompensa nuestra redención. La Cruz no valió más que lo que vale la misa, porque ambas son un mismo sacrificio: por la mano del Todopoderoso, desaparece la distancia del tiempo y espacio entre las dos, el sacerdote y la víctima son los mismos; sólo difiere el modo de ofrecer el sacrificio. La misa contiene todo cuanto Cristo ofreció a su Padre, y todo lo que consiguió para los hombres; y las ofrendas de los que asisten a la misa se unen a la suprema oblación del Salvador.
A la misa, pues, ha de recurrir el legionario que desee para sí y para otros copiosa participación en los dones de la Redención. Si la Legión no impone a sus miembros ninguna obligación concreta en ese particular, es porque las facilidades para cumplirla dependen de muy variadas condiciones y circunstancias. Más, preocupada de su santificación y de su apostolado, la Legión les exhorta, y les suplica encarecidamente que participen en la Eucaristía frecuentemente todos los días, a ser posible-, y que en ella comulguen.
Los legionarios realizan su labor en unión con María. Esto es especialmente aplicable cuando toman parte en la celebración Eucarística.
La misa tal como la conocemos está compuesta de dos partes principales: la liturgia de la palabra y la liturgia de la Eucaristía-. Es importante tener en cuenta que estas dos partes están tan estrechamente relacionadas la una con la otra que constituyen un solo acto de adoración (SC, 56). Por esta razón, los fieles deben participar en toda la misa en cuyo altar se prepara la mesa de la Palabra de Dios y la mesa del Cuerpo de Cristo, de las que los fieles pueden aprender y alimentarse (SC, 48,51).
“En el sacrificio de la misa no se nos recuerda meramente en forma simbólica el Sacrificio de la Cruz; al contrario, mediante la misa, el Sacrificio del Calvario aquella gran realidad ultraterrena- queda trasladado al presente inmediato. Y quedan abolidos el tiempo y el espacio. El mismo Jesús que murió en la Cruz está aquí. Todos los fieles congregados se unen a su Voluntad santa y sacrificante, y por medio de Jesús presente, se consagran al Padre Celestial como una oblación viviente. De este modo la santa misa es una realidad tremenda, la realidad del Gólgota. Una corriente de dolor y arrepentimiento, de amor y de piedad, de heroísmo y sacrificio mana del altar y fluye por entre todos los fieles que allí oran” (Kart Adam, El espíritu del Catolicismo).
2. LA LITURGIA DE LA PALABRA
La misa es, ante todo, una celebración de fe, de esa fe que nace en nosotros y nos alimenta a través de la Palabra de Dios. Recordamos aquí las palabras del Misal en su capítulo “Instrucción General”(N°. 9): “Cuando las Escrituras se leen en la Iglesia, es el propio Dios el que habla a su pueblo, y Cristo, presente en la palabra, está proclamando el Evangelio. De aquí que las lecturas de la Palabra de Dios estén entre los elementos más importantes de la liturgia, y todos cuantos la escuchan deberían hacerlo con “reverencia”. La homilía es también parte de la misma, de gran importancia. Es una parte necesaria de la misa de los domingos y festivos. En los demás días de la semana ha de intentarse que haya una homilía. A través de esta homilía, el sacerdote explica a los fieles el texto sagrado, como enseñanza de la Iglesia para el fortalecimiento de la fe en los allí presentes.
Al participar en la celebración de la Palabra, nuestra Señora es nuestra modelo porque es “la Virgen atenta que recibe la Palabra de Dios con fe, que en su caso fue la puerta que le abrió el sendero hacia su maternidad divina” (MC, 17).
3. LA LITURGIA DE LA EUCARISTÍA EN UNIÓN
CON MARÍA
Nuestro Señor Jesucristo no empezó su tarea de redención sin el consentimiento de María, solemnemente requerido y libremente otorgado. Del mismo modo que no finalizó en el Calvario sin su presencia y consentimiento. “De esta unión de sufrimientos y complacencia entre María y Cristo, Ella se convirtió en la principal restauradora del mundo perdido y dispensadora de todas las gracias que Dios obtuvo por su muerte y con su sangre” (AD, 9).
Permaneció al pie de la cruz en el Calvario, representando a toda la humanidad, y en cada misa la ofrenda del Salvador se cumple bajo las mismas condiciones. María permanece en el altar en la misma forma en que permaneció junto a la Cruz. Está allí, como lo estuvo siempre, cooperando con Jesús como la mujer anunciada desde el principio, aplastando la cabeza de la serpiente. Por lo tanto en cada misa oída con verdadera devoción, la atención amorosa a la Virgen ha de formar parte de la misma.
Juntamente con María, estuvieron sobre el Calvario los representantes de cierta legión el centurión y su cohorte-, desempeñando un papel lamentable en el ofrecimiento de la Víctima; aunque ciertamente no sabían que estaban crucificando al Señor de la Gloria (1 Cor 2, 8). Pero, aún así sobre ellos descendió la gracia a raudales. Dice San Bernardo: “Contemplad y ved qué penetrante es la mirada de la fe. ¡Que ojos de lince tiene! Reparadlo bien: con la fe supo el centurión ver la Vida en la muerte, y en su último aliento al Espíritu soberano”. Contemplando a su víctima sin vida ni figura le proclamaron los legionarios romanos verdadero Hijo de Dios (Mt 27,54).
La conversión de estos hombres rudos y fieros fue seguramente fruto repentino e inesperado de las oraciones de María. Ellos fueron los primeros hijos extraños que recibió en el Calvario la Madre de los hombres. Desde ese momento le debió de ser muy querido el nombre de legionario. Y cuando sus propios legionarios participan en la misa cada día, uniéndose a sus intenciones y cooperando con Ella, qué duda cabe de que se los asociara, y les dará los ojos de lince de la fe, y hasta su propio rebosante corazón, para que muy íntimamente y con grandísimo provecho se identifiquen con la continuación del sublime Sacrificio del Calvario.
Viendo levantado en lo alto al Hijo de Dios, se unirán los legionarios con Él para formar una sola Víctima, como el sacerdote para participar de los frutos del divino Sacrificio en toda su plenitud.
Procurarán, además, comprender la parte tan esencial que tuvo María, la nueva Eva, en estos sagrados misterios; una cooperación tal, que “cuando su amadísimo Hijo estaba consumando la redención de la humanidad en el ara de la cruz, estaba Ella a su lado sufriendo y redimiendo con Él” (Pio XI). Terminada la misa, María seguirá con sus legionarios, y les hará participes y corresponsables con Ella de la distribución de las gracias para que se derramen a manos llenas los infinitos tesoros de la redención sobre cada uno de ellos y sobre cuantos ellos encuentren y beneficien con su apostolado.
“La maternidad se conoce y se experimenta por parte del pueblo cristiano en el Banquete Sagrado -la celebración litúrgica del misterio de la Redención-, en el que se hace presente Cristo, su verdadero cuerpo nacido de la Virgen María.
La piedad del pueblo cristiano ha tenido el profundo sentido de un lazo entre devoción a la Santísima Virgen y el culto a la Eucaristía; este es un hecho que puede verse en la liturgia, tanto de los pueblos de Oriente como los de Occidente, en las tradiciones de las familias religiosas, en los movimientos modernos de espiritualidad, los de la juventud, y en la práctica pastoral de los santuarios marianos. María conduce a los fieles a la Eucaristía” (RMat, 44).
4. LA EUCARISTÍA NUESTRO TESORO
La Eucaristía es el centro y la fuente de la gracia, por lo tanto debe ser la clave del esquema legionario. La actividad más ardiente no tendrá valor alguno si olvida por un momento que su principal objetivo es establecer el reino de la Eucaristía en todos los corazones. Porque de esa manera se cumple el fin para el cual Jesús vino al mundo. Este fin fue comunicarse con las almas para poder hacer de todas ellas una sola cosa con Él. El significado de esa comunicación es principalmente la Sagrada Eucaristía. “Yo soy el pan de la vida que ha bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre; y el pan que yo he de dar para la vida del mundo es mi propia carne” (Jn 6,51-52).
La Eucaristía es el bien infinito. En este sacramento está Jesucristo presente tan real y verdaderamente como estuvo en otro tiempo en la casa de Nazaret o en el cenáculo de Jerusalem. La Eucaristía no es mera figura de su Persona, o mero instrumento de su poder: es Jesucristo vivo y entero. Tan vivo y entero que aquella
que le había concedido y criado “halló de nuevo en la adorable Hostia al fruto bendito de su vientre, y renovó con su vida de unión eucarística- los dichosos días de Belén y Nazaret” (San Pedro Julián Eymard).
Muchas personas reconocen en Jesús sólo un profeta inspirado y como a tal le honran y le toman por modelo. Le honrarían mucho más si le viesen como más que un profeta. Entonces, ¿cuál no habrá de ser el homenaje que le debemos nosotros, que profesamos la verdadera fe? ¡Qué poca disculpa tienen los católicos que creen, pero no practican! ¡El Jesús que otros admiran lo poseemos nosotros vivo siempre en la Eucaristía, se pone a nuestra libre disposición, se nos da como alimento espiritual. Vayamos, pues, a Él, y sea Él nuestro pan de cada día.
Por contraste, da pena ver la indiferencia con que se mira tan gran bien: personas que creen en la Eucaristía, se privan por el pecado y el abandono de ese alimento vital, que Jesús quiso darles ya desde el primer instante de su existencia terrena. Niño recién nacido en Belén que significa casa del pan-, ya fue reclinado entre pajas aquel trigo divino, destinado a ser amasado en pan del cielo, para unir a todos los hombres consigo, y a unos con otros, como miembros de su Cuerpo místico.
María es la Madre de ese Cuerpo místico. Y, así como en otro tiempo anduvo solícita por remediar las necesidades materiales de su divino Hijo, arde también ahora en deseos de alimentar su cuerpo espiritual; porque tan Madre es de este como de aquel. ¡Que angustias para su corazón, ver que su Hijo en su Cuerpo místico, padece y aún muere de hambre, pues son tan pocos los que se nutren debidamente de este divino pan, y hay algunos que no lo comen nunca! Los que aspiran a compartir con María su solicitud maternal por las almas, participen también de estas angustias y trabajen unidos a Ella para mitigar esta hambre.
El legionario debe valerse de todos los recursos que estén a su alcance para despertar en los hombres el conocimiento de amor al Santísimo Sacramento y para destruir el pecado y la indiferencia que tienen los retraídos de Él. Cada comunión que se consiga es un beneficio inconmensurable; porque, alimentando a un miembro, se alimenta al Cuerpo místico todo entero, y le hace crecer en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2,52).
“Esta unión de la Madre y el Hijo en el trabajo de redención alcanza su clímax en el Calvario, donde Cristo “se ofreció como el perfecto sacrificio de Dios” (Hb 9,14) y donde María permaneció al pie de la Cruz (cf. Jn 19,25) “sufriendo dolorosamente con su Hijo unigénito. Allí, se unió con su corazón maternal a su sacrificio, y amorosamente consintió en la inmolación de su víctima, que ella misma había concebido”, y se la ofreció al Padre Eterno. Para perpetuar por los siglos el sacrificio de la Cruz, el Divino Salvador instituyó el Sacrificio de la Eucaristía, la conmemoración de su muerte y resurrección, y se lo confió a su esposa, la Iglesia, la cual especialmente los domingos, reúne a los fieles para celebrar el paso de Dios por la tierra, hasta que vuelva de nuevo. Esto lo hace la Iglesia en comunión con los santos del cielo, y en particular con la Virgen nuestra Madre, cuya caridad sin límites y fe inquebrantable imita” (MC, 20).
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EL LEGIONARIO Y EL CUERPO
MÍSTICO DE CRISTO
1. ESTA DOCTRINA ES LA BASE DEL SERVICIO LEGIONARIO
Ya en la primera junta legionaria se puso de relieve el carácter netamente sobrenatural del servicio al que se iban a entregar los socios. Su trato con los demás había de rebosar cordialidad, pero no por motivos meramente naturales: deberían ver en todos aquellos a quienes servían a la Persona misma de Jesucristo, recordando que cuanto hiciesen a otros, aún a los más débiles y malvados, lo hacían al mismo Señor, que dijo: os lo aseguro: cada vez que lo hicisteis con un hermano mío de esos más humildes, lo hicisteis conmigo (Mt 25,40).
Así fue en la primera junta, y así ha sido después, en cuantas le han seguido. No se ha escatimado ningún esfuerzo para hacer ver a los legionarios que este móvil debe ser la base y fundamento de su servicio; lo es, igualmente, de la disciplina y de la armonía interna de la Legión. Han de ver y respetar en sus oficiales y en sus otros hermanos al mismo Jesucristo: he aquí la verdad transformadora que debe estar bien impresa en la mente de los socios; y, para ayudarles a conseguirlo, esa verdad básica se ha puesto en las ordenanzas fijas, que se leen mensualmente en la junta del praesidium. Esas ordenanzas acentúan, además, este otro principio fundamental de la Legión: trabajar en tan estrecha unión con María, que sea Ella quien realmente ejecute la obra por medio del legionario.
Estos principios básicos de la Legión no son más que consecuencia práctica de la doctrina del Cuerpo místico de Cristo.
Tal doctrina constituye el meollo de las epístolas de San Pablo. Nada extraño, pues su conversión está ligada a la proclamación de esta doctrina por el mismo Cristo. Fulguró un resplandor en lo alto; el ardiente perseguidor de los cristianos cayó a tierra deslumbrado, y oyó estas contundentes palabras: Saulo, Saulo ¿Por qué me persigues?
y El contestó: ¿quién eres tú Señor? Y Jesús le replicó: yo soy Jesús a quien tú persigues (Hch 9,4-5). Y estas palabras se le quedaron grabadas en el alma como a puro fuego, y desde ese momento se sintió impulsado a hablar y escribir sobre el misterio que ellas encerraban.
San Pablo compara la unión entre Cristo y los bautizados con la que existe entre la cabeza y los demás miembros del cuerpo humano.
En el cuerpo los miembros, tienen cada cual su función particular; algunos son más nobles que otros; pero todos se necesitan mutuamente, y a todos los anima una misma vida. Así que el perjuicio de uno es pérdida para todos; y si uno se perfecciona, todo el cuerpo se beneficia.
La Iglesia es el Cuerpo místico de Cristo y su Plenitud (Ef 1,22-23). Cristo es la cabeza, la parte principal, indispensable y perfecta, de la cual reciben todos los demás miembros su facultad para obrar, hasta su misma vida. El bautismo nos une con Cristo mediante los lazos más estrechos que se pueden imaginar. Entendamos bien que, aquí, místico no quiere decir ilusorio. Nos asegura la escritura: somos miembros de su cuerpo (Ef.5,30); y de ahí resultan unos deberes santos de amor y servicio de los miembros para con la Cabeza, y de los miembros entre sí (1 Jn 4,15-21). La comparación del cuerpo nos ayuda mucho a damos perfecta cuenta de estos deberes, y, si los comprendemos, ya tenemos medio camino andado para su cumplimiento.
Bien se ha dicho que ese es el dogma central del cristianismo; pues toda la vida sobrenatural -todo el conjunto de gracias concedidas al hombre- es el fruto de la redención. Y esta redención descansa sobre el hecho de que Cristo y su Iglesia no constituyen ,sino una sola Persona mística; de modo que las reparaciones de la cabeza- los méritos infiitos de su Pasión- pertenecen también a sus miembros, los fieles. Así se explica como pudo sufrir nuestro Señor por el hombre, y expiar culpas que Él no había cometido. Cristo es el salvador de su cuerpo (Ef 5,23).
La actividad del Cuerpo místico es actividad del mismo Cristo. Los fieles están incorporados a Él, y en Él viven sufren y mueren, y en su resurrección resucitan. Si el bautismo santifica, es porque establece entre Cristo yel hombre esa comunicación de vida, por la que la santidad de la Cabeza fluye a los miembros. Los demás sacramentos -la Eucaristía sobre todo- tienen por finalidad estrechar esta unión, potenciar esta comunicación entre el Cuerpo místico y su Cabeza. También se intensifica la unión entre la Cabeza y los miembros por obra de la fe y del amor, por los lazos de gobierno y mutuo servicio dentro de la Iglesia, por el trabajo, por la humilde sumisión al sufrimiento; en resumen, mediante cualquier acto de vida cristiana. Pero todo esto se hará mucho más eficaz si el alma obra en unión libre y permanente con María.
María, en su condición de Madre de la Cabeza y de los miembros, constituye un primordial lazo de unión entre ambos. Si somos miembros de su Cuerpo (Ef 5,30), por la misma razón y con tanta verdad somos hijos de María, su Madre. La santísima Virgen fue creada para concebir y dar a luz al Cristo íntegro: al Cuerpo místico con todos sus miembros, perfectos y trabados entre sí (Ef 4,15-16), y unidos con la Cabeza, Jesucristo. Y María cumple esta misión en colaboración y por el poder del Espíritu Santo, que es la vida y el alma del Cuerpo místico. Sólo en el seno maternal de María, y siendo dócil a sus desvelos, irá el alma creciendo en Cristo hasta llegar a la edad perfecta (Ef 4,13-15).
“En la economía divina de la redención desempeña María un papel único y sin igual. Entre los miembros del Cuerpo místico ocupa un lugar preeminenre, el primero después de la Cabeza. En este organismo divino ejerce María un oficio imimamente ligado con la vida de todo el Cuerpo. Es el Corazón... Pero más , comumente, siguiendo a San Bernardo y, por razón de su oficio, se la compara al cuello, que une la cabeza con los demás miembros del cuerpo. Con esto queda ilustrada con suficiente claridad la mediación universal de María entre Cristo -la cabeza mística- y los miembros. Sin embargo, la comparación del cuello no parece tan eficaz como la del corazón para significar la inmensa importancia de la influencia de María y de su poder -el mayor después de Dios- en las operaciones de la vida sobrenatural; pues mientras el cuello no pasa de ser una conexión -que ni inicia la vida ni influye en ella-, el corazón es como una fuente de vida, que primero la recibe y luego la distribuye por todo el organismo" (Mura, El Cuerpo místico de Cristo).
2. MARÍA Y EL CUERPO MÍSTICO
Los varios oficios que ejerció María alimentando, criando y prodigando amor al cuerpo físico de su divino Hijo, los continúa ejerciendo ahora en favor de todos y cada uno de los miembros de su Cuerpo místico, tanto de los más altos como de los más ínfimos. Eso significa que, al mostrarse solícitos los miembros unos de otros (1 Co 12, 25) no lo hacen indepen-dientemente de María, aunque -por descuido o ignorancia- no sean conscientes de su intervención. No hacen más que unir sus esfuerzos con los de Ella. Es una obra que le corresponde a Ella, y Ella la viene realizando con exquisito amor desde la Anunciación hasta hoy. Habría que decir que no son propiamente los legionarios quienes se valen de la ayuda de María, para mejor servir a los demás miembros del Cuerpo místico: es Ella quien se digna servirse de ellos. Y, como se trata de una obra propia y peculiar suya, nadie puede colaborar sin que Ella se lo permita: consecuencia lógica de la doctrina del Cuerpo místico, que harían bien en meditar cuantos intentan servir al prójimo y, sin embargo, andan con ideas mezquinas sobre el lugar y los privilegios de María.
Es también una buena lección para quienes profesan creer en las escrituras, pero ignoran y desacreditan a la Madre de Dios.
Recuerden los tales que Cristo amó a su Madre y se sujetó a Ella (Lc 2,51). Su ejemplo obliga a todos los miembros de su Cuerpo místico a hacer lo mismo: "Honrarás a tu Madre" (Ex 20,12). Es mandato divino que se la ame con amor de hijos. Todas las generaciones han de bendecir a esta buena Madre (Lc 1,48).
Otra consecuencia más: así como nadie debe ni siquiera pensar en ponerse a servir al prójimo si no se asocia con María, nadie tampoco podrá cumplir este deber dignamente si no hace suyas siquiera imperfectamente- las intenciones de María. La medida de nuestra unión con María será la medida de la perfección con que pondremos en práctica el precepto divino de amar a Dios y de servir al prójimo (1 Jn 4, 19-21).
El oficio propio de los legionarios dentro del Cuerpo místico es guiar, consolar y enseñar a los demás. Pero ellos no cumplirán debidamente este oficio si no se identifican con esa doctrina del Cuerpo místico. El lugar y las dotes privilegiadas de la Iglesia, su unidad, su autoridad, su desarrollo, sus padecimientos, sus portentos y sus triunfos, su poder de conferir la gracia y el perdón: nada de estose apreciará en su justo valor, si previamente no se comprende que Cristo vive en la Iglesia y continúa mediante ella su misión sobre la tierra. La Iglesia reproduce la vida de Cristo en todas sus fases.
Por orden de la Cabeza -Cristo- cada miembro está llamado a desempeñar un determinado oficio dentro del Cuerpo místico.
"Jesucristo -leemos en la Constitución Lumen Gentium - comunicando su Espíritu a sus hermanos y hermanas, los reunió a todos, procedentes de todos los pueblos de la tierra, los incorporó místicamente a su propio Cuerpo. En ese Cuerpo la vida de Cristo se comunica a aquellos que creen en Él... todos los miembros del cuerpo humano, aunque son muchos, forman el cuerpo, así son también los que creen en Cristo (cf.l Co 12,12). También en la creación del cuerpo de Cristo hay una gran diversidad de miembros y funciones... El Espíritu del Señor proporciona un sinfín de carismas, que invitan a las almas a asumir diferentes ministerios y formas de servicio a Dios..." (CL, 20).
Para apreciar que forma de servicio debería caracterizar a los legionarios en la vida del Cuerpo místico, nosotros hemos de mirar a nuestra Señora. Ha sido descrita como su propio corazón. Su papel, como el del corazón del cuerpo humano, es enviar la sangre de Cristo para que recorra las venas y arterias del Cuerpo místico lIevándole la vida y crecimiento. Es ante todo un trabajo de amor. Pues, a los legionarios, como realizan su apostolado en unión con María, se les llama a ser uno con Ella en su papel vital, como el corazón del Cuerpo místico.
No puede el ojo,decirle a la mano: "no me haces falta", ni la cabeza a los pies: "no me haceís falta" (1 Co 12,21). De estas palabras deduzca el legionario la importancia de su colaboración en el apostolado.
Porque no sólo está unido el legionario a Cristo -formando un Cuerpo con Él y dependiendo de Él, que es la Cabeza- sino que Cristo mismo está dependiendo del legionario; y de tal modo, que Él le puede hablar en estos términos: yo necesito que tú me ayudes en mi obra de santificar y de salvar a los hombres. Y a este depender la Cabeza del cuerpo se refieré San Pablo cuando habla de cumplir en su carne lo que le queda por padecer a Cristo (Col1, 24). Tan (extraña frase no da a entender en modo alguno que la obra de Cristo adoleciese de imperfección; simplemente subraya el principio de que cada miembro del Cuerpo místico tiene que contribuir, con todo lo que pueda, a la salvación propia y a la de los demásmiembros (Flp 2, 12).
Esta doctrina debe enseñar al legionario la sublime vocación a que está llamado como miembro del Cuerpo místico: suplir lo que falta a la misión de nuestro Señor. ¡Qué pensamiento más inspirador!: Jesucristo necesita de mi para llevar la luz y la esperanza a los que yacen en tinieblas; el consuelo; a los afligidos; la vida, a los muertos en el pecado. Ni que decir tiene, pues, que el legionario debe ejercer su oficio dentro del Cuerpo místico, imitando de un modo singular aquel amor y obediencia que Cristo, la Cabeza, mostró a su Madre, y que Él quiere reproducir en su Cuerpo místico.
"Si San Pablo nos asegura que él completaba en su propio cuerpo la medida de los padecimientos de Cristo, con igual razón podemos decir nosotros que un verdadero cristiano, miembro de Jesucristo y unido a Él por la gracia, continúa y lleva hasta su término, mediante cada acción imbuida del espíritu de Jesús, las acciones que hizo el mismo Salvador durante su vida sobre la tierra. De manera que, cuando un cristiano reza, continúa la oración que empezó Jesús aquí abajo; cuando trabaja, suple lo que le faltó a la vida laboriosa de Jesús... hemos de ser como otros tantos Jesucristos sobre la tierra, continuando su vida y sus acciones, obrando y sufriéndolo todo en el espíritu de Jesús, es decir con las disposiciones santas y las intenciones divinas que tuvo Jesús en todas sus acciones y padecimientos" (San Juan Eudes, Reino de Jesús).
3. EL SUFRIMIENTO EN EL CUERPO MÍSTICO
La misión de los legionarios los pone en contacto íntimo con los hombres, sobre todo con los que sufren. Es necesario, pues, que conozcan a fondo lo que el mundo insiste en llamar el problema del sufrimiento. No hay nadie exento de llevar su cruz en esta vida. Los más se revelan contra ella, buscan arrojarla de sí, y, si no pueden, yacen postrados bajo su peso. Pero con esto quedan frustrados los designios de la redención, que exigen para toda vida fructuosa el complemento del dolor, como exige cualquier tejido el cruzar de la trama para completar la urdimbre. Aparentemente, el dolor contraría y frustra al hombre; pero, en realidad, le favorece y perfecciona; pues, como nos enseña repetidamente la Sagrada Escritura, es necesario "no sólo creer en Cristo, sino también sufrir por Él" (Flp 1,29); y en otra parte: si morimos con Él, viviremos con Él; si perseveramos con El, reinaremos con El (2 Tim 2,11-12). Esa nuestra muerte en Cristo, de que habla el apóstol está representada por una Cruz, toda bañada en sangre, en la que Cristo nuestra Cabeza, acabade consumar su obra. Al pie de la Cruz, y en tal desolación que la vida parecía ya imposible, estaba la Madre del Redentor y de todos los redimidos. Aquella de cuyas venas procedía la sangre que ahora con tanta profusión satura la tierra para el rescate de los hombres.
Esta misma sangre está destinada a circular por el Cuerpo místico, a impulsar la vida hasta las más diminutas células; a llevar al hombre la semejanza con Cristo, pero con el Cristo completo: no sólo con el Cristo de Belén y del Tabor, gozoso y refulgente de gloria, sino también con el Cristo Varón de dolores y víctima, y el Cristo del Calvario.
No hay que seleccionar en Cristo lo que a uno le agrada y rechazar lo demás: entiéndanlo bien todos los cristianos, como bien lo entendió María ya en el misterio gozoso de la Anunciación. Ella supo ya entonces que no estaba convidada a ser solamente Madre de alegrías, sino también Madre de dolores; habiéndose entregado a Dios sin la menor reserva desde un principio, acoge lo uno y lo otro con igual agrado: recibe al niño en su seno con perfecto conocimiento de todo cuanto encerraba el misterio, dispuesta igualmente a apurar con Él la copa del dolor como a saborear con Él sus glorias. En aquel momento se unieron esos dos sacratísimos Corazones tan estrechamente, que llegaron casi a identificarse.
Desde entonces latieron al unísono dentro del Cuerpo místico, para bien del mismo; y María fue hecha Medianera de todas las gracias, Vaso Espiritual que recibe y derrama la sangre preciosa de nuestro Señor .
Como a la Madre, así sucederá a todos sus hijos. Tanto más útil a Dios será el hombre cuanto más íntima sea la unión de este con el divino Corazón: de esta fuente beberá copiosamente la sangre redentora para luego distribuirla. Pero esta unión con la Sangre y el Corazón de Cristo tiene que abarcar la vida de Cristo en todas sus fases, no una sola. Sería inconsecuente e indigno dar la bienvenida al Rey de la gloria y rechazar al Varón de dolores, porque los dos no son mas que un mismo Cristo. El que no quiere acompañarle en la Cruz, ni tendrá parte en su misión evangelizadora, ni participación en la gloria de su triunfo.
Si se medita esto, se verá que el padecer es una gracia: o para sanar espiritualmente o para fortalecerse; nunca es mero castigo del pecado. Dice San Agustín: "Entended que la aflicción de lahumanidad no es ley penal, porque el sufrimiento tiene un carácter medicinal". Y, por otra parte, la pasión de nuestro Señor se desborda y es un inestimable privilegio- en los cuerpos de los inocentes y santos, para conformarlos a Él más y más. Este intercambio y fusión de sufrimientos entre Cristo y el cristiano es la base de toda mortificación y reparación.
Una sencilla comparación -la circulación de la sangre en el cuerpo humano- pondrá de relieve el oficio y la finalidad del padecer. Sirva de ejemplo la mano. La pulsación que se siente en la mano es el latir del corazón, fuente de la sangre caliente que por ella circula. Es que la mano está unida al cuerpo del que forma parte. Si la mano se enfría, las venas se encogen: la sangre halla más dificultad en pasar, y, cuando más se enfría, menos sangre corre. Si el frío es tan intenso que cesa del todo la pulsación de la sangre en la mano, ésta se hiela, mueren los tejidos y queda sin vida, inutilizada, como si realmente estuviera muerta: tanto que, si continuara en este estado por bastante tiempo, sobrevendría la gangrena.
Estos diversos grados de frío ilustran la variedad de grados espirituales en los miembros del Cuerpo místico. Estos pueden llegar a reducir su capacidad receptiva de la preciosa sangre a tan estrechos límites, que corren peligro de morir y de tener que ser amputados, como el miembro gangrenoso. El remedio para un miembro helado es evidente: hacer circular la sangre de nuevo para que recobre la vida. Introducir la sangre a la fuerza por las venas y arterias es un proceso doloroso, no hay duda, pero este dolor es preludio de alegría. En la mayoría de los católicos practicantes, aunque no sean propiamente miembros helados -y su amor propio no les permite tan siquiera considerarse fríos-, la sangre de Jesucristo no circula en la medida que quisiera el Señor, y le obliga a hacer que circule en ellos su Vida como a la fuerza. Esto es lo que les causa dolor: el paso de su Sangre divina dilatando venas reacias. He aquí la causa y razón de los sufrimientos en esta vida. Pero este dolor, una, vez comprendido bien, ¿no debería ser causa de alegría? La conciencia del dolor viene entonces a convertirse en la conciencia de la presencia de nuestro Señor dentro de nosotros, animando nuestra vlda.
"Jesucristo padeció todo cuanto era menester; nada faltó para colmar la medida de sus padecimientos. Pero ¿acaso ha terminado su pasión? En la Cabeza, sí; pero en los miembros aún queda por padecer. Con mucha razón, pues, desea Cristo -que continúa sufriendo en su Cuerpo- vemos tomar parte en su expiación. Nuestra misma unión con Él exige que hagamos esto; porque, si somos el Cuerpo de Cristo y miembros unos de otros, todo cuanto padezca la Cabeza lo deberían padecer juntamente los miembros" (SanAgustín).
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APOSTOLADO LEGIONARIO
1. SU DIGNIDAD
Para poner de relieve la dignidad del apostolado al que la Legión llama a sus miembros, así como la importancia que este apostolado tiene para la Iglesia, no hallamos palabras más categóricas que las siguientes y firmes declaraciones:
"Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que, insertos por el bautismo en el Cuerpo místico de Cristo, robustecidos por la confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor. Se consagran como sacerdocio real y gente santa (cf.l P 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía" (AA,3).
"Ya Pío XII decía: "Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos, ellos especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no solo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia, es decir, la ,comuniaad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia (...)" " (CL,9).
"María ejerce sobre el género humano una influencia moral que no podemos definir mejor que comparándola con esas fuerzas físicas de atracción, afinidad y ,cohesión, que, en el orden de la naturaleza, unen los cuerpos y sus partes componentes entre si... Creemos haber demostrado que María ha tenido parte en todas las grandes gestas que constituyen la vida de las sociedades y su verdadera "civilización" (Petitalot).
2.EL APOSTOLADO DEL LAICO ES INDISPENSABLE
Nos atrevemos a afirmar que el bienestar moral de una población catolica depende de que ésta cuente con un buen núcleo de apóstoles,pertenecientes al estado laical, pero imbuidos de un espíritu sacerdotal; ellos procurarán al sacerdote unos eficaces puntos de contacto con el pueblo. Sin esta perfecta compenetración del sacerdote y el pueblo no hay garantía de éxito, pues ambos se necesitan mutuamente.
Ahora bien, el fundamento de todo apostolado es un interés vivísimo por la Iglesia y por su misión en la tierra; pero, como este interés no puede brotar sino de la plena convicción de estar uno colaborando positivamente con la misma Iglesia, está claro que una organización de apostolado, forjadora de apóstoles, no pude ponerse en otras manos que en las del sacerdote, el cual participa más que nada en la misión de la Iglesia; y de hecho, tanto ejercerá el sacerdote como verdadero pastor, cuanto más hábilmente maneje dicha organización.
Lo cierto es que, donde no se cultiva asiduamente el celo apostólico, se prepara el terreno para gue surja otra generación desprovista de todo interés por la IglesIa, de toda conciencia de responsabilidad para con ella; y, ¿qué provecho puede salir de un catolicismo tan inmaduro? ¿qué será de él cuando se perturbe algo su calma?. La historia nos enseña que el miedo llega a impulsar a una grey tan cobarde como ésa al destrozo de sus mismos pastores, o a que las ovejas se dejen devorar por la primera manada de lobos que se presenten. El cardenal Newman declara como un axioma: "En todo tiempo los cristianos seglares han sido la medida del espíritu católico".
"La función principal de la Legión de María es desarrollar en los seglares la conciencia de su vocación. Nosotros, los segláres, corremos el peligro de identificar a la Iglesia con el clero y los religiosos, a quienes Dios ha dado ciertamente lo que nosotros llamamos, con demasiado exclusivismo, una vocación. Inconscientemente, los demás estamos tentados a consideramos como del montón, como si esperáramos salvarnos observando lo ultimo prescrito. Olvidamos que nuestro Señor llama a cada una de sus ovejas por su nombre (Jn 10,3), y que -en palabras de San Pablo, ausente físicamente, como nosotros, del Calvario- el Hijo de Dios me amó a mi y se entregó por mi (Ga 2,20). Cada uno de nosotros, aunque no sea más que un carpintero de aldea -como lo fue Jesús mismo- o una humilde ama de casa- como su Madre-, tiene una vocación, es llamado individualmente por Dios a darle su amor y su servicio, a hacer un trabajo particular que otros tal vez puedan superar, pero que no pueden hacer en nuestro lugar. Nadie, sino yo mismo, puede entregar a Dios mi corazón ni hacer mi trabajo. Y es precisamente esta conciencia personal de la religión la que fomenta la Legión. El socio ya no se contenta con permanecer pasivo o satisfecho con las apariencias, tiene que ser algo y hacer algo por Dios; la religión ya no es para él un valor secundario, sino que llega a ser la inspiración de toda su vida, por más rutinaria que ésta sea, humanamente. Y esta convicción de la vocación personal crea inevitablemente un espíritu apostólico, el deseo de perpetuar la obra de Cristo, de ser otro Cristo, de servirle en los mas pequeñuelos de sus hermanos. De esta manera la Legión viene a ser el sustitutivo seglar de una orden religiosa, la traducción -en tétminos de vida seglar- de la idea cristiana de la perfección, la extensión del reino de Cristo en la vida seglar de hoy" (Alfredo O'Rahilly).
3. LA LEGIÓN Y EL APOSTOLADO SEGLAR
El apostolado -como tantos otros grandes principios- es por sí, en teoría, cosa fría y abstracta, y por eso tiene el peligro de no llamar poderosamente la atención de los laicos, y de que estos no respondan al alto destino que se les brinda, o -lo que es peor- de no creerse capacitados para realizado; con el desastroso resultado de que los seglares renuncien a todo esfuerzo por desempeñar el papel que les corresponde de derecho, y como obligación urgente, en la lucha que sostiene la Iglesia.
Más oigamos a una autoridad competente en esta materia, el cardenal Riberi, antiguo Delegado Apostólico para el África misionera, y más tarde Internuncio en China: "La Legión de María es el deber apostólico revestido de una forma tan atractiva y seductora, tan palpitante de vida, que a todos cautiva; obra en todo conforme a la mente de Pío XI, es decir, en absoluta dependencia de la Virgen Madre de Dios; toma siempre como base de reclutamiento -y aún como clave de potencia numérica- las cualidades individuales del socio; está fortalecida y protegida por abundante oración y sacrificio, y por la adhesión rigurosa a un reglamento; y, en fin, colabora estrechamente con el sacerdote. La Legión de María es un milagro de los tiempos modernos".
La Legión profesa al sacerdote todo el respeto y obediencia debidos a los legítimos superiores; es más: como el apostolado legionario se apoya enteramente sobre el hecho de ser la misa y los sacramentos los principales cauces por donde fluye la gracia -cuyo ministro esencial es él-, y como todos los esfuerzos y recursos de los legionarios deben encaminarse a repartir este divino manjar entre las multitudes enfermas y hambrientas, se deduce que el principio básico de la actuación legionaria será necesariamente el llevar al sacerdote al pueblo, si no siempre en persona -cosa imposible a veces- por lo menos mediante su influencia, y procurar la comprensión mutua entre el sacerdote y el pueblo.
El apostolado de la Legión se reduce esencialmente a esto. La Legión, aunque compuesta en casi su totalidad de personas seglares; obrará inseparablemente unida con sus sacerdotes, acaudillada por ellos, con absoluta identidad de intereses entre ambos; y buscará con ardor completar los esfuerzos del pastor y ensanchar su campo de acción en la vida de sus feligreses, para que estos, acogiéndole, reciban al Señor que le envió.
"Sí, os lo aseguro: quien recibe a uno cualquiera que yo envíe, me recibe a mí, y quien me reciba a mí, recibe al que me ha enviado' (]n 13,20).
4. EL SACERDOTE Y LA LEGIÓN
La idea del sacerdote rodeado de personas deseosas de compartir con él sus trabajos está sancionada por el ejemplo supremo de Jesucristo: Jesús se dispuso a convertir al mundo rodeándose de un grupo de escogidos, a quienes instruyó por sí mismo y comunicó su propio Espíritu.
Los apóstoles tomaron, a pecho la lección de su divino Maestro, y la pusieron en práctica llamando a todos para que les ayudasen en la conquista de las almas. Dice el Cardenal Pizzardo: "Bien puede ser que los forasteros que llegaron a Roma (Hch2,1O) y oyeron predicar a los apóstoles el día de Pentecostés, fueron los primeros en anunciar a Jesucristo en Roma, echando así la semilla de la Iglesia Madre, que poco después vinieron a fundar San Pedro y San Pablo de un modo oficial".
Lo cierto es que la primera difusión del cristianismo en Roma misma fue obra del apostolado seglar. ¿Cómo pudo ser de otra manera? ¿Qué hubiesen logrado los doce, perdidos como estaban en las inmensidades del mundo, de no haber convocado a hombres y mujeres, a ancianos y jóvenes, diciéndoles: "Llevamos aquí un tesoro celestial, ayudadnos a repartirlo?" (Alocución de Pío XI).
Citadas las palabras de un Papa, añadamos las de otro, para, demostrar contundentemente que el ejemplo de nuestro Señor y de los apóstoles respecto de la conversión del mundo es la pauta que ha dado Dios a todos los sacerdotes- alter Christus -, para que ellos obren de igual manera en el limitado campo de acción de cada cual, ya sea parroquia o distrito, ya sea una obra especializada.
Hallándose cierto día el Papa San Pío X entre un grupo de cardenales les preguntó: - "¿Qué os parece lo más urgente hoy para salvar a la sociedad? - Edificar escuelas -, contestó uno. - No -, replicó el Papa. - Multiplicar las Iglesias -, añadió otro. - Tampoco.
-Reclutar más clero -, dijo un tercero. - Ni eso siquiera -repuso el - Papa- No. Lo más urgente ahora es tener en cada parroquia Un núcleo de seglares virtuosos, y, al mismo tiempo, ilustrados, esforzados y verdaderos apóstoles."
Este santo Pontífice, al fin de su vida, hizo estribar toda la salvación del mundo en la formación que diera un clero celoso a los fieles entregados al apostolado de la palabra, de la acción y, sobre, todo, del ejemplo. En las diócesis donde dicho Papa había ejercitado el ministerio antes de subir a la Cátedra de San Pedro, daba menos importancia al censo parroquial que a la lista de católicos capaces de irradiar su fe con obras de apostolado. Opinaba que se podrían formar almas escogidas en todas las clases sociales, y por eso estimaba a sus sacerdotes según los resultados que ellos, con su celo y talento, obtuviesen en este particular (Chautard, El alma de todo apostolado, parteIV, 1 f).
"La tarea del pastor no se limita al cuidado individual de sus fieles, sino que se extiende por derecho también a la formación de una comunidad genuinamente cristiana. Pero si ha de cultivarse adecuadamente el espíritu de comunidad, éste ha de abarcar no sólo a la Iglesia local, sino a la Iglesia universal. Una comunidad local no debe fomentar sólo el cuidado de sus fieles, sino que, imbuida de celo misionero, debe preparar a todos los hombres el camino hacia Cristo.
Esa comunidad local, sin embargo, tiene especialmente bajo su cuidado a los que están recibiendo instrucción en ese caminar hacia Dios, y a los nuevos conversos que deben ser formados gradualmente en el conocimiento y práctica de la vida cristiana" (PO,6).
"El Dios hecho hombre se vio obligado a dejar sobre la tierra su Cuerpo místico.
De otro modo su obra hubiera terminado en el Calvario. Sú muerte habría merécido la redención para el género humano; pero ¿cuántos hombres habrían podido ganar el cielo, sin la Iglesia que les trajera la vida de la Cruz? Cristo se identifica con el sacerdote de una manera particular. El sacerdote es como un corazón suplementario que hace circular por las almas la sangte vital de la gracia sobrenatural. Es pieza escencial dentro del sistema circulatorio espiritual del Cuerpo místico. Si falla, el sistema queda congestionado, y aquellos que de él dependen no reciben la vida que Cristo quiere que reciban.
El sacerdote tiene que ser para su pueblo, dentro de sus límites, lo que Cristo es para la Iglesia. Los miembros de Cristo son una prolongación de Él mismo, no solamente son colaboradores simpatizantes, seguidores, simple refuerzo externo.
Poseen su vida. Comparten su actividad. Deberán tener su mentalidad. Los sacerdotes tienen que ser uno con Cristo bajo todos los aspectos posibles.
Cristo para desarrollar su misión, formó en torno a sí mismo un cuerpo espiritual; el sacerdote ha de hacer lo mismo. Ha de formar en torno suyo miembros que sean uno con él. Si el sacerdote no tiene miembros vivientes, formados por él, unidos con él, su obra se reducira a dimensiones irrisorias. Estará aislado e incapacitado. No puede el ojo decirle a la mano: "no me haces falta "; ni la cabeza a los pies: " no me haces falta" (l Co 12,21).
Si Cristo, pues, ha constituido el Cuerpo místico como el principio de su camino, su verdad y su vida para las almas, actúa lo mismo mediante el nuevo Cristo:el sacerdote. Si éste no ejerce su función hasta edificar plenamente el Cuerpo místico (Ef 4,12). -Ahí edificar significa construir-La vida divina entrará en las almas y saldrá de ellas con poco provecho.
Es más: el sacerdote mismo quedará empobrecido, debido a que, aunque la misión de la cabeza es comunicar la vida al cuerpo, no es menos verdad que la cabeza vive de la vida del cuerpo, creciendo al par que crece éste y compartiendo sus flaquezas.
El sacerdote que no comprenda esta ley de sabiduría sacerdotal, pasará la vida ejercitando sólo una fracción de su capacidad, siendo su verdadero destino en Cristo abarcar el horizonte (P.F.J. Ripley).
5. LA LEGIÓN EN LA PARROQUIA
"En las actuales circunstancias los laicos pueden hacer mucho y, por lo tanto, deberían hacer mucho por el crecimiento de una auténtica comunión, eclesial en sus parroquias, con el fin de reavivar un espíritu verdaderamente misionero, llamado a atraer a los no creyentes, y a los propios creyentes que hayan abandonado la fe o en los que ha surgido la apatía en su vida cristiana" (CL, 27).
Podrá verse cómo el crecimiento de un auténtico espíritu de comunidad se verá apoyado sin reservas fundando en ella la Legión de María. A través de la Legión, el laico se acostumbra a trabajar en la parroquia en estrecha colaboración con los sacerdotes y a participar en responsabilidades pastorales. La regulación de las diversas actividades parroquiales mediante reuniones semanales regulares es una ventaja en sí misma. Sin embargo, es todavía más importante que aquellos que participan en el trabajo parroquial pertenezcan a la Legión, y que, por consiguiente, posean una formación espiritual que les ayudará a comprender que la parroquia es una comunidad eucarística con un sistema metódico que les permitirá llegar a cualquier persona de la parroquia, con el fin de construir dicha comunidad. Algunas de las formas en las que el apostolado legionario puede llevarse a cabo en la parroquia se describen en el capítulo 37. (Sugerencias para los trabajos).
"Los sacerdotes deben considerar el apostolado seglar como parte integral de su ministerio, y los fieles como un deber de la vida cristiana" (Pío XI .)
6. FRUTOS DEL ESPÍRITU LEGIONARIO:
IDEALISMO Y DINAMISMO EN ALTO GRADO
Si la Iglesia, para defender los fueros de la verdad que se le ha confiado, se estancara en un rutinarismo de precauciones y reparos, proyectaría sobre esa verdad sombras siniestras; sobre todo a los ojos, de la juventud, la cual se habituaría a buscar en empresas puramente' mundanas -y aun irreligiosas- el entusiasmo por ideales prácticos que anhela su corazón generoso. Se haría un daño incalculable, y los efectos caerían como un castigo sobre las generaciones futuras.
Aquí puede contribuir la Legión, trazando, un programa de iniciativas, esfuerzo y sacrificio; un programa tal, que logre cautivar para la Iglesia estos dos términos: idealismo y dinamismo, haciéndolos servidores de la verdad católica.
Según el historiador Lecky, el mundo está regido por los ideales.
Ahora bien, quien forja un ideal superior, levanta a toda la humanidad, si ese ideal es -como se supone- práctico, y bastante evidente como para que pueda servir de reclamo.
¿Será temerario afirmar que los ideales propuestos por la Legión reúnen estas dos condiciones?
Aún concediendo que de entre las filas legionarias saldrán para gozo y honor de la Legión- numerosas vocaciones religiosas, se objetará que, fuera de esas personas predilectas, no habrá nadie en medio de tanto egoísmo como reina en el mundo, dispuesto a echar sobre sus hombros la pesada carga impuesta al socio de la Legión. Los que así hablan se equivocan. Los muchos que se ofrezcan para un servicio fácil, no tardarán en desertar de la Legión, sin dejar huella de su presencia; pero esos pocos que acuden a la voz de grandes y altas empresas perseveraran, y poquito a poco su espiritu se comunicara a los muchos; y, con el tiempo, se verificará el prodigio de conducir hasta la santidad a multitudes enteras, que antes se habían negado aún a llevar una vida meramente buena.
Un praesidium de la Legión viene a ser en manos del sacerdote -o del religioso- como una máquina potente en manos del mecánico: así como este, tocando registros y moviendo palancas, consigue una multiplicación de fuerzas que antes parecía inconcebible, de igual manera la hora y media empleada en la junta semanal, dirigiendo, animando y sobrenaturalizando a los socios, multiplicará al sacerdote- o al religioso -, haciéndole estar presente en todas partes oyendolo todo, influyendo en todos; en fin, rebasando los estrechos limites de su personalidad física en el ejercicio de su ministerio personal. Ciertamente no parece posible explotar mejor el celo que empleándolo en la dirección de uno o varios praesidia.
Los legionarios podrán ser de suyo humildes -como el cayado, el zurrón y los guijarros del pastor-, pero con ellos, transformados por María en instrumentos del cielo, saldrá el sacerdote como otro David, con certeza de victoria, al encuentro del más temible Goliat: la incredulidad y el pecado.
“No será la fuerza material, sino una fuerza moral la que defienda la justicia de vuestra causa y os de la victoria segura. No son los gigantes quienes más hacen. Muy pequeña era la Tierra Santa y, sin embargo, cautivó al mundo entero. Muy reducida Atica, y ha moldeado el pensamiento de la humanidad. Moisés no era más que uno solo. Elias, uno solo; y también David, Pablo, Atanasio y el Papa León. Es que la gracia obra mediante los pocos. El cielo escoge por instrumentos la clara visión, el firme convencimiento y la determinación indomable de los pocos; se sirve de la sangre del mártir, de la oración del santo, del acto heroico, de la crisis momentánea, de la energía concentrada en una palabra o en una mirada. No temáis pequeña grey, porque en medio de vosotros está Aquel que todo lo puede, y hará por vosotros grandes cosas" (Cardenal Newman, Estado actual de los católicos).
7. FORMACIÓN A BASE DEL SISTEMA DE
MAESTRO Y APRENDIZ
Es muy corriente la opinión de que los apóstoles se forman principalmente escuchando conferencias y estudiando libros de texto. La Legión, en cambio, cree que la formación se hace imposible si no va acompañada de trabajo práctico; es más: hablar de apostolado y no practicarlo puede ser contraproducente, por razon de que, al discutir como debiera hacerse un trabajo, hay que exponer sus dificultades, y también señalar un ideal y un nivel de ejecución muy elevados; pero hablar a principiantes de esa manera, sin demostrarles al mismo tiempo, mediante la práctica, que tal trabajo está a sus alcances y hasta es fácil, no servirá más que para asustarles y hacerles desistir. Además, el sistema de conferencias tiende a producir teóricos y apóstoles que piensan convertir al mundo mediante la inteligencia.
Estos tendrán pocas ganas de darse a los oficios humildes y al arduo mantenimiento de contactos personales, de los que sin duda depende todo, y que el legionario -permítasenos decirlo- tan gustosamente acepta.
El concepto legionario de la formación es el método ideal, empleado -según parece, sin excepción- por todas las artes y profesiones. En vez de largas conferencias, el maestro coloca el trabajo ante los ojos del aprendiz, y con demostraciones prácticas le indica cómo debe hacerse, comentando los varios aspectos del trabajo conforme avanza. Luego el aprendiz se pone a trabajar, y el maestro le va corrigiendo. De este método sale pronto e infaliblemente el artífice adiestrado. Así que toda conferencia debe basarse en el trabajo mismo; cada palabra tiene que estar vinculada a una acción. Si no, poco fruto podrá producir y tal vez ni siquiera se recordará. Es curioso cuán poco recuerdan de una conferencia aún los estudiantes más asiduos.
Otra reflexión: si se propone el método de conferencias como medio de iniciación en un grupo apostólico, pocos se presentarán para la admisión. La mayoría, después de salir de la escuela, están resueltos a no volver a ella. Especialmente a las personas más sencillas les da miedo el pensar que tendrán que volver a una especie de clase, aunque sea de cosas buenas. Y de ahi que los sistemas de estudio de apostolado no logran suscitar un atractivo popular. Pero la Legión se basa en principios más sencillos y, a la vez, más psicológicos. Sus miembros dicen a otras personas: "venid y trabajemos juntos". A los que aceptan no se les lleva a una escuela; se les ofrece un trabajo que está haciendo ya uno como de ellos. Por tanto, ya saben que el trabajo está a su alcance, y se presta gustosamente a ingresar en la asociación. Y, una vez dentro, ven cómo se hace el trabajo, toman parte en él -mediante los informes y comentarios que oyen sobre dicho trabajo-, aprenden el mejor método de realizarlo; y, así, no tardan en adquir maestría.
"Algunas veces se le achaca a la Legión la falta de experiencia de sus miembros, o el no insistir en que éstos dediquen largos períodos al estudio y aprendizaje. Quede, pues, claro: a) que la Legión utiliza sistemáncamente la cooperación de sus miembros mejor pertrechados.
b) que, si bien no insiste sobre la importancia extrema del estudio, se ingenia todo lo posible en capacitar y adaptar a cada uno para su apostolado particular. c) que la finalidad principal de la Legión es proporcionar una estructura, desde la cual pueda invitar así al católico ordinario... "Ven, deposita el óbolo de tu talento; nosotros te enseñaremos a desarrollarlo y a usarlo, a través de María, para la gloria de Dios". Pues no hay que olvidar que la Legión es tanto para los humildes y menos privilegiados como para los doctos y más dotados" (P.Tomás P.O'Flynn, C.M; antiguo director espiritual del
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ESTRUCTURA DE LA LEGION
1. FIN Y MEDIO: LA SANTIFICACIÓN PERSONAL
Ante todo y sobre todo, la Legión de María se vale- como medio esencial para sus fines- del servicio personal activado por el influjo del Espíritu Santo; es decir, teniendo por primer móvil y apoyo la divina gracia, y por último fin la gloria de Dios y la salvación de los hombres.
De lo cual se deducirá que la santificación personal no es sólo el fin que pretende alcanzar la Legión, sino también su principal medio de acción. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mi no podéis hacer nada (Jn 15,5).
La Iglesia, cuyo misterio está exponiendo el sagrado Concilio, creemos que es indefectiblemente santa. Pues Cristo, el Hijo de Dios, quien con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado "el único Santo", amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a Sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef.5,25-26), la unió a Sí como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por ello, en la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Ts 4,3; cf. Ef 1,4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles. Se expresa multiformemente en cada uno de los que, con edificación de los demás, se acercan a la perfección de la caridad en su propio género de vida; de manera singular aparece en la práctica de los comúnmente llamados consejos evangélicos. Esta práctica de los consejos, que, por impulso del Espíritu Santo, muchos cristianos han abrazado tanto en privado como en una condición o estado aceptado por la Iglesia, proporciona al mundo y debe proporcionarle un espléndido testimonio y ejemplo de esa santidad (LG, 39).
2.UN SISTEMA INTENSAMENTE ORDENADO
Los grandes manantiales de agua- y cualquier fuente de energía- se malogran si no están canalizados: de igual manera, el celo sin método y el entusiasmo sin orientaciones jamás traen grandes resultados, ni interiores ni exteriores, y frecuentemente son poco duraderos. Reparando en esto, la Legión ofrece a sus miembros, no tanto un programa de actividades, sino una norma de vida. Les provee de un reglamento exigente, en el cual tienen fuerza de ley muchas cosas que, en otras organizaciones, serían tal vez de mero consejo o se sobreentenderían; y exige a los socios un espíritu de puntual observancia de todos los detalles. Pero, en cambio, promete manifiesta perseverancia y acrecentamiento en aquellas cualidades que integran la base de la organización: fe, amor a María, intrepidez, abnegación, fraternidad, espíritu de oración, prudencia, obediencia, humildad, alegría y espíritu apostólico: virtudes que compendian la perfección cristiana.
"El desarrollo de lo que se suele llamar apostolado seglar es una manifestación particular de la vida cristiana de nuestros días. Sólo por el número ilimitado de los que pueden consagrarse a este apostolado, ¡qué amplios horizontes se abren a nuestra vista! Pero nos parece que no se saca bastante provecho de tan gigantesco movimiento. Las fuerzas no están todas encauzadas. Echando una mirada sobre la multitud de órdenes religiosas- tan grandiosamente concebidas para aquellos que pueden dejar el siglo -, se nota con triste asombro que entre dichas órdenes religiosas y las organizaciones juzgadas aptas para los seglares, hay un abismo. Por un lado, ¡qué empeño, qué precisión en sacar el máximo rendimiento! Por el otro, ¡qué provisión más rudimentaria y superficial! Ciertamente, se exigirá, al socio algún servicio, pero, en la generalidad de los casos, ese servicio se reduce a una ocupación pasajera durante la semana, y raras veces se aspira a nada más. No: es preciso concebir una idea más alta del servicio a favor de las almas. Peregrinos como somos en la tierra, este servicio ha de ser nuestro báculo y la médula de toda nuestra vida espiritual.
Las órdenes religiosas han de ser indudablemente quienes han de dar la pauta a los apóstoles seglares, y, en igualdad de circunstancias, se puede afirmar que tanto mejor actuará una organización cuanto más se conforme en su manera de ser al ideal de una orden religiosa. Pero aquí entra la dificultad de saber qué grado de disciplina se ha de imponer a los socios; pues si, por una parte, la disciplina favorece a la buena marcha de la organización, por otra existe siempre el peligro de que se lleve con excesivo rigor, disminuyendo así el atractivo que semejante organización debería tener. No hay que perder de vista que aquí se trata de una organización permanente de seglares, no de un equivalente a una orden religiosa, ni que con el tiempo pudiera transformarse en eso, como tantas veces ha ocurrido en la historia.
La finalidad es ésta, y no otra: reunir, en una organización eficaz, a personas que llevan una vida ordinaria- tal como se vive hoy día -, y a quienes hay que dejar margen para otros gustos y aficiones no estrictamente religiosas. Es menester hallar un reglamento que sea apto para la generalidad de aquellas personas a las que dicha organización está destinada. Esto y nada más, y, ciertamente, ni punto menos" (P.Miguel Creedon, primer director espiritual del Concilium Legionis Mariae).
3. EL SOCIO PERFECTO
Según el criterio de la Legión, es legionario perfecto el que cumple en todo fielmente con el reglamento, y no precisamente aquél cuyos esfuerzos se ven coronados por algún triunfo visible o endulzados por el consuelo. Cuanto más se adhiera uno al sistema legionario, tanto más se es socio de la Legión.
Se les exhorta a los directores espirituales y a los presidentes de los praesidia a que observen ellos y recuerden con frecuencia a los demás legionarios este concepto del verdadero socio, porque él constituye un ideal al alcance de todos- no así el feliz resultado ni el consuelo -; pues sólo estando bien compenetrados con él, podrán los legionarios sobrellevar con agrado la monotonía, la tarea ingrata, el fracaso real o imaginario, y tantos otros obstáculos que, de otra suerte, acabarían irremisiblemente con los más ilusionados comienzos del trabajo apostólico.
“El valor de nuestros servicios hacia la Compañía de María no ha de medirse -nótese bien- según la prominencia del puesto que ocupamos, sino por el grado de espíritu sobrenatural y celo mariano con que nos debemos a la labor que la obediencia nos haya señalado, por más humilde y escondida que sea” (Breve tratado de Mariología, Marianista).
4. DEBER PRIMORDIAL
El punto más saliente del reglamento legionario es la obligación rigurosísima que la Legión impone al socio de asistir a las juntas. Es el deber primordial por que la junta es la que da el ser a la Legión. Lo que la lente es para los rayos solares, eso es la junta para los socios: los recoge, los inflama, e ilumina todo cuanto se acerca a ella. Es el vinculo de unión: roto, o aflojado por falta de estima, los miembros se dispersan y la obra cae por tierra. Y a la inversa: la organización ganará en fuerza en la medida en que se respete la junta.
Lo que sigue fue escrito en los primeros tiempos de la Legión, y sigue expresando su sentir respecto de la organización en general y, en particular, de la junta como centro y foco de la misma. “En la organización, los individuos, sean cuales sean sus dotes personales, se asocian con los demás a modo de engranaje de una máquina, sacrificando gran parte de su independencia por el bien del conjunto. Con ello ganará la obra en centuplo: muchos individuos, que de otra suerte estarían ociosos o sin poder hacer nada, entran como actores positivos, y no cada cual según sus propios relativos alcances, sino en solidaridad con el fervor y energía aportado por los demás. Es grande la diferencia cuando se obra de esta forma: algo así como la que hay entre el carbón disperso, y ese mismo carbón puesto en el corazón ardiente del fogón”.
“Además, el cuerpo organizado goza de vida propia, bien definida y distinta de la de los individuos que lo componen; esta característica, al parecer, atrae más poderosamente que la misma belleza de las obras llevadas a cabo. La asociación establece una tradición, engendra lealtad, se hace acreedora al respeto y a la sumisión, y es fuente perenne de inspiración para todos los miembros. Hablad con los legionarios, y comprobaréis que se apoyan en la Legión como en la experiencia de una madre. Y con razón: saben que les guarda de todo peligro. Les preserva del celo indiscreto, de desanimarse con el fracaso o de engreírse con el feliz éxito, de titubear ante la incomprensión, de arredrarse cuando se ven solos y sin apoyo, y de atascarse en el arenal movedizo de la inexperiencia. Toma entre sus manos la buena intención del socio y, como si fuera materia informe, la elabora según normas fijas, asegurando su desarrollo y su continuidad" (P.Miguel Creedon, primer director espiritual del Concilium Legionis Mariae).
"La Compañía de María es con relación a nosotros, sus miembros, la extensión, la manifestación visible de María, nuestra celestial Madre; pues Ella es quien nos ha recibido en la Compañía como en su seno maternal, para amoldarnos a la semejanza de Jesús, y hacernos de este modo sus hijos privilegiados, a fin de señalarnos un campo de apostolado y así compartir con nosotros su misión de Corredentora de las almas. Para nosotros, pues, amar y servir a la Compañía es lo mismo que amar y servir a María" (Breve tratado de Mariología, Marianista).
5. JUNTA SEMANAL DEL PRAESIDIUM
En un ambiente saturado de espíritu sobrenatural- por la abundante oración, las prácticas piadosas, y la dulzura del amor fraterno- celebra el praesidium una junta semanal, donde a cada legionario se le asigna un trabajo concreto, y se reciben informes sobre el que ha realizado cada uno.
Esta junta semanal es el corazón de la Legión, de donde fluye su sangre para animar todas sus venas y arterias. Es la central donde se engendra su luz y energía, el depósito que abastece todas sus necesidades. Es, en fin, el gran acto de comunidad donde Alguien, fiel a su promesa, se coloca invisiblemente en medio de ellos; donde se derrama sobre cada uno la gracia particular necesaria para su trabajo. Allí es donde se imbuyen los socios del espíritu de disciplina religiosa, que tiende ante todo a agradar a Dios y a la santificación de uno mismo; luego se les anima a recurrir a la Legión como al medio más poderoso para conseguir ese doble fin, y, por último, se les compromete a ejecutar la obra señalada, aun a costa de sus gustos particulares.
Los legionarios considerarán, pues, su asistencia a la junta semanal de su respectivo praesidium como el primero y más sagrado deber para con la Legión. Nada puede sustituirla; sin ella, su trabajo será como un cuerpo sin alma. Y la razón, basada en la experiencia, nos dice que todo descuido en el cumplimiento de este deber primordial priva a las obras de su eficacia, y pronto acarrea deserciones en las filas de la Legión.
"A los que no militan bajo el estandarte de María se les puede aplicar las palabras de San Agustín: Bene curris, sed extravíam curris (corréis mucho, pero descaminados). ¿Adónde iréis a parar?" (Petitalot).
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FINES EXTERNOS DE LA LEGIÓN
1. FIN PRÓXIMO: LA OBRA ACTUAL
La Legión pone su principal empeño no en realizar una obra particular exterior, sino en la santificación interior de sus miembros. Para conseguirlo, cuenta en primer lugar con la asistencia regular a las juntas: de tal modo se intercala en cada junta la piedad y devoción, que toda ella queda impregnada de este espíritu. Pero, en segundo término la Legión busca el desarrollo de este espíritu en cada persona, por medio de las obras de apostolado. Lo quiere poner incandescente para que luego irradie su calor. Irradiar, en este caso, no es la simple utilización de las energías que se ejercitan; por una especie de automatismo eficaz afecta esencialmente al desarrollo de esas mismas energías: para perfeccionar el espíritu apostólico es preciso ejercitarlo.
Por esto impone la Legión a cada uno de sus miembros activos, como obligación esencial y apremiante, el cumplir todas las semanas un trabajo activo determinado, y en conformidad con lo señalado en la junta por el praesidium. Este trabajo debe realizarse como un acto de obediencia al mismo praesidium; éste -con las excepciones que se indicarán más tarde-, está autorizado para aprobar cualquier trabajo activo como suficiente para satisfacer la obligación semanal. Sin embargo, sería más conforme al espíritu y a las normas de la Legión que el trabajo semanal tendiera a remediar necesidades del momento, preferentemente las de mayor urgencia, proporcionando así un objetivo digno al celo esforzado que la Legión se afana por infundir en sus miembros. Una empresa mezquina producirá sobre este celo reacciones desfavorables: corazones prontos a darse generosamente por las almas, espíritus antes dispuestos a devolver a Cristo amor por amor, sacrificio y esfuerzo por sus trabajos y su muerte, terminarán por buscar asilo en la vulgaridad y la tibieza.
"Más le costó rehacerme que hacerme de la nada. Habló y todas las cosas fueron hechas. Mientras una sola palabra bastó para crearme, para hacerme de nuevo tuvo que hablar mucho, obrar grandes prodigios, sufrir indeciblemente" (San Bernardo).
2. EL FIN REMOTO Y MÁS ALTO: SER LEVADURA EN LA SOCIEDAD
Por importante que sea la obra que lleva entre manos, la Legión no la considera ni como el último ni como el principal fin de su apostolado: mira , más allá de las dos, tres o muchas horas semanales que invierta el legionario en su cometido, y contempla la irradiación permanente del fuego apostólico encendido en su hogar.
Una organización que logre comunicar tan gran ardor a sus miembros, tiene movilizada una fuerza inmensa. En ella, el espíritu apostólico es dueño absoluto de todo su pensar, hablar y actuar y en sus manifestaciones externas traspasa los límites de tiempo y lugar. Por ella, las personas más tímidas y, al parecer, menos aptas para luchar, adquieren una capacidad extraordinaria de influir en los demás, hasta el punto de que en cualquier circunstancia -y aun sin ejercer el apostolado conscientemente-, el pecado y la indiferencia se ven precisados a doblegarse como ante un poder superior. Esto lo enseña la experiencia de cada día. ¿Qué extraño, pues, que la Legión se llene de orgullo -como el general contemplando sus posiciones bien defendidas-, al echar su mirada sobre los hogares, comercios, talleres, escuelas, oficinas, y todo centro de trabajo o esparcimiento donde la Providencia le ha permitido colocar un buen legionario? Aún allí donde llega al colmo el escándalo y la irreligión -donde, por decirlo así, están atrincherados-, la presencia de esta Torre de David atajará el avance y desbaratará las fuerzas del mal. Nunca se harán las pases con la corrupción; siempre se esforzará por remediar la situación, a fuerza de sacrificio y súplicas; se combatirá sin tregua, denodadamente y, sin duda, con el triunfo final.
De esta forma, la Legión reúne primero a sus miembros, para que perseveren juntos con su Reina, animados de su mismo espíritu de oración; luego, los envía por los lugares del pecado y del dolor, para hacer el bien y animarse al mismo tiempo a mayores empresas; por último, tiende la vista por los caminos altos y bajos de la vida diaria, y sueña en una misión aún más gloriosa. Ella sabe bien lo que han podido hacer unos pocos legionarios y que son innumerables los que podrían alistarse en sus filas; y persuadida de que su organización, en manos de la Iglesia, provee a esta de un medio sorprendentemente eficaz para purificar un mundo pecador, anhela ver el día en que sus miembros sean tan numerosos que vengan a acreditar su nombre: Legión.
Entre los socios que trabajan activamente por la Legión, los que pertenecen al servicio auxiliar, y los que se benefician de la influencia de ambos, podría quedar abarcada una población entera, y pasar esta, de la rutina y el abandono, a que todos sus habitantes sean miembros vivos y entusiastas de la Iglesia. Imagínese lo que esto significaría para un pueblo o una ciudad: sus habitantes ya no estarían en la Iglesia pasivamente, como simples fieles; constituirían una gran fuerza dinámica, que haría sentir su influencia, directa o indirectamente- en virtud de la comunión de los santos -, hasta los confines de la tierra. Toda una población, organizada para Dios: ¡qué ideal más sublime! Pero no se crea que aquí soñamos con utopías: se trata de la cosa más práctica y realizable en el mundo hoy. ¡Si tan solo se alzaran los ojos y se extendieran los brazos....!
"Los seglares son verdaderamente una raza escogida, pertenecen a un sacerdocio sagrado, llamados también la sal de la tierra y la luz del mundo. Es ésta su vocación y misión específica: expresar el Evangelio en sus vidas y, por tanto, insertar el Evangelio en la realidad del mundo en el que viven y trabajan. Las grandes fuerzas que ensombrecen el mundo -política, medios de comunicación social, las ciencias, la tecnología, la cultura, la educación, la industria y el trabajo- son precisamente las áreas donde el seglar está capacitado específicamente para ejercer su misión. Si estas fuerzas están dirigidas por personas que sean verdaderos discípulos de Cristo y que al mismo tiempo sean totalmente competentes en el conocimiento y el tratamiento secular de las realidades actuales, entonces el mundo verdaderamente se transformará por el poder redentor de Cristo (Papa Juan Pablo II, Discurso en Limerick, Irlanda, octubre, 1979).
3. SOLIDARIDAD HUMANA
“Buscad primero el Reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33) es lo que absorbe a la Legión por completo; es decir: los trabajos encaminados directamente a salvar a las almas. Así y todo, a ella le han venido, por añadidura, otros bienes que no buscaba directamente; por ejemplo, su valor como factor social. La Legión es un tesoro nacional para cada país donde se halle, y redunda en beneficio espiritual de todos los ciudadanos.
El buen funcionamiento de la máquina social exige -como en cualquier otro mecanismo- que todas sus piezas se armonicen coordinadamente. Cada pieza -es decir, cada ciudadano en particular- ha de cumplir con toda fidelidad su cometido, y con el menor roce posible. Si cada individuo deja de rendir todo cuanto debe al servicio común, se malgastan las energías y se altera el equilibrio necesario, como si se desajustasen todos los dientes de la rueda. Reparar el daño es imposible, por la enorme dificultad que hay en descubrir el grado o el origen del mal; por eso, el único remedio es: o emplear más fuerza motriz, o lubricar a fuerza de dinero; y tal remedio no conduce sino al fracaso progresivo, porque disminuye la idea de servicio y cooperación espontánea. Hay sociedades tan fuertes que pueden seguir trabajando aún con la mitad de sus socios mal engranados, pero trabajan a costa de una terrible frustración y descontento. Se malgastan dinero y energías para mover piezas que deberían moverse sin esfuerzo alguno, y aún ser ellas mismas fuerza de renovación social. Resultado: confusión, desórdenes, crisis.
Nadie negará que esto es lo que pasa hoy aún en los estados mejor gobernados. El egoísmo es regla de vida para el individuo; el odio transforma la existencia de muchos en fuerza destructora; y cada día que pasa aporta nueva y más deslumbrante luz sobre esta verdad que se puede expresar propiamente así: "todo aquel que niegue a Dios y le es traidor, traiciona igualmente a todo cuanto hay debajo de Él, en el cielo y en la tierra" (Brian O¨Higgins). En tales condiciones, ¿a qué alturas podemos esperar que se eleve el Estado, si este no es más que la suma total de las vidas individuales? Si las naciones son un peligro y un tormento para si mismas, ¿qué ofrecerán al mundo entero, si no un contagio de su propio desorden?
Ahora bien: supóngase que en la sociedad penetra una fuerza que, difundiéndose como por contagio saludable, enarbole en todas partes y haga atractivo al individuo el ideal del hombre sacrificado, entregado a los demás, y de elevadas miras; ¡qué cambio no se efectuaría! Las llagas supurantes se cicatrizan; la vida se eleva a un nivel superior. Y supóngase más: que surgiera una nación en que la vida pública se ajustara también a tan sublimes normas, y ofreciera al mundo el espectáculo de un pueblo que cumple unánime con sus creencias católicas y que, en consecuencia, halla solución a sus problemas sociales; ¿qué duda cabe de que esa nación sería un faro luminoso para todas las demás? Acudirían todas a ella, para aprender de sus labios.
Indiscutiblemente, la Legión tiene poder para interesar vivamente a los seglares en su religión, y para comunicar a cuantos viven bajo su influencia un ardiente entusiasmo, con los siguientes frutos: les hace olvidar las diversiones, desigualdades y antagonismo de la sociedad, les anima con el deseo de amar y trabajar por todos los demás; por estar arraigado en sus principios religiosos, tal entusiasmo no es mero sentimiento, sino que disciplina al individuo, lo educa en la idea del deber, le estimula al sacrificio, y, sin envanecerle, le encumbra a la cima del heroísmo
¿Por qué? La razón está en el motivo: toda fuerza mana de una fuente. La Legión tiene un motivo apremiante para ese servicio de la comunidad: es que Jesús y María fueron ciudadanos de Nazaret. Amaban aquella ciudad y su patria con devoción religiosa; para los judíos, la fe y la patria se entrelazaban de tal manera que resultaban una sola y misma cosa. Jesús y María vivían a la perfección la vida común de su localidad. Cada casa y cada persona eran para ellos objeto del mayor interés. Sería imposible imaginarlos indiferentes o negligentes en nada.
Hoy su patria es el mundo; y cada lugar, su Nazaret. En una comunidad de bautizados ellos están más estrechamente ligados con el pueblo que lo estuvieron con sus parientes de sangre. Pero su amor tiene que expresarse ahora mediante el Cuerpo místico. Si, con este espíritu, se esfuerzan sus miembros por servir al lugar donde viven, Jesús y María vivirán entre los hombres, y no sólo haciendo el bien, sino también saneando el medio ambiente. Habrá mejoras materiales, los problemas disminuirán. De ninguna otra fuente saldrá más auténtica mejoría.
El cumplimiento del deber cristiano en cada localidad podría traducirse en un ejercicio de patriotismo en beneficio de toda la nación. Esta palabra, sin embargo, no es en realidad muy clara: ¿cómo se define el verdadero patriotismo? No existe en el mundo mapa ni modelo de él. Algo sugiere la entrega y el sacrificio personales que se desarrolla intensamente durante una guerra; pero toda guerra está motivada más por el odio que por el amor, y, además, va dirigida a la destrucción. De ahí que sea necesario poder contar con un ejemplo válido de patriotismo pacífico.
Tal ejemplo se da ya en el servicio espiritualizado de la comunidad que la Legión ha venido urgiendo bajo el título de Verdadera Devoción a la Nación. Este servicio espiritualizado no debe estar solo en su motivación básica, sino que él y todos los contactos que se realicen por él, deben tener como meta el fomento de la vida espiritual. Los esfuerzos que produjeran un avance sólo en el plano material, falsificarían totalmente la Verdadera Devoción a la Nación.
El cardenal Newman expresa perfectamente esta idea fundamental cuando dice que un progreso material no acompañado por su correspondiente manifestación moral, es mejor no tomarlo en cuenta. Se debe, pues, guardar un correcto equilibrio.
Hay sobre este tema un folleto que puede obtenerse del Concilium.
¡Pueblos de la tierra, mirad!: si tal es la Legión, ¿no os presenta ya en marcha un cuerpo de caballería idealista, con el mágico poder de hermanar a todos los hombres y llevarlos a grandes empresas en servicio de Dios? Este es un servicio que trasciende infinitamente el valor de aquel legendario Rey Arturo, el cual- como dice Tennyson- "en su Orden de la Tabla Redonda juntó la Caballería Andante de su reino y las de todos los reinos, compañía gloriosa, la flor y nata del género humano, para que sirviese de modelo a todo el mundo, y fuese aurora sonriente de una era nueva".
"La Iglesia es, a la par, agrupación visible y comunidad espiritual; avanza al mismo ritmo que toda la humanidad, y pasa por los mismos avatares terrenos que el mundo; viene a ser como el fermento y como el alma de la ciudad humana, que en Cristo se ha de renovar y transformar en la familia de Dios... El Concilio exhorta a los cristianos -ciudadanos de la ciudad terrena y de la ciudad celeste- a que cumplan fielmente sus deberes terrenos dentro de el espíritu del evangelio. Están lejos de la verdad quienes, sabiendo que nosotros no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura, piensan que por ello pueden descuidar sus deberes terrenos, no advirtiendo que precisamente por esa misma fe están más obligados a cumplirlos, según la vocación de cada uno” (GS 40-43).
“La respuesta práctica a esa necesidad y a esa obligación, subrayadas por el Decreto del Concilio, se encuentra en el movimiento legionario iniciado en 1960 y conocido con el nombre de Verdadera Devoción a la Nación. La dimensión del éxito ya conseguido es una clara garantía de lo mucho que se puede conseguir en el futuro. Pero insistamos: lo que la Legión tiene que ofrecer en el orden temporal no es ciencia, ni experiencia, ni métodos extraordinarios, y ni siquiera gran número de personas que presten servicios; sino el dinamismo espiritual que la ha hecho llegar a ser una auténtica fuerza mundial, con posibilidades de enfervorizar y entusiasmar a cualquier sector del Pueblo de Dios que sea capaz de percibir y emplear ese dinamismo. Pero la iniciativa debe venir de la Legión. Por más que rehuya todo apego a lo mundano, sin embargo, la Legión ha de preocuparse siempre del mundo en el sentido del texto del Concilio. Debe darse cuenta de que el hombre tiene que vivir entre cosas materiales y de que su salvación está ligada a ella en sumo grado" (P. Tomás O´Flynn, C.M., antiguo director espiritual del Concilium Legionis Mariae).
4. EN EMPRESAS IMPORTANTES POR DIOS
Esta nueva Caballería aparece precisamente en un tiempo de máximo peligro para la religión. En nuestros días, los antiguos ejércitos del paganismo o de la irreligión han sido reforzados con ateísmo militante; este ateísmo domina hoy el campo, y extiende su perniciosa influencia mediante una organización habilísima, que no parece sino que va a adueñarse del mundo entero.
¡Qué pequeña y modesta grey es la Legión, comparada con tan temibles huestes! Pero este mismo contraste le infunde a uno más valor. La Legión está compuesta de personas entregadas al mando de la Virgen Poderosísima. Además, atesora grandes principios, que sabe llevar a la práctica eficazmente. Es de esperar, pues, que Aquél, que es todopoderoso, hará por ella y mediante ella cosas grandes.
Las metas de la Legión de María y las de esa otra "legión"- que "rechaza a nuestro único soberano y Señor Jesús, el Mesías" (Jds 1,4)- son diametralmente opuestas: la de la Legión de María es llevar a Dios y a la religión a cada hombre en particular; la de las otras fuerzas, todo lo contrario. Parecen correr parejas la oposición de fines y la semejanza de métodos.
Más no se crea que la Legión de María fue concebida como una deliberada respuesta a esa otra legión, donde impera la falta de fe. No, las cosas sucedieron muy de otra manera; unas pocas personas se reunieron en torno a la Madre de Misericordia y le dijeron: ¡Guíanos! Y Ella guió sus pasos a un hospital inmenso, repleto de enfermos, afligidos y desgraciados habitantes de una gran ciudad, y les dijo: Ved en cada uno de éstos a mi querido Hijo, y lo mismo en todos los miembros de la humanidad; compartid conmigo mi oficio de Madre para con cada uno de ellos. Asidas de las manos de María, emprendieron aquellas primeras legionarias su sencilla tarea de servir. Y he aquí que ya son Legión, y están cumpliendo esos mismos actos de amor a Dios, y a los hombres por Dios, en todo el mundo, demostrando en todas partes el poder que tiene ese amor para conmover y ganar los corazones.
También aseguran amar y servir a la humanidad los sistemas materialistas: han predicado un evangelio de fraternidad, y, aunque sin verdadero fundamento, muchos han creído en él, y por él han desertado de la religión, a la que tenían por inútil; y, convencidos de que sus nuevos amos les querían más, se han encadenado a una serie de despotismos. Una vez cautivados, ahora no escatiman esfuerzos por lograr que todos los demás se le unan. Y, verdaderamente, parece haber triunfado. Pero la situación no es desesperada: queda un medio de reconquistar para la fe a esos millones de hombres decididos, y de resguardar a muchos millones más. Esta firme y alta esperanza tiene su raíz en la aplicación del gran principio que rige el mundo, y que el santo Cura de Ars expresó así: "El mundo es de aquel que más le ame y mejor le pruebe su amor".
Ahora bien: esos hombres no escucharán jamás la simple predicación de las verdades de la fe; pero no podrán menos de apreciar la fe verdadera, y se conmoverán ante ella, si la ven encarnada en un amor heroico para con todos los hombres. Convencedles, por tanto, de que la Iglesia es quien más les ama, y les veréis volver la espalda a los que ahora les tiranizan; y, superando todas las dificultades y amenazas, abrazarán de nuevo la fe, y por ella darán hasta su propia sangre.
Ningún amor vulgar es capaz de tan grandes conquistas. Ni tampoco lo conseguirá un catolicismo mediocre, que apenas logre mantenerse a flote. Sólo lo alcanzará un catolicismo que ame de todo corazón a Jesucristo, su Señor, y, después, trate de verle y amarle en todos los hombres, de cualquier clase y condición. Esta soberana caridad de Cristo ha de llevarse a la práctica tan universalmente, que quienes la contemplen, se vean forzados a admitir que ella constituye un rasgo esencial de la Iglesia católica, y no algo excepcional de unos cuantos miembros escogidos. Para esto es preciso que dicha caridad resplandezca en la vida del común de los fieles.
Querer que la familia católica, toda entera se inflame en tan sublime anhelo, ¿es acaso pedir un imposible? Empresa más que hercúlea, por cierto. Es un problema de tan vastos horizontes, y son tan formidables las fuerzas enemigas que dominan la tierra, que es para desanimar al corazón más valiente. Pero no, María es el corazón de la Legión, y este corazón es fe y amor inefable. Con este convencimiento, la Legión fija sus ojos en el mundo, y de inmediato nace una ardiente esperanza: el mundo es de aquel que más le ame; y, volviéndose a su excelsa Reina, le implora como en un principio: ¡Guíanos!
"La Legión de María y sus fuerzas oponentes- secularismo e irreligión- se enfrentan la una contra la otra. Estas fuerzas mantenidas mediante una propaganda constante a través de la prensa, televisión, video, han traído consigo el aborto, el divorcio, la utilización de anticonceptivos, drogas y todas y cada una de las formas de indecencia y brutalidad en el corazón de los hogares. La simplicidad e inocencia de todo recién nacido queda sin defensa ante estas influencias devastadoras.
Sólo una movilización total del pueblo católico podrá resistir tal dominio. Para este fin, la Legión de María posee un mecanismo perfecto, y eso lo admiten hasta sus enemigos. Pero todo mecanismo de por sí, es inútil si no tiene la conveniente fuerza motriz. Aquí la fuerza está en la espiritualidad legionaria, en un sumo aprecio del Espíritu Santo y de una plena confianza en Él, en la verdadera devoción a su esposa, la santísima Virgen María y en alimentarse con el Pan de Vida, la Eucaristía.
Cuando entran en conflicto estas dos fuerzas, la Legión y el materialismo militante, éste es capaz de perseguir y hasta de matar; pero no podrá con el espíritu de la Legión. Los legionarios soportan hasta el martirio, y mantienen vivas las llamas de la libertad y de la religión, y al fin triunfan" (P.Aedan McGrath, S.S.C.)
13
ADMISION DE SOCIOS
1. La Legión de María admite a todos los católicos que:
a) practiquen fielmente su religión;
b) estén animados del deseo de ejercer el apostolado seglar en las obras de la Legión;
c) estén dispuestos a cumplir con todos y cada uno de los deberes inherentes a la calidad de socio de la misma.
2. Las personas deseosas de pertenecer a la Legión de María deberán solicitar incorporarse a un praesidium.
3. Los candidatos menores de 18 años solo pueden ser recibidos en los praesidia juveniles (véase el cápitulo 36).
4. Nadie será admitido como candidato de la Legión de María, sino después de que el presidente del praesidium- en el que ha solicitado la admisión- se haya persuadido, tras cuidadosa investigación, de que dicha persona reúne las condiciones requeridas.
5. Antes de ser alistado en las filas legionarias, el candidato tendrá que pasar satisfactoriamente una prueba de tres meses mínimum; pero, durante este tiempo, y ya desde un principio -, podrá participar plenamente en las obras de la Legión.
6. A cada candidato se le dará un ejemplar de la téssera.
7. La incorporación plena se realiza mediante la promesa legionaria y con la inscripción del nombre del candidato en la lista de socios del praesidium. La fórmula de dicha promesa está consignada en el capítulo 15, y redactada de modo que se facilite su lectura.
Su eminencia monseñor Montini, después Papa Pablo VI, escribiendo en nombre de S.S. Pío XII, dice: "Esta promesa apostólica y mariana ha fortalecido a los legionarios en su lucha cristiana por todo el mundo, en particular a aquellos que están sufriendo persecución por la fe".
Su eminencia el cardenal León José Suenens ha escrito un comentario sobre la promesa bajo el título Teología del Apostolado, publicado en varias lenguas. Esta obra de inestimable valor debe estar en las manos de todo legionario. Igualmente, haría bien en leerla todo católico consciente de su responsabilidad, porque contiene una admirable exposición de los principios que rigen el apostolado cristiano.
a) Terminado satisfactoriamente- a juicio de la autoridad competente- el período de prueba, se notificará al candidato su admisión, por lo menos, con una semana de antelación; y, durante esta semana, el socio se familiarizará con el texto y el sentido de la promesa, para que al hacerla, la pueda leer expeditamente, conociendo bien lo que promete y prometiéndolo con sinceridad.
b) En la junta ordinaria del praesidium señalada para la admisión, rezada la catena, y estando todavía en pie todos los socios, se colocará el vexillum cerca del candidato, y éste tomando en su zquierda un ejemplar de la fórmula de la promesa, la leerá en voz alta, pronunciando su propio nombre en el lugar indicado; y, al empezar el tercer párrafo, pondrá la mano derecha sobre el asta del vexillum hasta terminar la lectura. Concluída ésta, si está presente el director espiritual, dará su bendición al nuevo legionario, y se anotará su nombre en el registro de socios.
c) A continuación, los miembros vuelven a sentarse, escuchan la allocutio, y la junta sigue su curso normal.
d) Si para dicha fecha no poseyera el praesidium un vexillum, el candidato tendrá en la mano un cuadro representativo del mismo. Puede servir la téssera.
8. Una vez juzgado apto, el candidato deberá hacer la promesa legionaria, sin dilación alguna. Podrían hacerla varios simultáneamente, pero no es de desear; pues una ceremonia como ésta, si participan muchos reviste para cada uno menos solemnidad que si se hace individualmente.
9. Para personas de temperamento muy sensible, la promesa así emitida podrá resultar una verdadera prueba; así y todo, son ellas quizás quienes más la aprovecharán, pues constituirá un acto más emotivo y serio, que imprimirá y sellará profundamente todo el porvenir de dichos legionarios.
10. La obligación de dar buena acogida a los candidatos, de instruirlos en sus deberes, y de alentarlos durante la prueba y después, incumbe de modo particular al vicepresidente; pero deberán cooperar todos.
11. i un candidato, por cualquier motivo, no quiere hacer la promesa puede prolongársele el período de prueba por otros tres meses, y el praesidium tiene el derecho de retardar la promesa hasta asegurarse de la aptitud del candidato. Es también justo que el candidato tenga tiempo suficiente para llegar a una decisión. Pero, al terminar ese período adicional, el candidato tiene que hacer la promesa- sin restricciones mentales- o dejar el praesidium.
Si un miembro una vez hecha la promesa llega luego a estar disconforme con ella en su interior, tiene la obligación moral de abandonar la Legión.
La prueba y la promesa son la puerta de entrada en la Legión. Esa puerta debe ser custodiada con diligencia, para impedir que entren elementos no aptos, que rebajen las normas y empobrezcan el espíritu.
12. El director espiritual no tiene obligación de hacer la promesa; pero puede hacerla, y esto sería para el praesidium un gozo y un honor.
13. La fórmula de la promesa tiene que reservarse para su fin propio. No se usará como acto de consagración en el acies, ni en otras ocasiones. Pero los legionarios pueden usarla a su gusto, en su devoción personal.
14. En el praesidium, hay que mirar las ausencias con el grado justo de tolerancia que merezcan las circunstancias. No se borren con ligereza nombres de la lista de socios, y sobre todo cuando es por causa de enfermedad, aunque esta se presente como muy prolongada. Si algún miembro no ha querido continuar siendo socio, y su nombre ha sido borrado de la lista, y posteriormente pretende ingresar de nuevo, es necesario que pase por otra prueba y vuelva a hacer la promesa.
15. Para los fines propios de la Legión -y solamente para estos fines-, los socios se llamarán mutuamente hermano y hermana, según el caso.
16. Los socios podrán agruparse constituyendo praesidia de hombres, de mujeres, de chicos, de chicas, o mixtos, según las conveniencias, y con aprobación de la curia correspondiente.
Conviene anotar que la Legión empezó como organización femenina y sólo transcurridos ocho años se estableció el primer praesidium de hombres. No obstante, la Legión ofrece una base de organización igualmente apropiada para éstos últimos, y, de hecho, hay praesidia masculinos y mixtos en gran número. El primer praesidium de América, Africa y China estuvo formado por hombres.
Aunque la mujer tenga, por ese motivo, un puesto de honor en la Legión, en todo el texto de este manual se usará el género masculino para designar a los legionarios de uno y otro sexo. Así se acostumbra en toda legislación. Además evita la monótona distinción de pronombres y terminaciones.
“La Iglesia ha nacido con este fin: propagar el reino de Cristo en toda la tierra para gloria de Dios Padre, y hacer así a todos los hombres partícipes de la redención salvadora, y por medio de ellos ordenar realmente todo el universo hacia Cristo. Toda la actividad del Cuerpo místico dirigida a este fin recibe el nombre de apostolado, que la Iglesia ejerce por obra de todos sus miembros, aunque de diversas maneras. La vocación cristiana es, por su misma naturales, vocación también al apostolado. Así como en el conjunto de un cuerpo vivo no hay miembros que se comporten de forma meramente pasiva, de igual manera en el Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, todo el cuerpo crece gracias a la actividad propia de cada uno de sus miembros (Ef.4,16). No sólo esto. Es tan estrecha la conexión y solidaridad de los miembros en este Cuerpo, que el miembro que no contribuye según su propia capacidad al crecimiento del cuerpo debe ser considerado como inútil para la Iglesia y para sí mismo" (AA, 2).
14
EL PRAESIDIUM
1. La unidad orgánica de la Legión de María se llama praesidium.
Esta voz latina designaba un destacamento de la Legión romana a que se señalaba cierto cometido especial; por ejemplo, un sector de la línea de combate, una plaza fuerte, una guarnición. Es, pues, un término que cabe aplicar con propiedad a una rama de la Legión de María.
2 Cada praesidium adopta por nombre un título de la Virgen: por ejemplo: "Nuestra Señora de la Misericordia"; o, también, alguno de sus privilegios: por ejemplo, "La Inmaculada Concepción"; o finalmente, algún misterio de su vida: por ejemplo, "La Visitación".
¡Feliz el obispo que , en cada ciudad de su diócesis, tuviera praesidia en tanto número, que lleguen a formar -por decirlo así- una letanía mariana viviente!
3. El praesidium tiene autoridad sobre todos sus miembros y facultad para regular las actividades legionarias de los mismos. Ellos, por su parte, obedecerán lealmente todas sus órdenes legítimas.
4. Cada praesidium debe afiliarse al Concilium Legionis -o Consejo Supremo- o directamente o mediante algún Consejo intermedio autorizado, como se dirá después. Sin cumplir este requisito no se puede considerar como praesidium de la Legión. Por lo tanto, no se fundará ningún praesidium sin permiso expreso de la curia correspondiente o- a falta de una curia cercana- del consejo superior inmediato, o -en última instancia- del Concilium. Todo praesidium dependerá, pues, directamente de tales órganos de gobierno.
5. No se establecerá ningún praesidium en una parroquia sin consentimiento del cura párroco o del ordinario; y a uno o a otro se invitará para que presida la inauguración.
6. El praesidium tendrá junta regularmente cada semana, siguiendo el procedimiento detallado en el capítulo titulado "Orden de la junta del praesidium".
Esta regla es absolutamente invariable. Contra ella se objetará insistiendo sobre las dificultades que, por varias razones -de suyo muy valederas- ofrece la junta semanal y se dirá que una junta quincenal o mensual vendría a servir lo mismo.
A lo cual decimos que la Legión no puede en manera alguna permitir otra cosa que la junta semanal, ni a ninguno de sus consejos otorga el derecho de variar esta regla. Si sólo se tratara en la junta de organizar el trabajo activo, bastaría tal vez tenerla cada mes, aunque sería insuficiente si, según el reglamento, se ha de hacer un trabajo determinado cada semana. Pero uno de los fines esenciales de la junta legionaria es orar en común todas las semanas, y esto, evidentemente, no puede ser sino adhiriéndose estrictamente a la regla de la junta semanal.
Reunirse todas las semanas sin fallar, impondrá tal vez algún sacrificio; pero, si la Legión no puede pedir esto confiadamente a sus miembros, ¿dónde apoyará toda su eficacia?.
7. Todo praesidium tendrá como director espiritual a un sacerdote. Igualmente tendrá presidente, vicepresidente, secretario y tesorero.
Estos cuatro serán oficiales del praesidium, y los representantes de éste en la curia. Sus respectivos deberes quedan especificados en el capítulo 34, pero su deber primordial es cumplir con la obligación del trabajo semanal, y también que sean ejemplo para los demás socios.
8. Los oficiales informarán a su propio praesidium de lo sucedido en cada junta de la curia, para así mantenerlo en contacto con la misma.
9. El director espiritual será nombrado por el párroco o por el Ordinario, y ocupará el cargo con la libre aquiescencia de quienes le nombraron.
Un mismo director espiritual podrá encargarse de la dirección espiritual de varios praesidia.
Si el director espiritual no puede asistir en persona a las juntas del praesidium, podrá designar a otro sacerdote o religioso que lo sustituya, o, en especiales circunstancias, a un legionario cualificado, que será llamado tribuno.
Aunque el director espiritual deberá estar al tanto de las juntas no es esencial para la validez de las mismas que asista a ellas.
El director espiritual pertenece a la categoría de oficial del praesidium; apoyará toda autoridad legionaria legítimamente constituida.
10. En lo que toca a cuestiones religiosas o morales tratadas en las juntas del praesidium, tendrá siempre el director espiritual la última palabra, y además el derecho de suspender todas las gestiones del praesidium hasta obtener el fallo definitivo del cura párroco o del Ordinario.
"Este derecho es un arma necesaria, pero -como toda arma- hay que usarla con gran discernimiento y precaución, para que no venga a ser instrumento de destrucción, en vez de defensa. En toda asociación bien constituida y acertadamente dirigida nunca será menester echar mano de ella" (Civardi, Manual de Acción Católica).
11. Fuera del director espiritual, los demás dirigentes del praesidium serán nombrados por la curia de la Legión. Sólo en el caso de que no exista curia, los dirigentes serán nombrados por la directiva superior inmediata.
No es la junta el lugar más indicado para aquilatar y discutir los méritos de los candidatos a futuros dirigentes, y, menos estando presentes ellos. Por eso, cuando ocurre alguna vacante, la costumbre es: el presidente de la curia, para acertar mejor con la persona más apta, se informa cuidadosamente, sobre todo preguntando al director espiritual del praesidium interesado; y luego propone a la curia el nombre del candidato; y la curia, si le parece bien, proceda al nombramiento.
12. Todo nombramiento de oficiales, excepto el del director espiritual, será para un término de tres años, pudiendo renovarse para otro término de igual duración; es decir, para un máximo total de seis años. Al vencer el tiempo del cargo, dicho oficial no debe seguir ejerciéndolo.
El traslado de un oficial a otro cargo -o al mismo cargo en otra parte- se considerará como nuevo nombramiento.
Después de un intervalo de tres años, un oficial puede volver a ocupar el mismo cargo dentro del mismo praesidium.
Sí, por cualquier motivo, un oficial no termina los tres años completos, en la fecha en que cesa de ejercer el cargo se le considerará como si hubiera cumplido los tres años señalados. Y luego se aplica la regla ordinaria que gobierna la renovación de cargos, a saber a) si se trata del primer trienio, dicho oficial, durante el periodo que le falta para terminar el trienio, puede ser nombrado -o elegido, en el caso de un consejo- para un segundo trienio en ese mismo cargo; y b) si se trata del segundo trienio, hay que dejar pasar un periodo de tres años, a contar desde el cese en el cargo, antes de nombrarle- para ese mismo cargo.
"La cuestión de la duración de los cargos ha de resolverse a base del principio general. Tratándose de cualquier organización -particularmente en el caso de organizaciones religiosas voluntarias -, no se debe perder de vista que algunos de sus centros -y aun todos ellos- corren grandísimo peligro de estacionarse; porque es propio del hombre enfriarse en sus entusiasmos, dejarse llevar paulatinamente por la rutina, y aferrarse a métodos tradicionales, mientras que los males a los que hay que hacer frente están cambiando continuamente.
Este proceso de empeoramiento acaba en obras estériles, y en la indiferencia; y la organización ya no atrae a nuevos miembros, ni es capaz de retener a los socios mejores, y no tarda en sobrevenir un estado de letargo. En la Legión hay que guardarse de esto a toda costa. En todos y cada uno de sus consejos y praesidia es preciso asegurarse de que el entusiasmo brote siempre fresco, empezando por los oficiales -que son como las fuentes naturales del celo-, para que esas fuentes conserven todo el ímpetu de su fervor originario; y eso se consigue renovándolos, cambiándolos. Si fallan los dirigentes, todo se marchita; si se apaga en ellos el fuego del entusiasmo, se enfriará todo el cuerpo, del que deben ser el alma. Y lo que es peor fácilmente se acomodarán los miembros a ese estado de inercia, y entonces el remedio no podrá venir sino de fuera.
Teóricamente se podría tal vez pensar que el remedio estaría en una regla que ordenase simplemente una renovación periódica de los cargos. En la práctica, sin embargo, esto no resultaría eficaz; porque ni los mismos centros de administración se apercibirían del lento proceso sedimentario que se estaba efectuando, y una y otra vez reelegirían automáticamente a los mismos oficiales.
Por lo tanto el único medio que parece seguro es el de cambiar a los oficiales sin atender a sus méritos ni a cualquier otra circunstancia. La práctica de las órdenes religiosas sugiere el modelo que ha adoptado la Legión: un límite del periodo de cargo a seis años, con la condición de que cumplidos los tres primeros años es necesario hacer una renovación"
(Decisión de la Legión limitando la duración de los cargos).
13. Decía Napoleón: "No hay malos soldados, sólo hay malos oficiales". Frase fuerte que quiere decir que los soldados serán lo que hagan de ellos sus oficiales. Tampoco los legionarios pretenderán situarse por encima del nivel de espíritu y trabajo establecido por sus propios oficiales. Por consiguiente, estos deben ser de lo mejor que haya. Si al trabajador se le ha de considerar digno de su salario, al legionario se le ha de considerar ciertamente digno de un buen mando.
De una serie de nombramientos acertados cabe esperar, con razón, el progresivo y constante mejoramiento del espíritu del praesidium; pues cada uno de los oficiales, además de cuidar celosamente de que no se menoscabe el espíritu ya adquirido, contribuirá personalmente al fortalecimiento de la vida del praesidium.
14. En particular, el nombramiento del presidente requiere la máxima consideración. Un paso mal dado aquí podría arruinar al praesidium. Hay que hacer este nombramiento sólo después de haber considerado a todos los candidatos disponibles a la luz de las exigencias detalladas más tarde en el artículo 34, sección 2, sobre el presidente.
Cualquier persona que no cumpla plenamente con todas esas condiciones tiene que ser descartada, por valiosa que sea en otros aspectos.
15. Para la más conveniente reorganización de un praesidium decadente, empiece la curia por cambiar al presidente, a no ser que haya fuertes razones en contra. En casi todos los casos, la decadencia de un praesidium se debe a la negligencia o a la escasa capacidad del presidente para dirigirlo.
16. Durante la prueba ningún legionario podrá ejercer un cargo en un praesidium de adultos, si no es con carácter provisional. Si este cargo no le ha sido retirado durante el periodo de prueba, al terminar ésta queda confirmado en el cargo, y el tiempo que ha venido ejerciéndolo se cuenta como parte del trienio mencionado.
17. Ningún socio dejará un praesidium para entrar en otro sin el consentimiento del presidente del primero, y la nueva admisión se hará conforme a la constitución y las reglas sobre la recepción de un nuevo socio, exceptuando la prueba y la promesa, que no se le exigirán. Dicho consentimiento, cuando se solicita, no debe ser negado sin razones suficientes. En este punto existe el derecho de apelar a la curia.
18. El presidente del praesidium, después de consultarlo con los demás oficiales, tendrá facultad para suspender a cualquier miembro del praesidium por cualquier motivo que ellos consideren ser suficiente; y no tendrán obligación de informar al praesidium sobre tal medida.
19. La curia está autorizada para expulsar o suspender a cualquier miembro de un praesidium, salvo el derecho de apelación a la autoridad superior inmediata, cuya decisión será definitiva.
20. En toda polémica que se origine sobre la distribución del trabajo entre varios praesidia, fallará la curia.
21. Es deber esencial del praesidium crear y mantener en derredor suyo un buen número de auxiliares.
Piénsese en un regimiento de soldados bien dirigidos, valientes, perfectamente disciplinados y equipados: ¿acaso no son fuerzas irresistibles? Y, sin embargo, ellos solo no son más que una fuerza efímera. Día tras día dependen de una ingente multitud de operarios que les provee de municiones, víveres, ropas y asistencia médica. Retiradles esas provisiones y veréis lo que queda de ese magnífico ejercito al cabo de algunas horas de combate.
Lo que estos suministradores son para el ejército, eso son los auxiliares respecto del praesidium. Ellos forman parte integral de la organización. Sin ellos el praesidium es incompleto.
El método adecuado de mantener relaciones con los auxiliares es el contacto personal; no bastan cartas circulares para cumplir tan importante deber.
22. Un ejército garantiza permanentemente su porvenir fundando academias militares. De igual modo, cada praesidium debe contemplar la fundación y dirección de un praesidium juvenil como algo esencial a su propio ser. El praesidium juvenil tendrá como oficiales a dos legionarios adultos. Es preciso escogerlos con cuidado, porque la formación de socios juveniles exige ciertas cualidades que no poseen todos los legionarios adultos. Su trabajo en la formación de los jóvenes será considerado como una labor a cumplir correspondiente al praesidium de adultos. Éstos podrán representar al praesidium juvenil en la curia de adultos, o en la curia juvenil si existe.
Los otros dos cargos del praesidium juvenil deberán ser desempeñados por socios juveniles; esto les proporcionará muy buena ocasión para formarse en la conciencia del deber. Ellos serán también representantes de su praesidium en la curia juvenil.
Los socios juveniles no serán miembros de una curia de adultos.
“Múltiples son los rayos del sol, pero la luz es una; muchas las ramas de un árbol, pero uno es el tronco, fuertemente sostenido por raíces inconmovibles" (San Cipriano, De Unitate Ecclésiae).
15
LA PROMESA LEGIONARIA
Santísimo Espíritu, yo (nombre del candidato),
queriendo en este día ser alistado como legionario de María,
y reconociendo que por mí mismo no puedo prestar un servicio digno,
te ruego desciendas sobre mí y me llenes de Ti mismo,
para que mis pobres actos los sostenga tu poder,
y venga a ser instrumento de tus poderosos designios.
Reconozco también que Tú, que viniste a regenerar el mundo en Jesucristo,
No quisiste hacerlo sino a través de María;
Que sin Ella no podemos conocerte ni amarte,
Y que por Ella son concedidos tus dones, virtudes y gracias, a quienes Ella quiere, cuando Ella quiere,en la medida y de la manera que Ella quiere;
Y me doy cuenta de que el secreto de un perfecto servicio Legionario consiste en la completa unión con Aquella que está tan íntimamente unida a ti.
Por tanto, tomando en mi mano el estandarte de la Legión,
que trata de poner ante nuestros ojos estas verdades,
Me presento delante de Ti como soldado suyo e hijo suyo,
Y como tal me declaro totalmente dependiente de Ella.
Ella es la Madre de mi alma.
Su corazón y el mío son uno;
Y desde ese único corazón vuelve Ella a decir lo que dijo entonces:
"He aquí la esclava del Señor"
Y otra vez vienes Tú por medio de Ella para hacer grandes cosas.
Cúbrame tu poder, y ven a mi alma con fuego y amor,
Y hazla una con el amor de María y la voluntad de María de salvar al mundo;
Para que yo sea puro en Aquella que por ti fue hecha inmaculada;
Para que por Ti crezca en mí también mi Señor Jesucristo;
Para que yo con Ella, su Madre, pueda ofrecerle al mundo
y a las almas que le necesitan;
Para que, ganada la batalla, esas almas y yo podamos reinar con Ella eternamente en la gloria de la Santísima Trinidad.
Confiado en que en este día quieras Tu recibirme por tal y servirte
de mí y convertir mi debilidad en fortaleza,
Tomo mi puesto en las filas de la Legión y me atrevo a
prometer ser fiel en mi servicio.
Me someteré por completo a su disciplina,
Que me une a mis hermanos legionarios
Y hace de nosotros un ejército,
Y mantiene nuestras filas, en nuestro caminar con María,
Para ejecutar tu voluntad, para obrar tus milagros de gracia
Que renovarán la faz de la tierra,
Y establecerán, Santísimo Espíritu, tu reinado sobre los seres todos.
En el nombre del Padre y del Hijo
y del Espíritu Santo. Amén.
"Se ha especificado que la promesa legionaria está dirigida al Espíritu Santo, a quien, por lo común, los fieles honran muy poco, pero a quien los legionarios necesitan amar entrañablemente, porque su obra- la santificación propia y la de los demás miembros del Cuerpo místico de Cristo- depende del poder y de la acción del Espíritu Santo; todo lo cual requiere una unión muy íntima con Él.
Para esta unión son esenciales dos condiciones: prestar oído atento y continuo a las inspiraciones del Divino Espíritu y ser devotísimo de la Virgen, con la cual obra Él inseparablemente. Es probable que por falta de esa segunda condición, más que por no cumplir la primera, hemos llegado a tener poca devoción, por lo general, al Espíritu Santo, a pesar de lo mucho que se ha escrito y predicado sobre este tema. Los legionarios son ciertamente, muy devotos de María, su Reina y su Madre; pero, si a esto añaden una devoción más acendrada y mejor definida al Espíritu Santo, entrarán de lleno en plan divino, según el cual ha sido menester la unión del Espíritu Santo con María para la obra regeneradora del mundo; y, en consecuencia, verán coronados sus esfuerzos con mayor eficacia y mayores éxitos.
Las primeras oraciones dichas por los legionarios como tales, fueron la invocación y la oración al Espíritu Santo, seguidas inmediatamente del santo rosario. Desde aquella primera junta, todas se han iniciado con las mismas preces. De modo que lo más acertado es poner bajo tan santos auspicios la ceremonia que incorpora al legionario en las filas de la Legión. Es volver en espíritu al día de Pentecostés, cuando la gracia del apostolado fue otorgada por el Espíritu Santo mediante María. El legionario que busca al Espíritu Santo por medio de María recibirá de Él copiosísimos dones, y, entre estos, el de amarla con un amor realmente excepcional.
Además de lo dicho, la fórmula concebida para la promesa es conforme a la devoción que caracteriza a la Legión, tal como queda representada en su estandarte: la Paloma cerniéndose sobre la Legión y sus obras, hechas en favor de las almas por medio de María" (Extracto del acta de la junta 88 del Concilium Legionis).
Esta cita no forma parte de la promesa legionaria.
16
GRADOS ADICIONALES
DE LOS SOCIOS
Además del grado ordinario de socio activo reconoce la Legión otros dos grados: los pretorianos y los auxiliares.
1. LOS PRETORIANOS
El pretoriano* es un grado superior entre los socios activos, y comprende a los que, además de las obligaciones comunes del socio activo se compromete: 1). a rezar diariamente todas las preces incluidas en téssera de la Legión; 2).a oír misa y comulgar todos los días. El temor de no poder oír misa y comulgar todos los días rigurosamente, sin faltar nunca, no es razón para desistir del empeño en tomar sobre sí el grado de pretoriano; pues nadie puede estar seguro de cumplir con tanto rigor. Todo aquel que, por regla general, no falte más que una o dos veces a la semana puede inscribirse sin temor; 3). El rezo diario de un oficio aprobado por la Iglesia, especialmente el Oficio Divino o parte importante del mismo, por ejemplo, laudes y vísperas. Se ha aprobado un breviario más corto que contiene estas horas con el Oficio de la Lectura.
A veces se propone reemplazar o alternar el oficio con la meditación, pero eso no estaría en conformidad con el servicio pretoriano: unir al legionario a los actos solemnes y oficiales del Cuerpo místico. El trabajo activo del legionario es una participación en el apostolado oficial de la Iglesia. El pretoriano trata de entrar más profundamente todavía en la vida comunitaria de la Iglesia, y, por lo tanto, hay que imponerle la obligación de la misa y la sagrada comunión, por ser éstos los actos litúrgicos centrales de la Iglesia, que renuevan diariamente la acción cristiana por excelencia.
En la liturgia viene en segundo término el oficio, la voz comunitaria de la Iglesia, en la que resuena la oración de Cristo. En cualquier oficio construido a base de los salmos, empleamos oraciones inspiradas por el Espíritu Santo, y nos acercamos a aquella voz eclesial que tiene que ser oída por el Padre. Por esto se prescribe el oficio- y no la meditación- como condición esencial de todo miembro pretoriano.
"Conforme se desarrolla en nosotros la gracia- dijo a sus legionarios el arzobispo Leen -, nuestro amor ha de expresarse en formas nuevas". El rezo de todo el oficio divino sería, para los que están en condiciones de hacerlo, muestra de esta expansión de amor.
Pero téngase en cuenta lo siguiente:
a) El socio pretoriano no se distingue de los demás socios activos más que en grado; no constituye una unidad orgánica por separado. Por lo tanto, no deberán fundarse praesidia especiales para los pretorianos.
b) El grado pretoriano ha de considerarse como un contrato privado de cada legionario, nada más.
c) Cuando se trata de ganar socios para este grado, está prohibido recurrir a medios que impliquen la más mínima coacción moral. Y aunque se pueda y se deba exhortar frecuentemente a los legionarios a emprender el servicio pretoriano, no se tomarán ni mencionarán los nombres en público.
d) El legionario se hace pretoriano mediante la inscripción de su nombre en un registro particular.
e) Los directores espirituales y presidentes procurarán aumentar el número de sus pretorianos; pero, a la vez, mantendrán relaciones con los ya existentes, para cerciorarse de que siguen fieles a sus obligaciones.
Si el director espiritual tuviera a bien permitir la inscripción de su nombre en el registro pretoriano, realzaría su calidad de legionario, estrecharía los vínculos que le unen con su praesidium, y su ejemplo repercutiría favorablemente sobre el desarrollo numérico de los pretorianos.
La Legión cifra grandes esperanzas en el grado de pretoriano, porque conducirá a muchos legionarios a una vida de más íntima unión con Dios por medio de la oración; significará la incorporación en el organismo de la Legión de un corazón nuevo, todo henchido de vida sobrenatural; a ese corazón acudirán los socios en creciente número para renovarse en él; en fin, ese corazón enriquecerá la circulación espiritual de la asociación, llenándola más y más de confianza en la oración para el éxito de todas sus obras, y dándole la firme persuasión de que el perfeccionamiento cristiano de sus miembros es su principal y verdadero destino.
"Tenéis que crecer, ya lo sé, es vuestro destino; es una imposición del nombre católico; es la prerrogativa de la herencia apostólica. Pero ¿extensión material sin la correspondiente manifestación moral? Infunde casi horror sólo pensar en su posibilidad" (Cardenal Newman, Posición actual de los católicos).
2. SOCIOS AUXILIARES
En calidad de socios auxiliares pueden ingresar sacerdotes, religiosos y seglares. Son aquellos que no pueden o no quieren asumir los deberes del socio activo, pero se asocian a la Legión emprendiendo en su nombre un servicio de oración.
Los auxiliares se dividen en dos grados:
a) el primario, cuyos miembros serán llamados simplemente auxiliares;
b) el grado superior, cuyos miembros serán llamados más propiamente adjutores Legionis o, sencillamente, adjutores.
Para los socios auxiliares no hay límite de edad.
No es necesario que se ofrezca este servicio directamente en beneficio de la Legión; bastará con que se ofrezca en honor de la santísima Virgen. Se podría pensar, con eso, que la Legión no recibe nada de este servicio, ni tampoco desea recibir nada que hiciera un mayor bien en cualquier otra parte. Más, al ser éste un servicio legionario, es probable que eso incline a la Reina de la Legión a atender las necesidades de la propia Legión.
Se recomienda con especial interés, sin embargo, que este y cualquier otro servicio legionario sea ofrecido a nuestra señora como un don sin reservas, para que Ella lo reparta según su voluntad. Así se elevaría el don a un nivel más alto de generosidad, y su valor se incrementaría notablemente. Y, a fin de tener siempre este objetivo, convendría valerse diariamente de alguna fórmula de ofrecimiento, como la siguiente: "María Inmaculada, Medianera de todas las gracias, pongo a tu disposición todas mis oraciones, obras y sufrimientos".
Estas dos clases de socios auxiliares son para la Legión lo que las alas para el ave; ampliamente extendidas por su gran número de auxiliares y batiéndolas poderosamente al impulso rítmico de la fidelidad en sus oraciones, la Legión podrá remontar el vuelo hasta las regiones encumbradas del ideal y del esfuerzo sobrenaturales. Volará donde quiera con raudo vuelo, y no habrá montaña, por alta que sea, que impida su paso. Pero, si estas alas se pliegan, la Legión se irá deslizando por los suelos lenta y penosamente, y el menor obstáculo bastará para detenerla.
GRADO PRIMARIO: LOS AUXILIARES
Este grado, llamado de auxiliares, es el ala izquierda del ejército suplicante de la Legión. Su servicio consiste en rezar diariamente las oraciones contenidas en la tessera, a saber: la invocación y la oración al Espíritu Santo; cinco misterios del rosario y las innovaciones que le siguen; la catena; y, por último las oraciones finales. Se puede repartir este rezo a lo largo del día según la conveniencia de cada cual.
Aquellos que ya recen el rosario diariamente- por cualquier intención que sea -, pueden hacerse socios auxiliares sin obligación de añadir otro rosario.
“El que ora socorre a todas las almas. Socorre a sus hermanos mediante el magnetismo salvador y poderoso de un alma que cree, que conoce y que ama. Cumple el precepto de San Pablo: ofrece oraciones, súplicas y acciones de gracias en nombre de todos los hombres: lo primero que recomienda es que se hagan al Espíritu Santo súplicas y oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres (Ef.6,18). Si deja uno de vigilar, de insistir, de esforzarse, de mantenerse firme, ¿no parece como que todo va a resquebrajarse, que el mundo entero va a sucumbir de nuevo, y que los hermanos van a sentirse con menos energía y apoyo? Verdaderamente, así es. Cada uno de nosotros, en su propia medida ayuda a sostener el peso del mundo, y aquellos que dejen de trabajar y vigilar sobrecargarán a los demás" (Gratry, las fuentes).
GRADO SUPERIOR: LOS ADJUTORES
Son el ala derecha de la Legión (suplicante). Se compone de aquellos que : a) además de cumplir los requisitos del grado primario, b) se comprometen a oír misa y comulgar diariamente y a rezar cada día alguna forma de oficio aprobado por la Iglesia.
Ver lo que se dice en el capítulo de socio pretoriano sobre el valor indudable del oficio litúrgico.
Los adjutores son -respecto de los auxiliares- lo que los pretorianos son en relación con los socios activos ordinarios. Los deberes complementarios son los mismos.
El no cumplir una o dos veces por semana las condiciones prescritas no se considera falta grave en los deberes de este grado superior.
No se exige un oficio a los religiosos no obligados a él por su regla. Hay que procurar llevar al socio auxiliar ordinario hasta el grado de adjutor, por las muchas ventajas que esta norma de vida ofrece. Lo que se dice de los pretorianos sobre la unión del legionario con la oración de la Iglesia y sobre el valor indudable de un oficio, se aplica igualmente a los adjutores.
La Legión hace un llamamiento especial a los sacerdotes y religiosos, para que se hagan adjutores. La Legión desea ardientemente asociarse con estas personas consagradas, llamadas particularmente a llevar vida de oración y de íntima unión con Dios, y que constituyen- dentro de la Iglesia- una prodigiosa fuente de energía espiritual. La maquinaria de la Legión se moverá con fuerza irresistible cuando se vea conectada de un modo eficaz con esta inapreciable fuente de energía.
Un poco de reflexión hará ver lo poco que añadiría este grado legionario a las obligaciones que ya tienen: solo la catena, la oración final de la téssera, y algunas invocaciones; cuestión de unos minutos cada día. Pero, gracias a este vínculo con la Legión, podrán llegar a ser la fuerza motriz de la propia Legión.
Recordemos la célebre frase de Arquímedes: "Dadme una palanca y un punto de apoyo, y levantaré el mundo". Unidos a la Legión los adjutores hallarán en ella ese fundamental punto de apoyo en que colocar la larga palanca de sus fervorosas oraciones, para hacerlas todopoderosas, capaces de consolar a las almas agobiadas del mundo entero, y de resolver los enormes problemas que les afligen.
“En el Cenáculo, donde la Iglesia fue formada definitivamente por la venida del Espíritu Santo, María empieza a ejercer de una manera visible -en medio de los apóstoles y discípulos reunidos- un oficio que después continuará de modo más íntimo y secreto: el de unir los corazones en la oración y vivificar las almas por los merecimientos de su intercesión todopoderosa: todos ellos se dedicaban a la oración en común junto con algunas mujeres, y María la madre de Jesús y sus parientes (Hch 1, 14)" (Mura, El Cuerpo místico de Cristo).
OBSERVACIONES GENERALES QUE AFECTAN A AMBOS GRADOS DE SOCIOS AUXILIARES
a) Servicio de complemento. La Legión suplica a los socios de ambos grados del servicio auxiliar que consideren sus deberes reglamentarios no como el máximo, sino como el mínimo de su servicio legionario; complétenlo con noble generosidad, ejercitándose a este mismo fin en otras prácticas de devoción y en las buenas obras.
A los adjutores sacerdotes les suplicamos que tengan un “memento” especial en todas las misas por las intenciones de María y de la Legión, y también, que ofrezcan el santo sacrificio de vez en cuando por esas mismas intenciones. A los no sacerdotes les exhortamos a que hagan celebrar también de vez en cuando alguna misa por esta misma intención, aunque les cueste un pequeño sacrificio.
Por generoso que se muestre el socio auxiliar para con la Legión, ésta le devuelve el ciento, el mil, el millón por uno. En esto lo mismo que al socio activo: les revela las grandezas de María, los alista en el servicio de tan excelsa Reina, les ayuda a profesar a María un verdadero amor; ventajas todas tan inmensas, que decir "el millón por uno" es quedarnos cortos en ponderar la ganancia. La Legión eleva la vida espiritual de sus socios a un plano superior, y de este modo les asegura un aumento de bienes eternos.
b) ¿Quién pude negar a María una ofrenda como esta?
Además, Ella, que es la Reina de la Legión, es igualmente la Reina del mundo y de todo lo que el mundo encierra; por consiguiente, dárselo todo a María es darlo todo allí donde la necesidad es más apremiante, donde nuestra oración tendrá la máxima eficacia.
c) Al administrar el caudal puesto así en sus manos, María Inmaculada tendrá muy en cuenta las necesidades de nuestra vida diaria, con nuestros deberes y obligaciones. Puede que surja esta pregunta: "Ah, ya quisiera yo ser socio de la Legión; pero ¿qué me queda por ofrecer como auxiliar, si se lo he dado todo a la Virgen con entrega absoluta y desinteresada o lo he ofrecido todo por almas del purgatorio, o por las misiones? A eso contestamos que sería muy bueno para la Legión contar con personas tan desinteresadas: esa ansiedad por ayudar a la Legión es ya una oración especial en su favor; es una prueba de gran pureza de intención; y una interpelación irresistible a la generosidad sin límites a Aquella que ha sido constituida administradora de los tesoros divinos. Así, pues, les aseguramos a dichas personas, que si se hacen miembros de la Legión, María corresponderá con creces, y premiará esta nueva intención sin permitir en manera alguna que se frustren las anteriores. Pues tan hábilmente actúa esta prodigiosa Reina y Madre nuestra que, después de valerse de nuestra ofrenda para socorrer a otros copiosamente, nos hace a nosotros más ricos que nunca.
Es que la intervención de María es la consecuencia de un trabajo extraordinario. Se ha producido una maravillosa multiplicación, lo que San Luis María de Montfort llama "un secreto de gracia"; y lo describe así: "al pasar nuestras buenas obras por las manos de María, reciben un aumento de pureza y, por consiguiente, de mérito y valor satisfactorio e impetratorio; y gracias a eso, resultan más poderosas para aliviar a las almas del purgatorio y para convertir a los pecadores, que si no hubiesen pasado por tan inmaculadas y generosas manos".
Todos necesitamos esta admirable transacción, por la cual se nos retira cuanto poseemos, se coloca a un interés muy alto, se invierte en obras provechosas y, por fin, se nos devuelve con creces. Y esta es la operación vital que se efectúa por la entrega a María de un servicio auxiliar fielmente cumplido.
d) Se diría que la Legión ha heredado de María una porción de su don de atraer irresistiblemente los corazones, como fruto de su permanente contacto con personas afligidas. Y, así, los legionarios no tendrán comúnmente dificultad en alistar a sus amistades en este servicio auxiliar, tan esencial a la Legión, y tan lleno de beneficios para los mismos auxiliares, con el que participan en todas las oraciones y buenas obras de la propia Legión.
e) Se ha descubierto que este servicio auxiliar tiene tan poderosos atractivos como el servicio activo. Personas que no habían pensado antes en rezar cada día el rosario, ahora cumplen con todo lo prescrito para el socio auxiliar: el rosario y todas las oraciones de la téssera. Muchas personas residentes en hospicios y otras instituciones, sumidas en el desaliento, al incorporarse a la Legión han recuperado la ilusión de vivir; y una multitud de gentes sencillas, cuyo modo de vida conduce tan fácilmente a la monotonía, y aun a la rutina en la práctica de su religión, han tomado conciencia de que, siendo auxiliares, son de importancia real en la Iglesia; es más: han tomado la Legión como cosa suya, y leen con avidez cualquier escrito sobre ella que venga a caer en sus manos. sienten que toman parte en las luchas que sostiene la Legión por el Reino de Cristo, aun en las tierras más lejanas, y se dan cuenta de que sus oraciones le están dando fuerza para pelear. Los hechos sobre nobles y emocionantes hazañas realizadas en diferentes lugares a favor de las almas, llenan sus vidas monótonas con los recuerdos de esos lejanos momentos. Aun las almas más altas requieren algún estímulo parecido a éste.
f) Todo praesidium debe aspirar a reclutar a todos los católicos del contorno para el servicio auxiliar. Si se lograra, ¡qué bien abonado quedaría el terreno para la implantación de otras empresas del apostolado legionario! Las visitas hechas con este fin serán en general bien acogidas y fructíferas, y puede esperarse una respuesta muy positiva a las mismas.
g) En la medida en que los miembros de otras asociaciones y actividades católicas sean incorporados a este servicio auxiliar, esas actividades quedan integradas para formar una unión muy de desear: una unión de súplicas, simpatía, ideales, bajo la bendición de María, pero sin comprometer en lo más mínimo su autonomía o rasgos característicos, y sin privar de sus oraciones a las asociaciones a que pertenecen. Porque conviene insistir en que estas oraciones del servicio auxiliar no se ofrecen por la Legión, sino por las intenciones de la santísima Virgen.
h) Un no católico no podrá ser miembro auxiliar ordinario. Pero, cuando se encuentra el caso- que a veces ocurre- de una persona no católica dispuesta a rezar diariamente todas las oraciones legionarias, hay que darle una téssera y animarla en su generosa empresa. Se hará una anotación especial de su nombre, para mantener comunicación con ella. No hay duda de que nuestra Señora estará atenta a sus necesidades.
i) Conviene recordar a los auxiliares que su servicio es en apoyo de todas las almas, sin limitarse a las necesidades locales. Hay que hacerles ver que, aunque no estén en el frente, están desempeñando una función esencial: algo así como los fabricantes de municiones y los servicios de abastecimiento, sin los cuales las fuerzas combatientes no podrían hacer nada.
j) Los auxiliares no deben ser admitidos con demasiada facilidad. Antes de su inscripción definitiva habrán de familiarizarse con sus obligaciones, y dar suficientes garantías de que serán fieles en cumplirlas.
k) Se deben revelar a los auxiliares algunos aspectos del trabajo de la Legión: primero, para intensificar su interés en el servicio que han emprendido, lograr que lo cumplan cada día mejor y asegurar su perseverancia; y segundo, para inducirles a que se hagan miembros adjutores o activos.
l) Si se quiere mantener a los auxiliares siempre fieles e interesados por la Legión, es preciso estar continuamente en relación con ellos; admirable tarea para algunos legionarios, cuyo ideal debería ser una superación progresiva de los mismos.
m) Hay que descubrir a los auxiliares los grandes beneficios de que gozarían si entrasen en la Cofradía del Santísimo Rosario; haciéndoles ver que, como ellos ya cumplen más que de sobra- mediante su afiliación legionaria- con lo prescrito por esta cofradía, no les resta sino inscribirse en ella formalmente, y dar a bendecir el rosario a un sacerdote debidamente facultado.
n) Asímismo, con la mirada puesta en la formación completa de estos auxiliares de María, es necesario siquiera explicarles la "Verdadera Devoción" como consagración total a María.
Muchos de ellos se alegrarán tal vez de emprender este servicio más perfecto a María, el cual implica la entrega de sus tesoros espirituales a Aquélla a quien Dios ha constituido ya su propia Tesorera. Lo pueden hacer sin recelos, ya que las intenciones de María son los intereses del Sagrado Corazón. Estas intenciones abarcan todas las necesidades de la Iglesia, cubren el apostolado en todo su ámbito, se extienden al mundo entero, y también, aprovechan a las almas detenidas en el purgatorio. Preocuparse por las intenciones de María es tener solicitud por todas las necesidades del Cuerpo místico de Jesús, pues Ella no es hoy Madre menos solícita que en los días de Nazaret. Conformándose a su voluntad, uno va directamente a las más alta meta: la Voluntad de Dios. En cambio, yendo cada uno por su propio camino, habrá mil vueltas y rodeos, y, ¿acaso se llegará así hasta el fin?
Y, por si alguien cree que sólo personas muy espirituales son capaces de poner en práctica esta devoción, es importante hacer saber que San Luis María de Montfort hablaba del rosario, de la devoción a María y de la santa esclavitud de amor, a almas que apenas habían roto las cadenas del pecado, y cuyas inteligencias había que iluminar con las primeras nociones del catecismo.
o) Es deseable- y hasta necesario- establecer entre los auxiliares alguna forma de organización, con sus reuniones o asambleas propias.
Una población que quedara prendida en semejante red, quedaría imbuida de los ideales de apostolado y piedad de la Legión, de modo que pronto se la vería poner en práctica estos ideales de una manera incluso revolucionaria.
p) Una cofradía formada a base de socios auxiliares de la Legión no tendría menos valor que otra cofradía cualquiera; y, además tendría la ventaja de ser la Legión con toda la fuerza de su carácter y su ardor. Las reuniones periódicas de dicha cofradía mantendrían a los socios en contacto con el espíritu y las necesidades de la Legión, asegurando el fiel cumplimiento de sus obligaciones como auxiliares.
q) Se debería procurar que todo auxiliar se haga patricio: ambos grados se complementan mutuamente. La reunión patricia hará las veces de la reunión periódica recomendada para los auxiliares. Los mantendrá en contacto con la Legión y los irá formando sólida y progresivamente, en cosas importantes. Por otra parte, si se logra que los patricios se hagan auxiliares, darán así un paso adelante y siempre ascendente.
r) No se debe emplear a los socios auxiliares para la labor activa ordinaria de la Legión, aunque esto, a primera vista, parezca muy atrayente: pues, ¿acaso no es bueno estimular a los auxiliares a empresas mayores? Más, por poco que se reflexione, se verá a que se reduciría ese proceder: a querer hacer la obra de la Legión sin junta legionaria; en otros términos: a prescindir de la condición esencial para ser socio activo.
s) Donde se juzgue conveniente o posible, los auxiliares podrán tomar parte en el acies. Es una ceremonia muy alentadora para ellos, y buena ocasión para que se relacionen con los socios activos. Los auxiliares que se sientan con ánimo para pronunciar el acto de consagración auxiliar, lo harán a continuación de los legionarios activos.
t) La invocación que han de decir los auxiliares al rezar la téssera es: "María Inmaculada Medianera de todas las gracias, ruega por nosotros".
u) El llamamiento que hace la Legión al socio activo de "estar siempre de servicio a favor de las almas", está dirigido también al auxiliar. El auxiliar, lo mismo que el socio activo no debe escatimar esfuerzo alguno en el afán de conseguir a otros para el servicio de la Legión, hasta que la Catena Legionis sea la cadena de oro de la oración, que engarce a todos los fieles del mundo entero.
v) A menudo se reciben peticiones para que se modifiquen o se abrevien las oraciones del servicio auxiliar en favor de los ciegos, los analfabetos o los niños. Prescindiendo de que una obligación, cuanto menos específica, más tiende a perder su vigor, resulta que es imposible regular semejante concesión: eso llevaría a no negar esa exención- pues no habría razones para negarla- a personas menos analfabetas, menos cortas de vista, o a las que se dicen muy ocupadas; y por ese camino, y con el tiempo, la excepción vendría a ser la regla.
¡No! La Legión se ve obligada a insistir en la observancia de las normas establecidas. Si el reglamento traspasa los límites de algunas personas, éstas no podrán ser auxiliares, pero si podrán prestar un servicio inestimable a la Legión rezando por ella a su modo; y hay que animarlas a que lo hagan.
w) Está permitido cobrar al socio auxiliar el costo de la téssera y del certificado de inscripción; por lo demás, no se les asignará ninguna cuota por pertenecer a la Legión como auxiliar.
x) Cada praesidium tendrá en su poder un registro de socios auxiliares, en dos secciones- para los adjutores y para los simples auxiliares; con sus nombres y direcciones. Este registro se someterá periódicamente a la inspección de la curia o a sus visitadores autorizados, los cuales comprobarán atentamente si está al día, si hay entusiasmo en el reclutamiento de nuevos socios, y si de vez en cuando se visita a los auxiliares para recordarles sus obligaciones. (ef. Lc 9,62)
y) Queda efectuado el alistamiento en el momento de poner el nombre del auxiliar en el registro de auxiliares de cualquier praesidium. El encargado del registro es el vicepresidente.
z) Los nombres de los aspirantes al grado auxiliar se pondrán en una lista provisional hasta transcurrir tres meses de prueba; y el praesidium se asegurará bien de la fidelidad de los candidatos, antes de inscribirlos en el registro.
“¿Qué no dará nuestro buen Jesús en recompensa a los que le entregamos heroica y desinteresadamente, por manos de su Santísima Madre, todo el valor de nuestras buenas obras? Si da el ciento por uno, aun en este mundo, a quienes por amor suyo dejan los bienes externos, que son temporales y perecederos, ¿qué será ese céntuplo cuando el hombre sacrifica hasta sus bienes internos y espirituales?" (San Luis María de Montfort).
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NUESTROS LEGIONARIOS DIFUNTOS
La campaña ha tocado a su término. He aquí un legionario muerto noblemente. Por fin llegó la hora de ser confirmado en el servicio: por toda la eternidad será legionario, porque la Legión es quien le ha forjado su eterno destino, ha sido el núcleo y el molde de su vida espiritual. Es más: en su larga y dificultosa travesía por este mundo siempre encontró seguridad y fuerza en esa súplica unánime que diariamente brotaba de los labios fervorosos de los legionarios, activos y auxiliares, pidiendo que, tras la lucha de esta vida, se vuelva a juntar la Legión, sin faltar uno solo, en el Reino de la Paz. ¡Qué consuelo para los legionarios todos, para él y para nosotros! Pero, por un momento, dolor también: la dolorosa pérdida de un amigo y de un hermano; y, por tanto la necesidad de orar para que ese legionario difunto se vea sin dilación liberado de las penas del purgatorio.
Al morir cualquier socio activo, el praesidium hará que se celebre una misa por su alma lo antes posible, y todos los socios del praesidium rezarán las oraciones completas de la Legión -Incluso el santo rosario-, una vez al menos por la misma intención. No se dan estas obligaciones cuando muere algún pariente de uno de los socios. Todos los legionarios que puedan -y no solamente los del praesidium a que pertenecía el finado- deberían participar en la misa de Réquiem y acompañar el féretro hasta la sepultura.
Durante el entierro, y después de las oraciones litúrgicas de la Iglesia, se aconseja el rezo del rosario y demás preces de la Legión: tan piadosa práctica, al par que aprovecha al difunto, derramará un bálsamo de consuelo sobre los afligidos corazones de los parientes, de los mismos legionarios y de todos los amigos allí presentes.
Es de esperar que se dirán estas mismas oraciones más de una vez junto al cadáver, al ser éste amortajado, y durante su estancia en la capilla ardiente.
Pero ni aun ahí debe darse por terminada la obligación para con el legionario difunto. Cada año, en el mes de noviembre, todos los praesidia harán celebrar la Eucaristía por todos los legionarios muertos en el mundo entero. En esta oración litúrgica -como siempre que se reza por los legionarios en general- quedan comprendidos todos los socios, tanto activos como auxiliares.
"El Purgatorio está bajo el cetro de María, porque allí también hay hijos suyos en trance de agudísimo dolor, esperando nacer a aquella vida gloriosa que jamás tendrá fin.
San Vicente Ferrer, San Bernardino de Siena, Luis de Blois, y varios otros, proclaman explícitamente que María es Reina del Purgatorio; y San Luis Ma. De Montfort nos urge a pensar y obrar conforme a esta creencia; quiere que pongamos en manos de María el valor de nuestras oraciones y reparaciones, y, a cambio, nos promete que esas almas, que nos son tan queridas, obtendrán mayor y más pronto alivio que si les aplicáramos nuestras oraciones directamente" (Lhoumeau, La vida espiritual según la escuela de San Luis María de Montfort).
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ORDEN DE LA JUNTA DEL PRAESIDIUM
1. La disposición de la junta ha de ser siempre uniforme. Los socios estarán sentados alrededor de una mesa, en un extremo de la cual se habrá colocado sobre un paño blanco, lo suficientemente grande, un pequeño altar. El altar consistirá en una imagen de la Inmaculada de la Medalla Milagrosa- en la actitud de Dispensadora de las Gracias- de unos 60 centímetros de altura, colocada entre dos floreros y dos candeleros con velas encendidas. Delante de la imagen, y un poco a la derecha, se pondrá el vexillum, descrito en el capítulo 27.
En este manual se hallarán láminas con la disposición del altar y del vexillum. (véase pag. 91?)
Puesto que se trata de representar a la Reina en medio de sus soldados, el altar no debe estar separado de la mesa de la junta, ni fuera del círculo que forman los socios reunidos.
El amor de hijos para con nuestra Madre celestial requiere que todo el altar y las flores sean de la mejor calidad. Los candeleros y floreros serán, a ser posible, de plata: no es un gasto que haya de repetirse, y quizá pueda obtenerse gracias a algún bienhechor. Uno de los legionarios tomará como un honor el guardar, tanto el vexillum como los floreros y los candeleros, limpios, resplandecientes y provistos de flores y velas costeadas por el praesidium. Si resulta del todo imposible obtener flores naturales, se permite utilizar flores artificiales, pero con hojas de alguna planta para que esté presente la naturaleza viva.
En aquellos climas donde sea preciso proteger del viento la llama, se podría poner alrededor de la parte superior de las velas una especie de lamparilla o un pequeño globo de cristal transparente.
En el paño se podrán bordar las palabras "Legio Mariae", pero no el nombre del praesidium: importa hacer destacar los puntos de unidad, no los de distinción.
"Efectivamente, la mediación de María está íntimamente unida a su maternidad y posee un carácter específicamente materno, que la distingue del de las demás criaturas que de un modo diverso y siempre subordinado, participan de la única mediación de Cristo, siendo también la suya una mediación compartida. En efecto, "jamás podrá compararse criatura alguna con el Verbo encarnado y Redentor", al mismo tiempo "la única mediación del redentor no excluye, sino que suscita en las criaturas diversas clases de
ooperación, compartida de la única fuente"; y así "la bondad de Dios se difunde distintas maneras sobre las criaturas" (RMat, 38).
2. Puntualmente, a la hora señalada, estarán los socios en sus puestos y se dará comienzo a la junta. Empezar a la hora en punto es cosa muy necesaria para el buen funcionamiento del praesidium. Para ello, los oficiales tienen el deber de llegar un poco antes: lo suficiente para tener listo el altar y el local de la junta.
Ninguna junta de praesidium comenzará jamás sin tener previamente un programa escrito de los asuntos que se van a tratar; este programa se llamará "cartilla de trabajo". estará preparada la cartilla antes de cada junta, y de ella se servirá el presidente para dirigir ordenadamente la junta. En la cartilla quedarán consignadas, con todo detalle, las diversas obras que el praesidium esté efectuando, y frente a cada trabajo pondrá los nombres de los socios encargados del mismo. No es necesario que se siga siempre, en todas las juntas, el mismo orden de materias; pero si hay que citar a todos los socios que aparezcan en la lista, pidiendo a cada uno un informe, aunque estén trabajando en grupos de dos o más.
Antes de la conclusión de la junta hay que asegurarse de que a cada socio se le asigne algún trabajo para la semana entrante.
El presidente debe tener un libro encuadernado donde preparará la cartilla de cada semana.
“El idealismo, por fervoroso y absorbente que sea, nunca ha de legitimar un sentimentalismo vago y poco práctico. Como hemos indicado ya el genio de San Ignacio se basaba en saber explotar con diligencia y método las energías espirituales. El vapor es inútil, y hasta molesto, mientras no tengamos un émbolo y un pistón con que emplearlo. ¡cuánto desperdicio de fervor espiritual, sin el examen particular y sin encauzarlo a aplicaciones prácticas! Unos cuantos litros de gasolina mal aprovechado son capaces de hacer estallar un auto; bien aprovechada esa misma gasolina hará subir el auto hasta la cima de un monte" (Mons.Alfredo O´Rahilly, Vida del Padre Guillermo Doyle).
3. Se inicia la junta rezando la invocación y la oración al Espíritu Santo, fuente de esa Gracia, de esa Vida, de ese Amor, del que nos gozamos en considerar a María como el acueducto.
"Desde que concibió en su seno al Hijo de Dios, María estuvo dotada -por decirlo así- de cierta autoridad y jurisdicción sobre todo proceder temporal del Espíritu Santo, de tal suerte que no hay gracia alguna recibida de Dios por la criatura, que no sea por mediación de Ella... Todos los dones y las virtudes y las gracias de este Espíritu las administra Ella a quien quiere, cuando quiere, y en la medida y forma que Ella quiere" (San Bernardino, Sermón sobre la Natividad).
{Nota: la parte final de la cita precedente se encuentra también casi con idénticas palabras, en los escritos de San Alberto Magno (Biblia Mariana, Liber Esther, 1), que vivió 200 años antes de San Bernardin}..
4.A continuación se rezan cinco misterios del rosario, iniciando el director espiritual el primero, tercero y quinto, y los demás socios el segundo y cuarto. Todos rezarán en voz alta, pues es una oración pública, y lo harán con la misma gravedad y respeto que si, en lugar de su efigie, estuviera la Reina allí mismo en persona.
Puesto que el rosario desempeña -como norma y como recomendación- un papel tan importante en la vida de los legionarios, exhortamos a todos encarecidamente a que se inscriban en la cofradía del santísimo rosario (véase apéndice 7).
El Papa Pablo VI insiste en que se conserve el rosario. Es pura oración. Su contenido es bíblico. Es un resumen de la historia de la salvación, y muestra a María en las principales etapas de esa historia.
“Entre las diversas maneras de rezar no hay otra más excelente que el rosario. Concentra en si todo el culto que se debe a María. Es el remedio para todos nuestros males, la raíz de todas nuestras bendiciones” (León XIII)
“De todas las oraciones el rosario es la más bella y la más rica en gracias; es, entre todas ellas, la más grata a María, la Virgen Santísima. Por consiguiente, amad el rosario y rezadlo cada día con devoción. Este es el testamento que os dejo para que, por él, os acordéis de mi” (San Pío X).
“Para los cristianos, el primero de los libros es el evangelio, y el rosario es un compendio del evangelio” (Lacordaire).
“Es imposible que no se oigan las oraciones del muchos, si esas numerosas oraciones no forman más que una sola oración” (Santo Tomás de Aquino, In Mat., XVIII).
5.Después del rosario sigue inmediatamente la lectura espiritual. La hará el director espiritual, o, en su ausencia, el presidente. La duración de la lectura no pasará de unos cinco minutos. La selección de la lectura es libre, pero se recomienda encarecidamente que se lea el Manual, por lo menos durante los primeros años de existencia del praesidium, a fin de que los socios se familiaricen con el contenido de este Manual, y para estimularlos a hacer de él un estudio serio.
Es costumbre que, al concluir la lectura, los socios hagan todos juntos la señal de la Cruz.
"María es digna de bendición por el hecho de haber sido para Jesús madre según la carne ("¡Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te criaron!"), pero también y sobre todo porque ya en el instante de la anunciación ha acogido la palabra de Dios, porque ha creído, porque fue obediente a Dios, porque "guardaba" la palabra y "la conservaba cuidadosamente en su corazón" (cf.Lc1, 38.45; 2,19.51) y la cumplía totalmente en su vida. Podemos afirmar, por lo tanto, que el elogio pronunciado por Jesús no se contrapone, a pesar de las apariencias, al formulado por la mujer desconocida, sino que viene a coincidir con ella en la persona de esta madre- virgen, que se ha llamado solamente "esclava del Señor" (Lc. 1,38)”
6. Se lee el acta de la junta anterior, y si la aprueban los presentes, la firma el presidente. El acta tendrá una extensión media, es decir, no ha de ser demasiado extensa ni demasiado breve. Las actas irán debidamente numeradas.
La importancia del acta aparece subrayada al tratar de los deberes del secretario. Aquí conviene advertir que, por ser el acta el primer asunto de que se trata en la junta ordinaria, ocupa -digámoslo así- una posición estratégica, pues tanto el contenido de la misma como el modo de leerla ejercen sobre todas las cuestiones posteriores una influencia decisiva, que puede ser saludable o funesta.
Las actas bien hechas tienen la fuerza del buen ejemplo, y las actas mal hechas la del mal ejemplo. Y aunque estén bien redactadas, si no se leen como es debido, podemos calificarlas de mal hechas. También aquí el ejemplo influye hasta tal punto en la atención y en el modo de informar de los socios que, muchas veces, de la calidad de las actas dependerá el éxito feliz o el fracaso de la junta, la cual, a su vez, marcará la pauta al trabajo exterior.
El secretario tendrá todo esto muy presente durante la labor callada de redacción de las actas, y el praesidium, mirando por su propio bien, las escuchará con atención para darles o no el visto bueno.
"Sería ciertamente gran vergüenza si en este punto se cumpliesen las palabras de Cristo: los que pertenecen a este mundo son más sagaces que los que pertenecen a la luz "( Lc 16,8). Fijémonos, ¡con qué diligencia miran por sus intereses, cuántas veces sacan el balance de sus cuentas, qué precisión ponen en escribirlas, cómo lamentan sus pérdidas y se las componen para resarcirse de ellas!" (Papa San Pío X)
7. Las ordenanzas fijas. Las damos a continuación, y deben figurar en la cartilla de trabajo- o en otra parte, pero siempre de modo que no se pasen por alto, llegado el momento de leerlas -, para que, en la primera junta de cada mes, las lea en voz alta el presidente, inmediatamente después de firmar el acta:
Ordenanzas fijas
"El deber legionario exige de cada socio:
1. La asistencia puntual y regular a la junta semanal del praesidium
donde se presentará en voz clara un informe suficiente sobre el trabajo realizados;
2. El rezo diario de la catena;
3. La ejecución de un trabajo legionario activo y sólido, hecho con
espíritu de fe y en unión con María, en forma tal que, en las personas por quienes trabaja y en sus propios compañeros, María vea y sirva de nuevo a la Persona de nuestro Señor;
4. Absoluto respeto por el carácter confidencial de muchos asuntos
tratados en la junta o conocidos en el ejercicio del trabajo
legionario”.
“Por mediación mía, María desea amar a Jesús en los corazones de todos aquellos que logre yo encender en amor con mis trabajos apostólicos y con mi oración perseverante. Si me identifico enteramente con Él, Ella me inundará de sus gracias y de su amor tan copiosamente, que vendré a ser como un caudaloso río desbordándose para inundar a otras almas. Mediante mi proceder, María podrá amar a Jesús y llenarle de gozo, sirviéndose, no solo de este corazón mío, sino también de todos los corazones que están unidos con él." (De Jaegher, La virtud de la confianza).
Esta cita no forma parte de las ordenanzas.
8. Estado de cuentas del tesorero. El tesorero presentará el estado de cuentas de la semana transcurrida, dando a conocer los ingresos y gastos del praesidium, y el saldo total.
"A veces se pierden las almas por falta de dinero, es decir, por falta de participación mas completa en el apostolado" (Mellet, Cssp.).
9. Informes de los socios. Mientras estén entregando sus informes, los miembros permanecerán sentados; los darán de viva voz, pero podrán servirse de apuntes.
El praesidium no considerará la no ejecución del deber legionario como un asunto sin trascendencia. Si los socios no han podido realmente llevar a cabo la labor señalada, deben, si es posible, dar alguna explicación. Si no se explica la causa, el no informar crea la impresión de que ha habido abandono, y se convierte en mal ejemplo para los demás socios.
Por otra parte, si los legionarios trabajan con seriedad, pocas veces surgirá la necesidad de excusarse; y felizmente, porque, en un ambiente de excusas, todo celo y toda disciplina languidecen y perecen.
El informe no ha de dirigirse sólo al presidente. Debe tenerse en cuenta este proceso mental: cuando una persona se dirige a otra individualmente, automáticamente adapta la voz a la distancia precisa, nada más. Esto significaría que las palabras dirigidas al presidente serían oídas con dificultad por las personas más alejadas.
El informe -y todo comentario sobre el mismo- debe hacerse en un tono de voz que llegue a toda la sala. Un informe, aunque sea fiel y completo, que no pueda ser oído por muchos de los presentes, es peor que si no se diera, por el efecto deprimente que causa en la junta. Hablar en voz baja no es -como algunos imaginan- señal de modestia, ni de modales finos. ¿quién más humilde y dulce que María? Y, sin embargo, nadie se la puede figurar hablando entre dientes o de modo que no pudiese ser oída, ni siquiera por los que estuvieran cerca de Ella. ¡legionarios, imitad a vuestra Reina en esto como en todo lo demás!
Los presidentes no permitirán que los informes se den en voz tan baja que no puedan oírse sin esfuerzo. Y ellos mismos serán los primeros en evitar esa falta: puede decirse que el presidente da el tono a los demás miembros de la junta; estos hablarán por lo común más bajo que él. De manera que, si el habla solo en tono de conversación o a media voz, los demás contestarán con un murmullo, creyendo que si se elevan la voz más que el presidente, estarán gritando; y, por consiguiente, van a dar al extremo opuesto. Insistan los socios en que les hable el presidente en voz sonora y vibrante; y el director espiritual anime a todos a hacer lo mismo.
El informe es, a su manera, de tanta importancia para la junta como las oraciones. Se completan mutuamente. Ambos elementos son necesarios a la junta del praesidium.
El informe acopla el trabajo al praesidium. Y por eso tiene que retratar claramente las actividades del socio -en cierto sentido, tan claramente como las escenas en una película de cine-, de tal forma que los demás socios puedan participar mentalmente en dicho trabajo, juzgarlo, comentarlo y aprender de él. Mas, para conseguir esto, el informe tiene que presentar lo que se ha acometido y llevarlo a feliz término, y con qué espíritu; el tiempo empleado; los métodos usados; lo que no ha logrado, y las personas que no han correspondido.
La junta debe ser alegre y animada. Esto requiere que los informes sean, además de instructivos, interesantes. Imposible creer que el praesidium goce de buena salud si la junta resulta aburrida y lánguida; si esto sucede, ahuyentará a los miembros jóvenes.
Hay ciertos géneros de trabajo tan llenos de variedad que es fácil hacer sobre ellos un informe bueno; pero hay otros que no ofrecen las mismas posibilidades: en estos, conviene recordar cualquier detalle que se destaque por lo extraordinario, a fin de mencionarlo en el informe.
El informe no ha de ser demasiado extenso ni demasiado breve; sobre todo, no ha de reducirse a frases hechas. Cualquiera de estos defectos demuestra que el miembro no cumple con su deber, y prueba también que los demás socios están cooperando a su negligencia. Esto contradice al concepto que tiene la Legión de la supervisión del trabajo. El praesidium no puede supervisar una obra si no se informa de ella plenamente.
Generalmente es tan dificultoso el trabajo de la Legión, que los socios, si no se ven estimulados en la junta por un examen detallado de sus esfuerzos, fácilmente se echarán atrás. Y eso no puede ser. Están en la Legión par hacer todo el bien posible; y si no sería extraño que, donde la naturaleza levanta más el grito, allí precisamente hubiera más necesidad de su actuación. Para vencer esa debilidades existe la disciplina de la Legión, y para impulsar al socio a que termine lo comenzado; y la disciplina se ejerce principalmente por medio de la junta. Pero, si los informes no dan más que vagas indicaciones de lo que el legionario está haciendo, igualmente vago será el dominio ejercido por el praesidium sobre las actividades del socio. No le estimulará. No le resguardará. Se verá desprovisto del interés y la orientación del praesidium, y el socio no puede prescindir de cosas de tan vital importancia. La disciplina legionaria pierde influencia sobre el, con funestos resultados para todos.
No se olvide que el socio que no cumple bien con este deber de los informes puede arrastrar a otros con la fuerza de su mal ejemplo. Y el que deseaba con ansias servir a la Legión, ahora le está haciendo un daño muy grande.
Ningún legionario debería contentarse con dar un buen informe. Debería apuntar más alto, y tratar con toda seriedad de añadir al perfecto cumplimiento de su trabajo un informe modelo, que presentará al praesidium para ejemplo y muestra de cómo se trabaja y como se informa legionariamente. Según Edmundo Burke, "el ejemplo es la escuela de humanidad, y los hombres no aprenderán en ninguna otra". Si esto es verdad, un solo miembro es capaz de elevar un praesidium entero hasta la cima de su eficacia; porque el informe, aunque no sea toda la junta, es como un centro nervioso, y puede hacer vibrar por simpatía a todos los demás elementos del praesidium, para beneficio o daño del mismo.
Más arriba hemos recordado a nuestra Señora como una inspiración del informe en uno de sus aspectos; pero nuestras reflexiones sobre Ella nos pueden ayudar en todos los demás detalles del informe. Esto es cierto: nadie que se esfuerce por hacer el informe como se imagina que lo haría Ella presentará un informe que adolezca de cualquier defecto.
“Ciertos cristianos apenas ven en María más que una criatura de incomparable pureza y gracia, la mujer más tierna y amable que jamás existió. Estas personas corren el riesgo de no tener para con Ella sino una devoción sentimental, o -si son de carácter enérgico- de sentirse poco atraídos hacia Ella. Nunca han reparado en que esta Virgen, con ser tan tierna y Madre tan cariñosa es igualmente la Mujer Fuerte, la más intrépida de todas: ningún varón la igualó jamás en fortaleza de carácter" (Neubert, María en el dogma).
10. Se recita la Catena Legionis. La rezarán todos los socios de pié, a una hora determinada. La experiencia aconseja como la más adecuada a mitad entre la firma del acta y el cierre de la sesión; es decir, aproximadamente una hora después de empezar la junta, que de ordinario dura hora y media. Véase capitulo 22 oraciones de la Legión.
Todos a coro recitan la antífona; en el Magnificat el director espiritual- o, en su ausencia, el presidente- alterna con los demás socios; y, por último, dicho director espiritual- o el presidente- recita la oración, el solo.
La señal de la cruz no se hace antes de la catena, sino con el primer verso del Magnificat. Tampoco se hace después de la oración final de la catena, por dar paso inmediatamente a la allocutio.
Nada hay tan hermoso en la Legión como este rezo en común de la catena. Tanto si el praesidium se ve inundado de gozo o sumido en la tristeza, o si va penosamente por caminos duros o monótonos, la catena viene como un aura celeste, cargada de las fragancias de Aquella que es la Azucena y la Rosa, refrescando y regocijando de manera maravillosa; y no son solamente unas bellas palabras. ¡bien lo sabe todo legionario!
"Si pongo particular énfasis en el Magnificat, es porque veo en el lo que tal vez no suele ver: un documento de excepcional importancia con relación a la maternidad espiritual de María. La Virgen santísima, identificada - como sabemos- con Cristo desde el instante de la Encarnación, se declara la representante de todo el género humano, íntimamente asociada con todas las generaciones, y con el destino de todos aquellos que son verdaderamente hijos suyos. Este cántico, salido de sus propios labios, es el canto de su maternidad espiritual: (Bernard, O P., El misterio de María)
"El Magnificat es la oración por excelencia de María, el cántico de los tiempos mesiánicos, en el que se junta la voz del antiguo y del nuevo Israel. Como parece sugerir San Ireneo, es en el cántico de María en el que se oyó una vez más el regocijo de Abrahán (cf.Jn.8, 56), quién predijo al Mesías, y allí sonó en anticipación mesiánica la fe de la Iglesia... y de hecho el himno de María se ha extendido a lo largo y a lo ancho, y ha llegado a ser oración de toda la Iglesia, en todas las edades" (MC, 18).
11. La allocutio* Los socios vuelven a sentarse, y el director espiritual les dirige una breve plática, a modo de comentario. A no ser que las circunstancias sean extraordinarias y requieran otra cosa, esa breve plática versará sobre el Manual como glosa del mismo, a fin de que, poco a poco, los legionarios lo vayan asimilando en todos sus detalles. La allocutio se tendrá en gran aprecio, porque es un factor decisivo en la formación de los socios. Los responsables de dicha formación cometen contra la Legión y contra sus miembros una injusticia, si no procuran un rendimiento máximo.
Ahora bien: si los socios han de desplegar todas sus energías hasta su máxima capacidad, ante todo deben conocer a fondo la organización destinada a emplear esas energías; y esto no se logrará solo por medio del estudio del Manual: se necesita, además, el comentario que proporciona la allocutio. No puede el uno sustituir al otro: ambos son complementarios. Algunos legionarios creerán haber estudiado a conciencia el Manual con haberlo leído atentamente solo dos o tres veces. Ni diez ni veinte repasos darán a conocer la Legión cual es en sí, y tal como ella misma quiere ser conocida. No se conseguirá más que a fuerza de explicaciones y comentarios verbales, semana tras semana, año tras año, hasta familiarizarse con todas las ideas contenidas en el Manual.
En ausencia del director espiritual, dicho comentario estará a cargo del presidente o de otro miembro designado por éste. Pero repitámoslo con insistencia: la sola lectura del Manual o de otro documento no puede hacer las veces de allocutio.
La allocutio no debe pasar de unos cinco o seis minutos.
Entre un praesidium, donde el allocutio, se hace con esmero, y otro donde se hace de cualquier manera, habrá la misma diferencia que entre un ejército bien formado y otro falto de toda formación seria.
“Hace ya mucho tiempo que tengo el presentimiento de que, como el mundo se va empeorando por momentos, y Dios- por decirlo así- no sigue ya Dueño de los corazones de los hombres, está Él buscando con ahínco y con grandes ansias que los pocos que aun se mantienen fieles hagan algo de valor en su servicio. Tal vez, nuestro Señor no podrá juntar en torno de su estandarte un ejército numeroso, pero quiere que, al menos, cada uno de los pocos sea un héroe, entregado a Él en cuerpo y alma. Si nosotros pudiéramos incorporarnos a ese círculo mágico de almas generosas, yo creo que no se nos escatimaría ninguna gracia para llevar adelante la obra más querida del Divino Corazón: nuestra santificación personal" (Mons.Alfredo O¨Rahilly, Vida del padre Guillermo Doyle).
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* La allocutio era el discurso del general romano a sus legionarios en forma de arenga.
12. Terminada la allocutio, hacen todos la señal de la cruz, y después continúan los informes y demás asuntos de la junta.
“Es un hecho histórico que el lenguaje de nuestra Señora era el lenguaje de una mujer extraordinariamente refinada. Su inclinación natural la habría hecho fácilmente poetiza. Cada vez que hablaba salían las palabras con un ritmo verdaderamente poético. Su fraseología era el lenguaje pintoresco de un artista en palabras" (Lord, Nuestra Señora en el mundo moderno)
13. La colecta secreta. Después de la allocutio, se pasará inmediatamente la bolsa para la colecta secreta, contribuyendo cada cual según su posibilidad. El fin de esta colecta es sufragar los diversos gastos del praesidium y mandar el superávit a la curia y consejos superiores, para sostenimiento de los mismos. Reiteramos que estos consejos no tienen para desempeñar sus funciones administrativas otros medios de subsistencia que los suministrados por los praesidia (véase el capítulo 35 fondos).
La colecta no debe interrumpir las gestiones de la junta. Vaya pasando la bolsa de uno a otro sin llamar la atención y, aunque no se deposite nada, introduzcan todos la mano.
Para estos donativos de los socios dispóngase de una bolsa decente: un guante o una bolsita de papel no es lo propio.
La razón por la que se hace la colecta secretamente, es que en el praesidium no debe haber la menor distinción entre socios adinerados o económicamente débiles. Respétese, pues, este carácter secreto de la colecta, y no diga uno a otro con cuánto ha contribuido. Por otra parte, todos deben darse cuenta de que no sólo el praesidium, sino la Legión entera dependen para su funcionamiento de la contribución de cada individuo. Por eso, no se considere este asunto como de pura fórmula. La obligación de contribuir no se cumple dando una suma tan pequeña que para el mismo socio no signifique casi nada. El hecho es que se le está concediendo el privilegio de participar en la misión general de la Legión. Sobre esta base es donde tiene que actuar la conciencia de la responsabilidad y la generosidad.
Lo único secreto en esta colecta es la contribución individual. La suma total puede ser anunciada al praesidium; y, por supuesto, debe ser anotada debidamente en las cuentas, para dar después razón de ella.
“Cuando Jesús elogia la limosna de la viuda que da no de su abundancia, sino de su indigencia (Lc 21, 3-4), sospechamos que está pensando en María, su Madre" (Orsini, Historia de la Santísima Virgen).
14. Conclusión de la junta. Tramitados todos los asuntos- incluso el asignar trabajo a cada socio y la inscripción de los nombres en el registro de asistencia -, termina la junta con las oraciones finales de la Legión y la bendición del sacerdote.
La junta no debe durar más de una hora y media a partir de la hora señalada par su comienzo.
Yo os aseguro que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, sea lo que fuere, lo conseguirán de mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18, 19-20).
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LA JUNTA Y EL SOCIO
1. Respeto a la junta. En el orden natural la transmisión depende del acoplamiento de diversas fuerzas. Igual sucede en la Legión: en un solo punto donde faltare la conexión, la corriente de vida quedará cortada. Un socio podrá asistir a las juntas y no recibir participación alguna -o muy poca- de aquel entusiasmo, generosidad y arranque que constituyen -como ya hemos visto- la vida legionaria. ¿Cómo puede ser esto? Es que entre la junta y el miembro tiene que haber unión. No se trata de asistir pasivamente a las juntas: es necesario que haya un elemento que haga de la asistencia un verdadero enlace entre la junta y el socio; y este elemento es el respeto. Todo, en la Legión, depende de este respeto del socio a la junta; y este respeto se manifiesta por medio de la obediencia, la lealtad y la estima.
2.El praesidium ha de ser merecedor de este respeto. Una corporación que en sus ideales no se eleva más allá del término medio de sus miembros, carece de la primera cualidad esencial para hacer de guía, y no se hará respetar por largo tiempo.
3. El praesidium debe respetar el reglamento. La vida legionaria se transmite al legionario en la medida en que éste respeta al praesidium, y esa vida consiste esencialmente en un generoso esfuerzo por hacer las cosas con la mayor perfección posible; por eso, el praesidium debe esforzarse en merecer el respeto de sus socios, para poder ejercer sobre ellos la debida influencia. El praesidium que trate de exigir a sus miembros un respeto que él mismo no tiene con el reglamento que le gobierna, edifica sobre arena. Nadie se extrañará, pues, de que insistamos continuamente- en todo el curso de este Manual- sobre la necesidad de adherirse rigurosamente a las prescripciones relativas al orden de las juntas y a la manera de proceder de ellas.
4. El praesidium debe ser modelo de regularidad. La Legión pide que cuanto se diga o se haga en sus juntas sirva de ejemplo aun al miembro más entregado. La variedad de su vida le permite dar eficazmente ese ejemplo. Cada uno de los legionarios tendrá a veces dificultades para poder cumplir con sus deberes, por enfermedad, vacaciones u otras circunstancias inevitables; no así el praesidium, porque, constando éste de muchos- y no estarán ausentes todos a la vez- podrá elevase por encima de las limitaciones que coartan al individuo particular.
La junta semanal jamás debe omitirse, si no es por una total imposibilidad. Si fuera imposible celebrarla habitualmente el día señalado, habría que fijar otro. El que muchos de los miembros estén ausentes no es razón suficiente para no tener la junta: más vale celebrarla con pocos que no celebrarla. Poco hará quizá semejante reunión en cuanto a trámite de asuntos; pero el praesidium habrá cumplido el más importante de sus deberes, y todo trámite que se lleve a cabo en las juntas venideras saldrá ganando muchísimo, por el aumento de respeto que instintivamente le profesarán los miembros a su praesidium, al ver que sigue impertérrito a pesar de los que lo componen, fuerte en medio de las flaquezas, errores y diversos quehaceres de los socios, reflejando así -aunque muy pálidamente- la característica más sobresaliente de la misma Iglesia.
5. Calefacción y alumbrado. La sala de las juntas debe estar bien alumbrada, y a una temperatura agradable. Si no se pone cuidado en estas cosas, la junta, en vez de ser- como debería- un placer, se convertirá en penitencia, lo cual perjudicaría indudablemente el porvenir del praesidium.
6. Asientos. Hay que proveer a los socios de sillas o, siquiera bancos. Si se sientan de forma inadecuada -en pupitres o en otros asientos improvisados -, se creará un ambiente de desorden, en el que no prosperará el espíritu de la Legión, que es espíritu de orden.
7. Los praesidia deben tener sus juntas en horas adecuadas. El hecho de que la mayoría de las personas trabajen durante el día, obliga de ordinario a tener las juntas por la tarde, o los domingos. Pero hay muchos que trabajan por la tarde o durante la noche, y hay que prever para ellos la posibilidad de tener la junta en horas adecuadas.
También hay que contar con los que trabajen en turnos cuyo horario cambia periódicamente; para ello, tal vez sea necesario que colaboren dos praesidia que celebren sus juntas a horas muy distintas. Así los socios podrán alternar con los dos praesidia, según las horas que tengan libres. En este caso los dos praesidia mantendrán entre sí estrecha comunicación, a fin de asegurar la continuidad en la asistencia a las juntas y en los trabajos señalados.
8. Duración de la junta. La junta no durará más de hora y media, a contar desde la hora prefijada para su comienzo. Si, a pesar de la dirección eficiente de la junta, ven los socios que con frecuencia, al cerrar las juntas quedan temas sin tratar o tienen que tratarse precipitadamente es una señal de que el praesidium tiene demasiado quehacer, y debe pensarse en su división.
9. Duración insuficiente de las juntas. No se ha prescrito ningún mínimo para la duración de la junta; pero, si habitualmente no llegase a durar ni una hora- contando lo que se invierte en las oraciones, la lectura espiritual, las actas y la allocutio, que ocupan unos treinta minutos -, es señal de que la junta se resiente de algún defecto. Este defecto puede estar en el número de socios, en el escaso trabajo, o en la mala calidad de los informes; y es preciso subsanarlo. En una industria se mira como una falta de organización muy seria el no procurar que las máquinas produzcan al máximo rendimiento, habiendo demanda en el mercado. En la Legión no puede ser menos, pues nadie tendrá la osadía de afirmar que no hay demanda- y muy urgente- de valores espirituales de primera calidad.
10. Llegar tarde o salir antes. Los legionarios que lleguen después de las oraciones preliminares, a su llegada se pondrán de rodillas y recitarán privadamente las oraciones de la téssera que preceden al santo rosario, y las invocaciones que le siguen. Consideren como pérdida irreparable no rezar el rosario con el praesidium. Igualmente, aquellos socios que se vean obligados a salir antes del final de la junta, pedirán antes permiso al presidente; y, obtenido el permiso, se arrodillarán para recitar la oración. Bajo tu protección nos acogemos, etc., y las invocaciones que le siguen.
Llegar tarde o salirse temprano habitualmente, no esta permitido a ningún socio, por ningún pretexto. Es cierto que aun así, se puede hacer el trabajo y dar los informes según las normas; pero la indiferencia por la omisión de las oraciones preliminares o finales indica- y fundamentalmente- que se está forjando un espíritu ajeno, y aun hostil, al espíritu auténtico de a Legión: el de la piedad. Un socio con tal espíritu haría más daño que provecho.
11. El buen orden, raíz de la disciplina. Sin espíritu de disciplina, la junta es como una cabeza inteligente sobre un cuerpo paralizado, incapaz de dominar la indisciplina de los miembros, de estimularlos, ni de darles la menor formación. Para desarrollar en los socios este espíritu de disciplina, cuenta la Legión con los factores siguientes: a) la disciplina de la junta tal como está mandada en el reglamento; b) seguir punto por punto, en sucesión ordenada, los diversos números del programa de la junta, c)informar diligentemente sobre los trabajos, según está prescrito; d) un ambiente saturado de la presencia de María, como móvil de este espíritu de orden.
Sin disciplina, se dejarán llevar los miembros por la tendencia humana de obrar por cuenta propia- con ninguna o muy poca sujeción a la autoridad- y de entregarse a obras dictadas por un capricho momentáneo y de la manera que se le ocurra a cada cual. Y, ¿qué bien podrá salir de aquí?
Por otra parte, la disciplina que se asume voluntariamente para fines religiosos, crea una fuerza de las más poderosas del mundo; será una disciplina capaz de hacer frente a todo, pero a condición de que se mantenga siempre férrea, aunque sin ser pesada, y dispuesta en toda ocasión a obedecer cordialmente la voz de la autoridad eclesiástica.
La Legión posee en este espíritu de disciplina -que la caracteriza- un tesoro que puede compartir con los de fuera. Es un don de inestimable valor, porque el mundo oscila inútilmente entre esos dos polos opuestos: la tiranía y el libertinaje. Podrá suplirse la carencia de disciplina interior mediante la imposición de una férrea disciplina externa, la inercia de la tradición, o la fuerza; pero, donde los individuos o las comunidades dependan únicamente de esta disciplina exterior, ésta cesará en cuanto desaparezca el apoyo que la sustenta, en el primer momento de crisis. También es cierto que aunque la disciplina interior sea infinitamente más importante que cualquier sistema d disciplina externa, no hay que suponer que esta carezca de importancia. En realidad, las dos se necesitan mutuamente. Cuando se combinan las dos en la debida proporción, y se añade el atractivo móvil de la religión, entonces tenemos ese triple cordel que, según la Escritura no se rompe fácilmente (Ecl 4,12).
12. La puntualidad es de suma importancia. Sin puntualidad no se puede cumplir el precepto del Señor: Pon tu casa en buen orden (Is 38,1). Una organización que habitúa a sus miembros al desorden los está viciando desde la raíz. Por no cumplir lo que está mandado, está perdiendo el derecho a ese respeto que constituye la base de toda buena educación y disciplina; está haciendo caso omiso de una cosa vital, tan fácil de mantener; comete una locura parecida a la de aquel que "por un ochavo perdió un ducado".
A veces, con gran previsión, se coloca un reloj sobre la mesa de la junta, pero sin que regule lo más mínimo la macha de la misma. En todo caso marca su comienzo, medio y fin, pero no el tiempo concedido a los informes y otros asuntos, siendo así que la puntualidad y el orden deben aplicarse en todo momento, desde el inicio hasta el final.
Si en esto faltan los oficiales, los demás miembros deben protestar. Si no lo hacen, todos son cómplices en el desorden
13. Modo de rezar las oraciones. Hay personas impetuosas, que no se moderan ni siquiera cuando se trata de rezar; y, si aun los oficiales incurren en este defecto, todo el praesidium se irá deslizando poco a poco hasta rezar las oraciones de una manera rayana en lo irrespetuoso. Efectivamente; si hay un defecto demasiado frecuente, es que las oraciones se rezan con prisa, y eso parece indicar que los legionarios ya no ponen cuidado en observar la regla que les manda rezar como si estuviera presente entre ellos la santísima Virgen en persona, no solo en imagen.
14. Las oraciones son parte integral de la junta. Alguna vez se ha sugerido la conveniencia de que los miembros de la junta recen el rosario delante del Santísimo, yendo después a la sala. Eso no puede admitirse, por este principio general: la unidad de la junta es esencial a todo el sistema legionario. Con esa unidad de la junta, todo queda en ella impregnado del espíritu de piedad, tan fecundo en heroísmo y esfuerzo; pero el desarrollo de la junta carecería de ese espíritu si se dijeran fuera de ella la mayor parte de las oraciones prescritas. Semejante cambio alteraría por completo el aspecto de la junta, y, en consecuencia, el de Legión entera, cimentada como está sobre la junta. Ya no sería la Legión de María, por grandes que fueran los méritos de la nueva organización. Y aún estaría menos permitido omitir el rosario o cualquier otra de las oraciones de la téssera, no importa que circunstancias aconsejen lo contrario. El rezo del rosario es para la junta de la Legión lo que la respiración para el organismo humano.
15. El culto y la junta. Si, por alguna razón, un praesidium ha rezado antes de la junta las oraciones legionarias en una Iglesia o en cualquier otro lugar, tiene el deber de repetir en la junta todas las oraciones.
16. Oraciones especiales en la junta. A menudo se pregunta si está permitido ofrecer las oraciones de la junta por intenciones especiales. Dado el crecido número de peticiones, es preciso aclarar la cuestión:
a) se trata de ofrecer por alguna intención particular las oraciones ordinarias de la junta, es ir contra la regla que prescribe que se ofrezcan dichas oraciones por las intenciones de la santísima Virgen, Reina de la Legión y no por ninguna otra.
b) si es cuestión de añadir a las oraciones ordinarias otras por alguna intención particular, decimos que las prescritas ya son bastantes, y, por regla general, no hay que alargarlas más. Alguna que otra vez habrá intereses de excepcional importancia para la Legión, que reclamen súplicas extraordinarias; en este caso será lícito añadir alguna oración breve; pero insistimos en que sea raras veces;
c) Es evidente que se podrán recomendar intenciones especiales a la piedad particular de cada socio.
17.¿Perjudica el informe a la humildad?. Algunos socios han querido justificar la pobreza de sus informes diciendo que temían faltar a la humildad al hacer en ellos ostentación de sus buenas obras. Contestemos que también existe una especie de orgullo con apariencia de humildad: lo que los poetas han llamado "el pecado favorito del diablo". Los legionarios deben estar muy sobre aviso, para que tales sentimientos no vengan a abrigar, en vez de humildad, las maquinaciones de una refinada soberbia, la cual, entre otras cosa, llevaría consigo una tendencia disimulada de sustraer sus actividades a la estrecha vigilancia del praesidium. ¿Cómo es posible que una humildad de buena ley les impulse a trazar una regla de conducta que, si fuera adoptada por todos los demás, sería la ruina del praesidium? Al contrario, la sencillez cristiana pide que eviten toda singularidad, se sometan dócilmente a las reglas y prácticas de su organización, y, en fin, que cada cual cumpla con sus deberes personales; estos aunque individuales, no son parte menos esencial de la junta. Cada informe es -como hemos dicho ya- una piedra en el edificio de la misma.
18. La armonía, expresión de unidad. La armonía es la exteriorización del espíritu de amor en la junta, y tiene que ser la virtud soberana de la misma. La eficacia, tal como la entiende la Legión, nunca excluye la idea de armonía. El bien logrado a expensas de la armonía es una ganancia dudosa; mientras que las faltas que van directamente contra ella han de evitarse en la Legión como la peste. Estas faltas pueden ser: querer dominar a los demás, hallar que decir en todo, el mal humor, el espíritu mordaz y cínico, el darse tono... tales faltas, tan pronto como entren en la junta, pondrán en fuga la armonía.
19. El trabajo de cada uno, una preocupación de todos. La participación común de todos los miembros en las oraciones iniciales de la junta ha de caracterizar a todas las gestiones siguientes. Así, pues, fuera toda conversación o broma particular entre los socios; porque cada tema, aunque tratado solo por uno o dos, interesa a todos los presentes, y tanto, que puede afirmarse lo siguiente: al informar sobre las personas o lugares visitados, todos los socios hacen a dichas personas o lugares una visita espiritual. Aprendan los socios a mirar las cosas de esta manera, porque de lo contrario prestarán a los informes y comentarios del trabajo ajeno una atención meramente material; lo suyo es estar en todo momento, no solo atentos -como a una cosa que cautiva por lo bien que se narra- sino en contacto espiritual íntimo con las personas y cosas narradas, como si les afectara personalmente.
20. El secreto es de suma importancia. Las ordenanzas fijas, que suenan todos los meses en los oídos de los miembros, deberían convencerlos de la suma trascendencia de guardar fielmente el secreto legionario, dado el carácter del apostolado de la Legión.
La falta de valor se considera en un soldado una vergüenza, pero la traición es infinitamente peor. En la Legión sería traición repetir fuera de la junta del praesidium lo que se ha sabido en ella. Pero, al mismo tiempo, hay que guardar un justo medio. A veces, personas imbuidas de un celo mal entendido, con el pretexto de guardar las leyes de la caridad, exigen que no se mencionen nombres ni se den informes al praesidium, en casos de abandono en la práctica de la religión. Esta actitud, tan laudable en apariencia, oculta un error y una amenaza para la vida de Legión: si se llevara a la práctica, el praesidium quedaría en condiciones de no poder trabajar. En efecto:
a) adoptar este proceder sería contrario al modo de actuar de todas las demás asociaciones, las cuales tratan libremente todos los casos que les conciernen;
b) llevada hasta su última conclusión, dicha actitud exigiría que los mismos compañeros de visita guardasen el secreto aun mutuamente;
c) el centro de la acción, del informe y de la caridad legionarias no es ni el socio individual ni la pareja de visitantes, sino el praesidium, y al praesidium se deben referir en detalle todos los casos ordinarios; guardar los informes sin comunicarlos al praesidium es destruir ese núcleo y perjudicar los verdaderos intereses de la caridad, con pretexto de defenderlos;
d) no hay equivalencia alguna con el caso del sacerdote, cuyas sagradas funciones le colocan en un plano distinto al del legionario; este aprende en el curso de la visita más o menos lo que aprendería cualquier otra persona de confianza, y lo que muchas veces corre ya de boca en boca entre los mismos inquilinos de la casa o entre los vecinos del barrio;
e) eximir a los miembros de la obligación de dar íntegramente sus informes suprimiría la conciencia de estricta dependencia, factor tan importante en el sistema legionario. Así no se podría dar consejos prácticos, ni orientar, ni criticar; y la función principal del praesidium quedará anulada. Además, serían imposibles la formación y la vigilancia de los socios, que se basen sobre los informes. Suprímase esta secreta revisión semanal del trabajo de los miembros, y estará abierta la puerta de par en par a todo género de indiscreciones; cuando estas ocurran, no se eche la culpa injustamente a la Legión;
f) pero lo más sorprendente es que con este proceder se aflojan los vínculos del mismo secreto; porque la garantía del secreto legionario- también guardado hasta el presente- es la poderosa influencia del praesidium sobre el miembro: si esta influencia disminuye, disminuye también la seguridad del secreto.
En conclusión: el praesidium no es solo el centro de la caridad y de la discreción, sino que es también su sostén.
Los informes deben revestir el carácter de secretos de familia. Lo mismo que estos, deben discutirse de puertas adentro, pero con amplia libertad, a no ser que se sepa ciertamente que se ha infiltrado alguna persona extraña. Y, aún entonces, el remedio no estará en limitar los informes, sino en expulsar al traidor.
Pueden darse circunstancias excepcionales, que aconsejen en algún caso extremo un silencio absoluto. En ese caso es menester recurrir cuanto antes al director espiritual, o, en su ausencia, a algún socio dotado de cualidades de buen consejero, para que dé su opinión sobre el asunto.
21. Libertad para comentar. ¿Está permitido que se exprese el desacuerdo con los métodos de la junta? Los miembros pueden expresar su desacuerdo siempre que se atengan a la más rigurosa justicia, y sin olvidar los derechos de los demás: porque el ambiente de un praesidium tiene que ser familiar, no de cuartel. Y nunca deben hacer sus comentarios en un tono retador, ni falto de respeto para con los oficiales.
22. La junta es el sostén de los socios. Es muy propio del hombre apetecer con impaciencia resultados visibles, y, luego, no quedar satisfecho con lo que se ha conseguido. Y, sin embargo, los resultados tangibles no son indicio seguro del éxito feliz de una obra: un socio los obtendrá tal vez al primer impulso; otro, tras una perseverancia heroica, se encontrará con las manos vacías. La sensación de haber trabajado en vano engendra el desaliento, y éste lleva a desistir de la obra; y, así, cualquier empresa que se evalúe sólo por los resultados visibles viene a ser como arena movediza, incapaz de sostener por largo tiempo al socio activo de la Legión. Éste necesita apoyo y sostén. Y el legionario lo encontrará en todo cuanto contribuye a formar a junta semanal del praesidium: oración, rito externo, las peculiaridades del medio ambiente, los informes, la hermandad cristiana, el magnetismo de la disciplina, el vivo entusiasmo, y hasta el orden y la limpieza.
En la junta nada lleva a pensar en esfuerzos inútiles, ni que tienda a aflojar los vínculos legionarios; al revés, todo en ella ayuda a estrecharlos. Y conforme van sucediéndose las juntas regularmente, recibe uno la impresión de una maquinaria que marcha con suavidad, logrando el fin para el que fue hecha, y dando a los socios la seguridad de que trabajan con fruto y mérito; y en esta seguridad se apoya su perseverancia. Procuren los legionarios mirar aun más lejos, y ver en el mecanismo de esta máquina de María una prolongación del poder de su Hijo. Ellos forman parte activa de la misma, y tienen la misión de asegurar su perfecto funcionamiento; y María utiliza su lealtad para conseguir los resultados que Ella quiere. Estos resultados serán perfectos, porque "solamente María sabe perfectamente donde está la mayor gloria del Altísimo" (San Luis María de Montfort).
23. El praesidium es una "presencia" de María. Las reflexiones de este capítulo miran hacia la más perfecta unidad y solidaridad de los individuos dentro de un mismo cuerpo, con el fin de ser más útiles en el apostolado oficial- pastoral- de la Iglesia. La relación del apostolado asociado con el apostolado individual podría compararse con la relación entre la liturgia y la oración privada.
El apostolado está en relación íntima con María en su condición de Madre de Jesús: "Ella dio al mundo al que es la misma Vida, que lo renueva todo; y Dios la adornó de todos los dones dignos de un oficio tan grande" (LG 56). Y Ella continúa cumpliendo esa misión a través del ministerio y servicio de quienes quieren ayudarle. El praesidium coloca a su disposición un grupo de cristianos entregados, ávidos de cooperar con Ella en la realización de ese cometido. Y ciertamente: Ella aceptará su colaboración. Por eso, el praesidium puede ser concebido como una especial presencia de María en ese lugar; mediante esa presencia, Ella está dispuesta a prodigar generosamente sus dones, y a ejercer y evidenciar su maternidad. Por eso es de esperar que un praesidium, fiel a sus ideales, se interese en renovar su vida, en mejorar su salud, en crecer apostólicamente. Los lugares con problemas deberían solicitar este principio espiritual.
Con toda el alma acude a la sabiduría, con todas tus fuerzas sigue sus caminos; búscala y la alcanzarás; cuando la poseas, ya no la sueltes; al fin, alcanzarás su descanso y se te convertirá en placer; sus cadenas serán tu fortaleza; su yugo, corona de júbilo. (Eclo 6, 25-30).
20
EL SISTEMA DE LA LEGION ES INVARIABLE
1. Lo dicho acerca de las oraciones hay que aplicarlo por igual a las demás prescripciones contenidas en estas páginas. La Legión hace saber a sus socios que ellos no tienen facultad para cambiar reglas y prácticas a su capricho.
El reglamento de la Legión es el aquí descrito, ningún otro. Toda variante, por ligera que sea, inevitablemente traerá en rápida sucesión otras en pos de sí; y no tardará en crearse un organismo que de Legión no tendrá más que el nombre, y que la Legión no vacilará en repudiar en cuanto lo descubra, por valioso que sea en sí el trabajo que se venga haciendo.
2. La experiencia ha demostrado que el nombre de un organismo vivo significa muy poco para ciertos individuos, que ven como una especie de tiranía el que no se les permita bautizar con el nombre oficial de una organización reconocida un engendro de su propia imaginación.
A veces, algunos "modernistas" se toman la libertad de cambiar todo lo de la Legión, reteniendo su nombre. ¿no ven que tal apropiación ilegal de lo ya establecido- y actuando como miembros de la misma- sería la peor clase de robo, porque se da en el orden espiritual?
3. Y cada localidad- lo mismo que las personas- tiene cierta propensión a creerse algo fuera de lo común y con derecho a una normativa particular; de aquí provienen de vez en cuando insistentes ruegos para que la Legión se doblegue y ajuste su reglamento a circunstancias tenidas como extraordinarias. La Legión ha demostrado su capacidad para adaptarse a toda circunstancia y lugar; pero si permitiera tales modificaciones, se producirían lamentables consecuencias, pues casi siempre obedecen, no a la necesidad, sino a la acción disolvente de un falso espíritu de independencia, que, lejos de traer las bendiciones especiales del Cielo, acaba por precipitar la desintegración. Sabemos bien que no es posible convencer a todos de esto; pero los que se empeñen en usar del derecho de interpretar privadamente las reglas de la Legión sepan que el honor les obliga siquiera a no amparar con el nombre de la misma lo que no es más que una invención suya.
4. Una tal falsificación bastaría para desterrar a la Legión de una población y hasta de todo un país, y en todo caso paralizaría su acción. Es posible que la nueva asociación esté más perfectamente organizada que la nuestra, pero es muy dudoso que de ella resulte tanto bien. Se pelearía en guerrillas allí donde María quiere la acción conjunta de un cuerpo de sus legionarios; en vez de unirse, las fuerzas estarían desparramadas.
Además, tan caprichosa manera de escoger esto y rechazar lo otro, en que se deleitan ciertas personas, nunca logra comunicar a la copia el encanto e inspiración que da valor al original; del proceso quirúrgico sale un cadáver, nada más; o, a lo sumo, un mecanismo bonito. Y, ¡qué grave será su responsabilidad, cuando se vean los desengaños y fracasos, que han de sobrevenir!
5. La razón principal por la que existen los diversos consejos de la Legión es precisamente ésta: preservar el reglamento de la misma. A toda costa deben ser fieles al encargo que se les ha encomendado.
"El sistema de la Legión de María es de todo punto excelente" (Papa Juan XXIII).
"O aceptarlo todo, o rechazarlo todo: reducir no hace más que debilitar, amputar es mutilar. Es una locura aceptar todo menos algo, cuando ese algo es una parte tan esencial como todo lo demás" (Cardenal Newman, Ensayo sobre el desarrollo).
21
EL MÍSTICO HOGAR DE
NAZARET
Se puede aplicar esta doctrina de una manera particular a las juntas legionarias y especialmente a las juntas del praesidium, que constituyen el corazón del sistema de la Legión.
Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy Yo en medio, de ellos (Mt 18,20). Estas palabras de nuestro Señor que tanto mas influye su presencia en los miembros de su Cuerpo místico cuanto mayor sea el número de los que se reúnen para servirle. El número queda especificado como condición para que pueda Él ostentar plenamente su poder. Tal vez esto resulte consecuencia de nuestras deficiencias individuales: son tan limitadas las virtudes de cada ser humano, que por él no puede Cristo manifestarse más que en parte. Se aclara esto con una comparación natural: un cristal de un color no transmite más que su matiz propio e individual, cerrando el paso a los demás; pero, cuando se armonizan cristales de todos los colores proyectando sus matices en combinación, producen la plenitud de la luz. De igual manera, cuando se reúne un buen número de cristianos para trabajar por el Señor, y sus cualidades se complementan mutuamente, Él mostrará más perfectamente a través de ellos, su gloria y su poder.
Cuando los legionarios se reúnen en el praesidium en su nombre y para realizar su obra, El está allí, en medios de ellos, con su poder; y ha quedado patente que esa fuerza suya brota de Él allí (Mc 5,30)
Con Jesús, en esa pequeña familia legionaria, están su Madre y San José, que tienen con el praesidium las mismas relaciones que tuvieron con Él: esto nos permite considerar al praesidium como una prolongación del hogar de Nazaret; una prolongación basada en la realidad, no en piadosas imaginaciones. Dice Bérulle: “Tenemos que tratar las cosas y los misterios de Jesús no como cosas antiguas y muertas, sino como cosas presentes y vivientes, y, mejor aún, eternas”. Según esto, podemos identificar el local y las cosas del praesidium con la casa y los enseres de Nazaret; y en el trato que los legionarios den a las pertenencias del praesidium se verá si aprecian esta verdad de que Cristo vive entre nosotros, y trabaja por medio de nosotros, sirviéndose de las cosas que usamos.
Esta reflexión nos impulsará suavemente a cuidar con esmero todo lo que pertenece al praesidium, pues éste es nuestro hogar.
Aunque los legionarios no puedan ejercer muchas veces pleno dominio sobre el salón de juntas, sí podrán disponer más libremente de los demás accesorios de la junta: la mesa, las sillas, el altar, los libros. Exáminense: si la Madre del praesidium quiere continuar en este nuevo hogar de Nazaret el mismo solícito cuidado que tuvo en Galilea, ¿qué hacen los legionarios para facilitárselo? Ella necesita de su ayuda. Se la pueden negar, o se la pueden prestar con negligencia, deformando así el trabajo que Ella hace por el Cristo místico. Mediten esto, e imagínense como mantenía María su hogar.
Pobre sí que era, y sus muebles distaban mucho de ser lujosos. Y, sin embargo, la casita tuvo que ser de lo más hermoso. Porque, entre todas las esposas y madres de todos los tiempos, María era única y singular, dotada de un gusto fino y delicado, que no pudo menos de traslucirse en cada detalle de su hogar. Cada objeto, por sencillo que fuese, debió, en algún modo, llevar impreso su sello; cada cosa ordinaria, su encanto. Es que Ella amaba -como solo Ella sabia amar todas aquellas cosas, por Aquel que las creó y que ahora hacía uso humano de ellas. Ella las cuidaba, limpiaba y pulía, y procuraba dejarlas bonitas; eran cosas, que a su manera, tenían que quedar del todo perfectas. De fijo que en aquella casa no había nada que desentonara en lo más mínimo. Era imposible, porque aquel hogar era el mejor. Era la cuna de la Redención, el lugar donde se formaba el Amo del mundo. Todo en este hogar le servía misteriosamente a Aquel que todo lo hizo. Por consiguiente, todo tenía que contribuir en él a tan sublime fin, y así era felizmente, gracias al orden, limpieza, brillo y un no sé qué que María sabía poner en cada cosa.
Todo en el praesidium contribuye, a su manera, a formar al socio, y todo, por lo tanto, debería reflejar las características del hogar de Nazaret. Es consecuencia lógica de la imitación de Jesús y María.
Cierto autor francés escribió un libro titulado Un viaje alrededor de mi aposento. Vayamos nosotros de viaje con el pensamiento alrededor del praesidium, y analicemos con ojo muy crítico y oído afinado todo cuanto contribuye a la formación de los miembros del mismo: el piso, las paredes y las ventanas; los muebles, la composición del altar, en particular la imagen que representa el centro del hogar, la Madre. Reparemos, sobre todo, en el comportamiento de los socios y en su manera de llevar la junta.
Si la suma total de cuanto se ve y se oye no armoniza con el hogar de Nazaret, no es probable que resida en ese praesidium el espíritu de Nazaret, y, sin este espíritu, el praesidium está más que muerto.
Sucede a veces que los oficiales, como padres indignos, educan mal a quienes les han sido confiados. Las deficiencias de los praesidia son casi siempre culpa de los oficiales. Si los socios no son puntuales y regulares en asistir, si no trabajan bastante o trabajan con irregularidad, si en las juntas deja algo que desear su comportamiento, es porque esos fallos han sido consentidos por los oficiales, porque éstos no les enseñan como deben. En vez de formar a los miembros del praesidium los están deformando.
¡Cómo contrasta esta deficiencia con el hogar de Nazáret! ¡Imagínese a nuestra Señora descuidada en el orden y en los detalles, y educando mal a su Hijo! ¡Imagínesela -es difícil, pero hágase el esfuerzo- desaliñada, floja, indigna de confianza, indiferente; dejando arruinarse el santo hogar, para mofa y escarnio de los vecinos! ¡Si la misma idea es un absurdo! Sin embargo, hay muchos oficiales legionarios que dejan deteriorarse las cosas vergonzosamente en el praesidium, en este nuevo hogar de Nazaret el cual hacen profesión de administrar sustituyendo a nuestra Señora.
Por el contrario: en el empeño y la sinceridad del praesidium por la perfección de todos estos detalles, percibimos que allí está realmente nuestro Señor y con la plenitud expresada en sus propias palabras. El espíritu de la Sagrada Familia no quedó confinado ni en la santa casa, ni en Nazaret, ni en Judea, ni en ningún otro confín. Tampoco, pues, puede ser confinado el espíritu del praesidium.
“EI amor de los católicos por la Madre de Dios manifiesta un loable sentimiento artístico, al no querer indagar en minuciosos detalles de la vida íntima de Nazaret. Sabemos que en Nazaret habita una vida que trasciende toda experiencia humana, y aún la humana comprensión. ¿Acaso habrá en este mundo alguien capaz de retratar a esas dos vidas de sobrehumana intensidad, que encuentran en su misma intensidad la más completa fusión de todos sus movimientos, afectos y aspiraciones? Me quedo mirando desde la cima que domina Nazaret, y veo a una mujer que baja camino de la fuente con un cántaro en al cabeza, y a. su lado un joven de quince años. Yo se que entre los dos existe un amor tal que no tiene igual ni entre los espíritus que moran ante el trono de Dios. Pero se también que. No me es permitido ver más, para no morirme de asombro” (Vonier, La Maternidad Divina).
22
ORACIONES DE LA LEGION
Las oraciones de la Legión de María son las siguientes, divididas según el orden en que han de rezarse en las juntas. Cuando se rezan en privado no es necesario seguir este orden.
Todas estas oraciones las han de rezar diariamente los socios auxiliares.
La señal de la Cruz que se indica al principio y al final de cada sección de las oraciones, tienen aplicación sólo cuando se rezan en esta forma. Cuando no se dividen, se hace la señal de la Cruz únicamente al principio y al fin de todas ellas.
1, Oraciones que se dirán al comienzo de la junta
En el nombre del Padre, etc.
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor.
V. Envía, Señor, tu Espíritu y todo será creado.
R. Y renovarás la faz de la tierra.
OREMOS
Oh Dios; Padre nuestro, derrama los dones de tu Espíritu sobre el mundo: enviaste el Espíritu a tu Iglesia para iniciar la enseñanza del Evangelio; que sea ahora tu Espíritu el que continúe trabajando en el mundo a través de los corazones de todos los que creen en ti. Por Cristo nuestro Señor amén.
V. Señor, abre mis los labios.
R. Y mi boca proclamará tu alabanza.
V. Dios mío, ven en mi auxilio.
R. Señor, date prisa en socorrerme.
V. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
R. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de
los siglos. Amén.
Se reza el santo rosario y la salve
V. Ruega por nosotros, santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de alcanzar las promesas de
Jesucristo.
OREMOS
Oh, Dios, cuyo Hijo Unigénito nos obtuvo la salvación eterna por medio de su vida, muerte y resurrección; concédenos, a quienes meditamos estos misterios en el rosario de la bienaventurada Virgen María, imitar lo que enseñan y alcanzar lo que prometen. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.
V Sacratísimo corazón de Jesús.
R. Ten piedad de nosotros.
V Inmaculado corazón de María.
R. Ruega por nosotros.
V San José.
R. Ruega por nosotros.
V. San Juan Evangelista.
R. Ruega por nosotros.
V. San Luis María de Montfort.
R. Ruega por nosotros.
En el nombre del Padre, etc.
2. Catena Legionis
(Se dirá a mitad de la junta. Todo legionario debe rezarla
diariamente)
Antífona. ¿Quién es Esta que va subiendo cual aurora naciente, bella como la luna, brillante como el sol, terrible como un ejército formado en batalla?
Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.
Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso
ha hecho obras grande por mí;
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo;
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
a favor de Abrahán y su descendencia
por siempre.
Gloria al Padre, y al Hijo y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
Antífona. ¿Quién es Ésta que va subiendo cual aurora naciente, bella como la luna, brillante como el sol, terrible como un ejército formado en batalla?
V. Oh María, sin pecado concebida.
R. Ruega por nosotros que recurrimos a Ti
OREMOS
Oh, Señor Jesucristo, medianero nuestro delante del Padre, que constituiste a la santísima Virgen, tu Madre, Madre nuestra y medianera ante Ti, haz que cuantos a ti acudieren para pedirte beneficios se gocen de haberlo conseguido todo por Ella. Amén.
3. ORACIONES FINALES
(Que se debe rezar al concluir la junta)
En el nombre del Padre, etc.
Bajo tu protección nos acogemos, santa Madre de Dios; no deseches las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita.
V. (invocación propia del praesidium)
R. Ruega por nosotros.
(Fuera- de las juntas del praesidium, todos los socios dirán la invocación siguiente):
V. María Inmaculada, Medianera de todas las gracias.
R. Ruega por nosotros.
V San Miguel y San Gabriel
R. Rogad por nosotros
V. Todas las potestades del cielo, Legión angélica de María.
R. Rogad por nosotros,
V. San Juan Bautista
R. Ruega por nosotros.
V. Santos Pedro y Pablo
R, Rogad por nosotros.
(Todos dirán al unísono la siguiente oración hasta el primer Amén, y continuará el sacerdote solo)
Señor, concédenos a cuantos servimos bajo el estandarte de María, la plenitud de fe en ti y confianza en ella,
a las que se ha concedido la conquista del mundo.
Concédenos una fe viva, que, animada por la caridad,
nos habilite para realizar todas nuestras acciones por puro amor a ti, y a verte y servirte en nuestro prójimo;
una fe firme e inconmovible como una roca,
por la cual estemos tranquilos y seguros
en las cruces, afanes y desengaños de la vida;
una fe valerosa, que nos inspire
comenzar y llevar a cabo, sin vacilación, grandes empresas
por tu gloria y por la salvación de las almas;
una fe que sea la Columna de Fuego de nuestra Legión,
que hasta el fin nos lleve unidos,
que encienda en todas partes el fuego de tu amor,
que ilumine a aquellos que están en oscuridad y sombra de muerte, que inflame alas tibios,
que resucite alas muertos por el pecado;
y que guíe nuestros pasos por el Camino de la Paz,
para que, terminada la lucha de la vida,
nuestra Legión se reúna sin pérdida alguna
en el reino de tu amor y gloria. Amén.
Las almas de nuestros legionarios,
y las almas de todos los fieles difuntos
descansen en paz por la misericordia de Dios, Amén.
(EI sacerdote presente da luego su bendición; si no hay sacerdote:
En el nombre del Padre, etc.]
“La fe de María aventajó a la de todos los hombres y ángeles juntos. Aunque vió a su Hijo en el establo de Belén, le tuvo por Creador del mundo: viéndole fugitivo de Herodes, nunca vaciló en creer que era Rey de reyes. Le vió nacer, pero creyó que existía desde toda la eternidad; pobre y desprovisto de todo, le creyó Dueño del universo; le vió tendido sobre unas pajas, más su fe le dijo que era el Todopoderoso; vió como no hablaba palabra y, con todo, creía que era la misma Sabiduría infinita. Oyendo sus gemidos, supo que era la alegría del Paraíso. Y, al fin, le vió morir, blanco de todos los insultos, clavado en una cruz, y, aunque todos los demás vacilaron en la fe, Ella, con la suya inquebrantable, creyó que verdaderamente era el Hijo de Dios” (San Alfonso de Ligorio).
(Esta cita no forma parte de las oraciones legionarias.)
23
LAS ORACIONES SON
INVARIABLES
Las oraciones de la Legión son invariables. Ni siquiera en las invocaciones está permitido poner ni quitar nada, si en ello pudiere haber la menor discusión sobre la legitimidad de hacerlo; ni está permitido introducir santos nacionales, locales o de particular devoción.
Esta regla reclama sacrificio; pero sacrificio que se pide solo después de haber hecho otro, y grandísimo; como concederán, gustosamente cuantos conozcan e! país donde se ha formulado esta regla, y e! entrañable afecto que sienten sus habitantes a su Apóstol nacional.
Verdad es que tolerar invocaciones particulares no constituiría de suyo una gran desviación del uso común; así y todo dejaría entrar un germen de discrepancia, cosa que la Legión mira con horror.
Y, ya que e! alma de la Legión se revela en sus oraciones, es muy, justo que estas, al ser articuladas en las distintas lenguas que con el tiempo las adopten, sean ejemplo -por la estricta uniformidad de las mismas- de esa perfecta unidad de miras y de corazones, del reglamento y de práctica, a la cual exhorta la Legión a cuantos militan bajo su bandera en cualquier nación.
“Así como sois hijos de Cristo, sedlo también de Roma” (San Patricio)
“Señor mío, dadme la gracia de trabajar por conseguir las cosas que os pido” (Santo Tomás Moro)
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PATRONOS DE LA LEGION
1. SAN JOSÉ
En las oraciones de la Legión el nombre de San José sigue a las invocaciones de los corazones de Jesús y de María, pues en la corte celestial él ocupa el lugar más alto después de Ellos.
Fue cabeza de la Sagrada Familia,- y desempeñó para con Jesús y María un cometido especialísimo, y de primera categoría. El más grande de los santos, ejerce ahora el mismo oficio, ni más ni menos, con relación al Cuerpo místico de Jesús y con relación a la Madre de este cuerpo místico. Ampara la vida y el desarrollo de la Iglesia, y por consiguiente de la Legión. Su solicitud no falla, es vital, animada como está por su preocupación paternal; en influencia solo le aventaja la maternidad espiritual de María, y así lo ha de reconocer la Legión. Para que su amor despliegue toda su fuerza en nosotros, tenemos que abrirnos del todo a él, y amarle con un amor semejante, al que él nos tiene. Jesús y María le fueron siempre atentos y agradecidos por cuanto hizo por Ellos; de igual modo han de serle atentos constantemente los legionarios.
El 19 de Marzo se celebra la fiesta de San José, esposo de la Santísima Virgen y protector de la Iglesia universal. El 1° de Mayo, la fiesta de San José Obrero.
“No podemos separar la vida histórica de Jesús de su vida mística, perpetuada en la Iglesia. No sin razón han proclamado los papas a San José protector de la Iglesia. Entre las vicisitudes de los tiempos y de las costumbres, su oficio ha continuado siempre siendo e! mismo. Como protector de la Iglesia de Cristo, no hace otra cosa que continuar desempeñando la misión que tuvo en la tierra. Desde los días de Nazaret la familia de Dios ha crecido y se ha esparcido hasta los confines del orbe. El corazón de José se ha ensanchado en proporción a su nueva paternidad, la cual prolonga y supera la paternidad prometida por Dios a Abrahán, padre de una innumerable descendencia. En su trato con nosotros, Dios no cambia; no hay arrepentimientos, no varía su plan arbitrariamente. Todo es uno, ordenado, consistente y continuo. José, padre nutricio de Jesús, es también padre nutricio de los hermanos de Jesús, esposo de María, que dio a luz a Jesús, permanece unido a Ella de un modo misterioso, mientras continúa en e! mundo el nacimiento místico de la Iglesia. Por eso, e! legionario de María, que trabaja por extender en la tierra el Reino de Dios -la Iglesia-, reclama con razón la protección especial de aquel que fue jefe de la Iglesia recién nacida, que eso fue la Sagrada Familia” ( Cardenal L.J. Suenens).
2. SAN JUAN EVANGELISTA
San Juan, el discípulo preferido de Jesús, se nos presenta como dechado de devoción al. Sagrado Corazón, del cual estuvo pendiente hasta oír sus últimos latidos, hasta verle, después de muerto, traspasado por una lanza. Pero también se nos mostró modelo de devoción al Corazón Inmaculado de María: con entrega virginal hizo las veces del mismo Jesús, y siguió dando a María pruebas de amor filial, hasta que Ella murió.
La tercera Palabra que pronunció nuestro Redentor desde la cruz fue algo más que el mero cumplimiento de un deber de piedad filial para con su desconsolada Madre. En la persona de San Juan confió a María todo el género humano, en particular aquellos que se habían de unir a Jesús mediante la fe. María fue, así, proclamada Madre de todos los hombres: entre ellos- hermanos entre sí-, Jesús es el primogénito, y San Juan fue el representante de los demás, el primero en ser declarado hijo adoptivo de María, y modelo para cuantos lo son como él. Es un santo a quien la Legión debería profesar la devoción más cordial.
Amaba a la Iglesia y a todos los fieles, y se entregó completamente a su servicio. Fue apóstol y evangelista, y tuvo el mérito del martirio. Fue el sacerdote de María, y por eso es el patrón por excelencia del sacerdote legionario, entregado a una organización que no tiene más aspiraciones que ser copia viviente de María.
La fiesta de San Juan Evangelista se celebra el 27 de Diciembre.
Al ver a su Madre y a su lado al discípulo preferido, dijo Jesús: “Mujer, ése es tu hijo” Y luego al discípulo: “Esa es tu madre”. Desde entonces el discípulo la tuvo en su casa (Jn 19, 26-27).
3. SAN LUIS MARIA DE MONTFORT
Después de haber tomado reiteradamente el acuerdo de no admitir patronos particulares ni locales, parecerá tal vez algo excesivo incluir el nombre de San Luis María de Montfort. Hay que afirmar, sin embargo, y sin vacilación alguna, que nadie como este hombre santo ha tenido tanta parte en el desarrollo de la Legión. El Manual rebosa de su espíritu, las preces legionarias son eco de sus mismas palabras. Verdaderamente es maestro de la Legión, por lo cual los legionarios deben -casi en conciencia- invocarle”. (Decisión de la Legión al consignar a San Luis María de Montfort en la serie de invocaciones). Fue canonizado el 20 de Julio de 1947, y su fiesta se celebra el 28 de Abril.
“No sólo fundador, sino también misionero, Y más que misionero, porque aún hay otro aspecto: es doctor y teólogo, que nos ha dado una mariología como nadie antes de él la había concebido. Tan profundamente ha explorado las raíces de la devoción mariana, tan ampliamente ha ensanchado sus horizontes, que ha venido a ser indudablemente el gran previsor de todas las manifestaciones modernas de María: desde Lourdes hasta Fátima, desde la definición de la Inmaculada Concepción hasta la Legión de María. Se constituyó él mismo en heraldo de la venida del reino de Dios por medio de María, y en pregonero de aquella tan deseada salvación que en la plenitud de los tiempos traerá al mundo la Virgen Madre de Dios por su Inmaculado Corazón”. (Cardenal Federico Tedeschini, antiguo arcipreste de San Pedro. Discurso con ocasión del descubrimiento de la estatua de San Luis María de Montfort en la basílica de San Pedro, el 8 de diciembre de 1948).
“Presiento que han de venir unas bestias rabiosas, llenas de furor, que intentarán despedazar con sus dientes diabólicos este modesto libro y a aquel de quien se ha servido el Espíritu Santo para escribirlo, o tratarán, al menos, de sepultarlo en la oscuridad y perseguirán a los que lo lean y lo pongan en práctica.
Pero, ¿qué importa? ¡Tanto mejor! Esta visión me anima y me da esperanza de grandes éxitos, pues veo venir una legión potente de Jesús y María, compuesta por soldados bravos y valientes, de ambos sexos, dispuestos a combatir al Maligno, al mundo y a la naturaleza corrompida, en esos tiempos, más peligrosos que nunca, que están por venir” (San Luis María de Montfort -muerto en 1716 -, La verdadera devoción a la bendita Virgen María).
4. EL ARCÁNGEL SAN MIGUEL
“Aunque príncipe de toda la corte celestial, San Miguel es el más celoso en honrar y hacer honrar a María, y está siempre a la expectativa, esperando recibir el honroso encargo de ir a ofrecer sus servicios, por mandato de su Reina, a alguno de los siervos de Ella” (San Agustín).
San Miguel ha sido siempre el patrón del pueblo escogido, en la Ley Antigua y en la Nueva; sigue siendo el leal defensor de la Iglesia. Pero su protección sobre los judíos no terminó cuando éstos no respondieron a la revelación: por el contrario, se intensificó, por razón de su mayor necesidad, y porque son consanguíneos de Jesús, María y José. La Legión milita bajo San Miguel. Bajo su inspiración debe procurar con amor la recuperación de ese pueblo, con el cUal el Señor hizo una eterna alianza de amor.
La fiesta del “General de los Ejércitos del Señor” (Jos 5,14) se celebra el 29 de septiembre.
“De acuerdo con la revelación, los ángeles que participan de la vida de la Santísima Trinidad en la luz de su gloria, están llamados a desempeñar su papel en la historia de la salvación del hombre, en los momentos establecidos por la Divina Providencia.”
“¿Es que no son todos ellos espíritus servidores, con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?; pregunta el autor de la carta a los hebreos (Hb 1,14). La Iglesia cree y enseña esto basándose en la Sagrada Escritura, por la que sabemos que la misión de los ángeles buenos es la protección de los hombres y el pedir su salvación” (Papa Juan Pablo II, Audiencia General, 6 de agosto de 1986).
5. EL ARCÁNGEL SAN GABRIEL
En algunas liturgias son aclamados juntos San Gabriel y San Miguel, con títulos como los siguientes: Campeones y Príncipes; Caudillos de las huestes celestiales; Capitanes de los ángeles; Siervos de la Divina Gloria; Guardianes y Guías de los seres humanos.
San Gabriel es el ángel de la Anunciación. Por su medio fueron dirigidos a María los parabienes de la Santísima Trinidad; él fue quien anunció al hombre por primera vez el misterio de la Trinidad; él, quien declaró la Inmaculada Concepción; él, quien hizo sonar las primeras notas del rosario.
Lo que hemos dicho del cuidado de San Miguel para con los judíos, tal vez pueda afirmarse de San Gabriel en relación con los musulmanes. Éstos creen que fue San Gabriel quien les reveló su religión. Tal creencia, aunque infundada, viene a ser una cortesía musulmana para con este glorioso arcángel, que él tratará de devolverles con otra mejor, dándoles luz sobre la revelación cristiana, de la cual fue custodio. Pero él solo no puede .obrar esa transformación: la cooperación humana es siempre necesaria.
Jesús y María ocupan un lugar muy destacado en el Corán, donde aparecen de modo semejante al del Evangelio, aunque sin ninguna, función; y Ellos permanecerán así en el Islam hasta que alguien vaya a ayudarles a manifestarse con una auténtica interpretación de Sí mismos. Está demostrado que la Legión posee un don particular para esto, y que sus miembros son recibidos con aprecio por parte de los musulmanes. ¡Qué estupendo fondo para un diálogo, el que ofrece todo ese material del Corán!
La festividad de San Miguel, junto con la de San Gabriel y San Rafael, se celebra el 29 de septiembre.
“Las Escrituras nos muestran a uno de los más encumbrados de la nobleza celestial enviado en forma visible para anunciar a María el misterio de la Encarnación. Fue un ángel quien rogó a María que consintiera en ser Madre de Dios, ya que, en virtud de su divina Maternidad, ejercería Ella sobre rodos los ángeles soberanía, poder y dominio. Escribe Pío XII: “se puede decir que el arcángel Gabriel fue el primer mensajero celestial de la realeza de María” (Ad Coeli Reginam). Gabriel es honrado como patrón de aquellos que emprenden misiones de importancia, que traen de Dios las noticias más importantes. El llevó a María el divino mensaje. En aquel momento, María ocupó el puesto de toda la humanidad, y el representaba a todos los ángeles. Su diálogo, que será la inspiración de los hombres hasta el fin de los tiempos, estableció un tratado sobre el cual se levantarían los cielos nuevos y la tierra nueva. ¡Qué maravilloso, pues, debió dé ser aquel que habló con María! ¡Qué erróneo es reducir su papel a un recitado meramente pasivo! Había sido plenamente iluminado, y dio pruebas de los más amplios recursos. Respetuoso para con María, y como mensajero en el que Dios depositó su confianza, respondió a plena satisfacción todas las preguntas que Ella le hizo. Del encuentro de Gabriel y nuestra Señora vino la renovación de todo lo creado. La nueva Eva reparó la ruina causada por la primera Eva. El nuevo Adán, como Cabeza del Cuerpo místico- que incluye a los ángeles -, restauró no solo a la humanidad, sino también el honor de los ángeles, manchado por el ángel prevaricador” (Miguel O´Carroll, C.S.Sp.)
6. LAS POTESTADES CELESTIALES. LEGIÓN
ANGÉLICA DE MARÍA,
“Regina angelorum! ¡Reina de los ángeles! ¡Qué encanto qué anticipo del gozo celestial pensar así en María, nuestra Madre, rodeada sin cesar de legiones de ángeles! (Papa Juan XXIII).
“María es la generalísima de los ejércitos de Dios. Los ángeles constituyen la tropa más gloriosa de aquella que es terrible como un ejército formado en batalla” (Boudon, los ángeles).
Desde un principio fueron invocados los ángeles en las oraciones
de la Legión, en la siguiente forma:
San Miguel arcángel ruega por nosotros.
Nuestros santos ángeles custodios rogad por nosotros.
No cabe duda de que en esto la Legión fue guiada desde arriba, porque no se veían entonces con la claridad de ahora los lazos íntimos que unen a los ángeles con la Legión. Con el transcurso del tiempo se hizo más y más patente la conveniencia de recurrir a los ángeles. Se llegó a ver que los ángeles forman el apoyo logístico celestial en la campaña legionaria: cada socio, activo y auxiliar, tiene a su ángel custodio luchando y asestando golpe tras golpe a su lado. En cierto sentido, esta batalla tiene más importancia para el ángel que para el legionario, pues el ángel percibe con mayor claridad lo que está en juego: la gloria de Dios y el valor del alma inmortal. Así que el interés del ángel es vivísimo, y su ayuda, indefectible. Y todos los demás ángeles están comprometidos en la lucha, particularmente los ángeles custodios de aquellas personas por quienes trabaja la Legión, y le prestan su ayuda.
Es más: todo el ejército angélico se apresura a actuar, ya que nuestra batalla es parte integral de la lucha que desde un principio sostienen los ángeles contra el maligno y quienes le siguen.
A los ángeles se les señala en la Revelación un puesto eminente, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento; se les menciona centenares de veces. Son representados como luchando paralelamente con los hombres, y teniendo para con estos un oficio protector, invisible pero eficaz. Intervienen en circunstancias, excepcionales. Frecuentemente surge la frase: Dios envió a su ángel Todos los nueve coros angélicos ejercen alguna forma de protección sobre los individuos, lugares, ciudades, naciones; sobre la naturaleza; y, algunos hasta sobre sus ángeles compañeros. Las Escrituras dicen que los mismos reinos paganos tienen sus ángeles custodios (Dn 4,10 y 20; 10, 13). Los coros se llaman: ángeles, arcángeles, querubines, serafines, potestades, principados, tronos, virtudes y dominaciones.
En resumen, los ángeles nos ayudan colectiva e individualmente ejerciendo una función análoga a la de las fuerzas aéreas con relación al ejército de la tierra.
Por todo eso se llegó a ver que la invocación angélica en uso no expresaba debidamente este oficio protector universal de lo ángeles, y así se resolvió que:
a) se debería mejorar la fórmula;
b) debería vincularse la palabra Legión con los ángeles.
Nuestro Señor mismo se la había aplicado, consagrándola: viéndose amenazado de sus enemigos, dijo: “¿Piensas que no puedo acudir a mi Padre? El pondría ahora mismo a mi lado más de doce legiones de ángeles” (Mt 26,53);
c) y se debería incluir el nombre de María en la invocación. Ella es la Reina de los ángeles; es verdaderamente la comandante de la Legión angélica. Y para nuestra Legión sería una nueva bendición el saludarla con este título, tan profundamente significativo.
Como resultado de un prolongado estudio, en el que tomó parte toda la Legión, el día 19 de agosto de 1962 se adoptó la siguiente invocación:
Todas las potestades del cielo, Legión angélica de María, rogad por nosotros.
La fiesta de esta Legión celestial se celebra el2 de octubre.
Hay una asociación, llamada de los “Philangeli”, que tiene como vocación y carisma propios propagar el conocimiento de los ángeles y su devoción. Su principal centro es:
Philangeli, Hon. General Secretary, Salvatorians, 129 Spencer Road, Harrow Weald, MiddlesexHA37BJ, England.
“La condición de nuestra Señora como Reina de los ángeles no debe tomarse solamente como un título honorífico. Es una participación de la realeza de Cristo, que tiene dominio absoluto y universal sobre la creación. Los teólogos no han explicado todavía las formas de este correinado de María Reina con Cristo Rey; pero una cosa está clara: que la realeza de nuestra Señora es principio de acción, y sus efectos se extienden hasta los confines del universo, tanto visible como Invisible. Gobierna a los espíritus buenos y domina a los malignos. Gracias a esta realeza se forja una alianza indisoluble entre la sociedad humana y la angélica; por ella la creación entera será conducida a su verdadero destino: la gloria de la Trinidad. Esta realeza es nuestro escudo, porque nuestra Madre y Protectora tiene el poder de mandar a los ángeles que nos socorran. Para María significa una participación activa con su Hijo en la obra de debilitar y destruir el imperio de Satanás sobre los hombres” (Miguel O' Carroll, C.S.Sp.).
7. SAN JUAN BAUTISTA
San Juan Bautista no quedó formalmente incluido entre los santos patronos de la Legión hasta el18 de diciembre de 1949. Cosa extraña y difícil de explicar, pues el hecho es que este santo es el que está relacionado más íntimamente con la espiritualidad legionaria, si exceptuamos al glorioso San José.
a) San Juan Bautista fue el primer legionario y el prototipo de todos ellos: como precursor, fue delante del Señor para prepararle el camino y enderezar las sendas; y fue también modelo de firmeza inquebrantable por la causa de Jesucristo, por la que estuvo siempre pronto a morir, y por la cual, de hecho, murió mártir.
b) Además, su formación espiritual la recibió de la misma María, como la deben recibir todos los legionarios. Declara San Ambrosio que la principal razón de prolongar la Virgen su visita a Santa Isabel fue formar y preparar al niño para su oficio de gran profeta. Y la catena- nuestra plegaria central, y la única que obliga diariamente a todos los legionarios, activos y auxiliares- ensalza la hora de esa formación del Precursor.
c) El episodio de la Visitación presenta por primera vez a nuestra Señora en su calidad de Medianera de la divina Gracia, y a San Juan como el primero en beneficiarse de dicha mediación. No extraño, pues, que a San Juan se le mirara desde un principio como patrono especial de la Legión y de cuanto la Legión emprende, en sus contactos personales, visitas, etc., porque todo ello no es más que un esfuerzo para colaborar al oficio mediador de la santísima Virgen.
d) San Juan -elemento integrante de la misión de nuestro Señor tiene que entrar necesariamente en cualquier organización que busque perpetuar dicha misión. El Precursor sigue siendo indispensable. Si no interviene para presentar a Jesús y María ¿quién sabe si Ellos no querrían mostrarse? Este puesto especial que ocupa San Juan lo tienen que reconocer los legionarios, y, por su fe en él, le deben facilitar que siga ejerciendo mediante ellos su labor precursora. “Si Jesús es siempre El que ha de venir, San Juan es igualmente el que va delante; pues la economía de la Encarnación histórica continúa a través del Cuerpo místico” (Daniélou).
e) El lugar propio para la invocación de San Juan está en las oraciones finales, inmediatamente después de la Legión angélica. Así, en las oraciones de la Legión tenemos un conjunto perfecto: el Espíritu Santo -presentándose como “columna de fuego” mediante la santísima Virgen- domina la Legión; la Legión angélica, con San Miguel y San Gabriel a la cabeza, apoya la lucha; y delante, como explorador, va San Juan, el Precursor, desempeñando su oficio providencial, como siempre; y, por fin, los generales del ejército San Pedro y San Pablo.
f) San Juan Bautista tiene dos fiestas, la de su nacimiento y la de su martirio. La primera se celebra el día 24 de junio, y la segunda el 29 de agosto.
“Yo creo que el misterio- sacramentum- de Juan se viene cumpliendo en el mundo de nuestros días. A todo aquel que ha de creer en Jesucristo se le ha de comunicar interiormente la virtud y el espíritu de Juan, el cual prepara al Señor un pueblo perfecto, endereza las sendas escabrosas del corazón y allana los caminos. Hasta el día de hoy la virtud y el espíritu de Juan preceden a la venida del Señor y Salvador” (Orígenes).
8. SAN PEDRO
“Como príncipe de los apóstoles, San Pedro es el patrono por excelencia de una organización apostólica. Fue el primer Papa, pero representa toda la serie ilustre de Pontífices y al Padre Santo actual. Cuando invocamos, pues, a San Pedro, volvemos a expresar la lealtad que profesa la Legión a Roma, centro de nuestra fe, fuente de autoridad, disciplina y unidad” (Decisión de la Legión al poner nombre de San Pedro en la lista de invocaciones).
La fiesta de San Pedro y San Pablo se celebra el 29 de junio.
“Ahora te digo: Tú eres Piedra, y sobre esta roca voy a edificar mi Iglesia, y el poder de la muerte no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de Dios; así, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo” (Mt 16, 18-19).
9. SAN PABLO
Un alma que aspire a ganar a otras almas tiene que ser inmensa como los mares; para convertir el mundo, es menester un coraz6n más grande que el mundo. Tal fue San Pablo desde el día en que, repentinamente envuelto y alumbrado por una luz del cielo, se abraz6 en encendidas ansias de colmar el mundo del nombre y de la fc de Jesucristo. ¡El Ap6stol de los gentiles!: su nombre es su obra. Trabajó incansablemente, hasta que la espada del verdugo le hizo entregar su alma indómita en manos del Creador; pero le sobrevivieron sus escritos, que permanecerán para siempre continuando su misi6n.
Es costumbre de la Iglesia, en sus oraciones litúrgicas, juntar 9iempre el nombre de San Pedro con el de San Pablo. Ninguna alabanza mejor para este último. Ni tampoco hay cosa más justa, pues juntos consagraron a Roma con su martirio. La Iglesia les honra el mismo día a los dos.
“Los judíos me han azotado cinco veces, con los cuarenta golpes memos uno; tres veces he sido apaleado, una vez me han apedreado, he tenido tres naufragios y pasé una noche y un día en el agua. Cuantos viajes a pie, con peligros de ríos y con peligros de bandoleros, peligros entre mi gente, peligros entre paganos, peligros en la ciudad, peligros en despoblado, peligros en el mar, peligros con los falsos hermanos. Muerto de cansancio, sin dormir muchas noches, con hambre y sed, a menudo en ayunas, con frío y sin ropas” (2 Co 11,23-27).
25
EL CUADRO DE LA LEGION
1. Este Manual lleva en la portada una reproducción en miniatura del cuadro de la Legión. Fue pintado, como obsequio a la misma, por un brillante joven artista de Dublín. Y -como podía esperarse de un trabajo animado por tal espíritu- resultó una obra bellísima y muy inspirada, según se puede apreciar por dicha reproducción.
2. El cuadro es algo muy completo: hace resaltar maravillosamente las características de la devoción legionaria.
3. Los contornos del dibujo son un esbozo del Vexillum.
En el cuadro se traslucen las oraciones legionarias. Las preparatorias -que comprenden la invocación y oración al Espíritu Santo y el rosario- están simbolizadas por la Paloma que cubre a María con su sombra, inundándola de luz y del fuego de sus amor. Con estas oraciones honra la Legión el momento culminante de todos los tiempos, en el cual María, dando su consentimiento a la Encarnación, mereció ser Madre de Dios y, juntamente, Madre de la divina gracia; y, por eso, los legionarios, sus hijos, se unen, estrechamente a Ella mediante el rosario, llevando impresas en el corazón las palabras de Pío IX: “si tuviera un ejército que rezase el rosario, conquistaría el mundo”.
También se hace alusión a Pentecostés: allí fue María el canal de las gracias derramadas por el divino Espíritu, en aquel momento que se puede llamar la confirmación de la Iglesia; allí se encendió por Ella el fuego apostólico destinado a renovar la faz de la tierra. “Fue su poderosísima intercesión la que obtuvo para la Iglesia naciente aquella prodigiosa difusión del Espíritu del divino Redentor” (MC 110). Sin Ella ese fuego no se hubiera encendido en los corazones de los hombres.
4. La Catena, en su sentido material, constituye el borde del cuadro. La Antífona está representada con mucho acierto, por la figura de María, “que va subiendo cual aurora naciente, bella como la luna, brillante como el sol, terrible como un ejército formado en batalla”; y, en su frente, una estrella para significar que Ella es el verdadero lucero de la Mañana, bañado desde el primer instante de su ser en los fulgores de la gracia redentora, y anunciando la alborada de nuestra salvación.
El Magnificat está representado por el primer versículo -la idea que predominó siempre en la mente de María-, escrito en caracteres de fuego, aureolando la cabeza de la Virgen. El Magnificat es, el canto triunfal de su humildad. Ahora, lo mismo que entonces, quiere Dios depender para sus triunfos de la humilde Virgen de Nazaret, y quiere valerse de los que están unidos a Ella para hacer grandes cosas en honra de su santo Nombre.
El versículo y responsorio -de la fiesta de la Inmaculada Concepción, la principal devoción legionaria- están gráficamente expresados por la actitud de María aplastando la cabeza de la serpiente infernal, y por estas palabras engarzadas en la cadena del borde: “pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo; Él quebrantará tu cabeza”*(Gn 3,15). El cuadro demuestra esta lucha perpetua entre María y la Serpiente, entre los hijos de Aquella y la raza maldita de ésta, entre la Legión y las fuerzas del mal, que huyen a la desbandada, derrotadas.
La oración de la catena no es otra que la del Oficio de María, Medianera de todas las gracias, Madre de Dios y Madre de todos los hombres. En lo alto del mismo queda representado en forma de Paloma, el Espíritu Santo, dispensador de todo bien; debajo, el globo terráqueo, rodeado por buenos y malos, simboliza el mundo de las almas; entre unos y otros, María, llena de gracia, toda encendida en caridad, la Medianera y dispensadora universal de todos los dones divinos. Ella quiere enriquecer a todos los hombres, pero en particular a aquellos que con más verdad se muestren hijos suyos, reclinándose sobre el Coraz6n de Jesús, a ejemplo de San Juan, y recibiéndola a Ella por Madre. Y esta maternidad universal de María, proclamada entre las inconcebibles angustias del Calvario, está expresada por las palabras eslabonadas en el extremo inferior del borde: “Mujer, ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre2” (Jn 19,26-27).
5. Las oraciones finales se reflejan en todo el cuadro. La Legión es esa hueste innumerable que avanza en orden de batalla, acaudillada por su Reina, y que lleva sus insignias: “el crucifijo en la mano derecha; en la izquierda, el rosario; los sagrados nombres de Jesús y María en el corazón, la modestia y mortificación en su porte” (San Luis María de Montfort). De sus labios brota ferviente súplica en demanda de una fe que sobrenaturalice cada impulso y acción: de su vida, y les de valor para atreverse a todo en el servicio de Cristo Rey; fe simbolizada por la Columna de Fuego- que funda en uno solo los corazones de todos los legionarios, y les guíe a la victoria y a la tierra de Promisión eterna, irradiando en su avance las llamas del divino amor. La Columna es María que con su fe salvó al mundo: “Bendita tú que has creído” ‡ (Lc 1,45) - en el borde -. Y ahora, por entre espesas tinieblas, María conduce con paso seguro a aquellos que la bendicen, hasta que sobre ellos descienda a raudales la gloria del Señor.
6. Las preces terminan elevándonos en espíritu hasta el acto de pasar lista en la eternidad, donde, sin faltar ni uno solo, -rogamos que se vuelvan a juntar todos los legionarios legales para recibir el galardón de una gloria sin fin.
Entretanto asciende una plegaria por los que han muerto en el combate y esperan la resurrección gloriosa, pero que pueden estar necesitados de la intercesión de sus compañeros.
“En el Antiguo Testamento leemos que, desde Egipto, el Señor caminaba delante de ellos, de día en una columna de nubes, para guiarlos; de noche, en una columna de fuego, para alumbrarles (Ex 13,21). Esta columna maravillosa, unas veces en forma de nube, otras en forma de fuego, fue figura de María en los varios oficios que desempeña para con nosotros” (San Alfonso de Ligorio).
“Inimicítias ponam inter te et mulíerem, et semen tuum et semen illíus; ipsum cónteret cáput túum” (Gn 3, 15).
“Mulier, ecce filius tuus: Eccc marer tua. ” (Jn 19, 26-27)
“Beata quae credidit. ” (Lc 1,45)
26
LA TESSERA
A todos los socios, activos y auxiliares, se les proporciona una hojita llamada tessera, que contiene las oraciones de la Legión y una reproducción en miniatura del cuadro legionario.
Entre los romanos se daba el nombre de tessera a una tablita marcada con una contraseña, que se enviaba a los amigos o familiares como garantía personal. En términos militares se llamaba tessera a la tablilla enserada que circulaba entre los legionarios romanos con la oportuna consigna militar.
La Legión de María aplica este término tessera a la hojita que contiene sus preces y su cuadro, porque dicha hoja reúne estos tres caracteres: a) circula entre todos los legionarios; b) expresa la verdadera contraseña de la Legión, sus oraciones; y c) es prenda de unión y hermandad entre los socios donde quiera que se hallen. Por ese mismo principio de universalidad se han adaptado también otros vocablos latinos para designar los rasgos característicos del sistema legionario. Favorecen tanto la comunidad mutua; que han demostrado ser absolutamente indispensables. La objeción de que tales vocablos constituyan un elemento raro dentro de la Legión es inadmisible, pues han arraigado de tal forma que han venido a ser ya palabras típicamente legionarias. Se cometería un grave perjuicio a la Legión si se la despojase de una prenda tan útil como distintiva.
“Caminamos juntos en un valle de lágrimas; somos tan débiles, que necesitamos el apoyo de un brazo fraternal para que nuestra flaqueza no sucumba en el camino. Y, si esto es verdad en la vida natural, lo es mucho más todavía en el orden de la gracia y de la salvación. Dios exige imperiosamente que marchemos todos unidos.
La oración constituye, así, el vínculo que estrecha todas las voluntades y todas las voces, unificándolas.
La oración en común es nuestra fortaleza, sólo ella nos hará invencibles. Aunemos, pues, sin tardar, nuestras oraciones, nuestros esfuerzos y nuestros anhelos: porque, si ya de por sí todas estas cosas son poderosas, unidas, adquirirán una fuerza irresistible” (Ramiere).
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VEXILLUM LEGIONIS
EL ESTANDARTE DE LA LEGIÓN
El Vexillum Legionis es una adaptación del vexillum o estandarte de la Legión romana. El águila ha sido sustituida por la Paloma, símbolo del Espíritu Santo. Debajo de la Paloma, un rótulo dice: LEGIO MARlAE (Legión de María). Entre este rótulo y el asta hay un marco ovalado con la imagen de la Inmaculada (de la Medalla Milagrosa), unido con una rosa y una azucena. El asta se empalma con un globo, el cual -si se trata del modelo de mesa- descansa sobre una base cuadrada. Todo el diseño expresa la idea de que el mundo ha de ser conquistado por el Espíritu Santo obrando por medio de María y sus hijos.
a) El papel de correspondencia legionaria oficial deberá tener por cuño o membrete un grabado del vexillum.
b) El modelo de mesa, que se usa para las juntas, tendrá 32 cm, de alto, incluyendo la base, y se colocará a unos 15 cm delante y a la derecha de la estatua. Véase la foto en la página. Se puede pedir al Concilium un modelo en metal y ónice.
c) Para las procesiones y los Acies se utiliza un modelo grande, de unos dos metros de alto en total, dando a la prolongación del asta debajo del globo unos sesenta centímetros. Lo demás debe hacerse según el esbozo que figura en la página, en escala de 12 a 1. El asta se coloca en una base -que no forma parte del vexillum- para mantenerlo erguido durante el acies y siempre que se no se lleve a mano.
Este vexillum grande no lo proporciona el Concilium, pero cada cuerpo legionario puede hacerse con él fácil y decorosamente. Si se quiere una cosa más lujosa, se recurrirá a materiales más valiosos que la madera. Aquí tiene el artista amplio campo donde desarrollar su talento. Como una orientación incluimos en el Manual también una foto de este vexillum grande.
d) El vexillum es propiedad del Concilium, y sólo se podrá: reproducir con su permiso expreso.
“Este bello y evocador estandarte de la Legión de María...” (Pio XI).
VEXILLUM LEGIONIS
El Estandarte de la Legión
“San Luis María de Montfort se ha dado cuenta con claridad suprema de que no se debe hacer ninguna separación entre la Virgen y el Espíritu Santo. La Legión de María ha asumido con entera convicción su enseñanza sobre esa unión indisoluble, y por esa razón busca afanosamente un conocimiento más profundo de la doctrina del Espíritu Santo" (Laurentin).
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ADMINISTRACIÓN DE LA LEGIÓN
1. NORMAS PARA TODOS LOS CONSEJOS
1. La administración de la Legión, tanto local como central, está a cargo de sus diversos consejos. Estos, cada cual dentro de su propia esfera de jurisdicción, tienen como obligación:
- asegurar la unidad;
- preservar los ideales primitivos de la Legión de María,
- guardar intacto el espíritu de la misma, sus reglas y prácticas,
tal como se hallan en el Manual Oficial de la Legión;
- y, finalmente, extender la organización.
En todas partes la Legión valdrá lo que valgan estos consejos.
2. Todos los consejos tendrán juntas con frecuencia y con regularidad: como norma general, por lo menos cada mes.
3. Las preces, el orden y la disposición de las juntas de los consejos serán igual que lo prescrito para la junta del praesidium; con estas variantes: a) la duración de las juntas de los consejos no tendrán límite determinado; b) no es obligatoria la lectura de las Ordenanzas Fijas; c) la colecta secreta no será obligatoria.
4. Es deber fundamental de cualquier consejo subordinado someterse lealmente al consejo superior inmediato.
5. Ningún praesidium o consejo será instituido sin el permiso expreso del consejo superior inmediato o del Concilium Legionis, ni sin contar con la aprobación de la competente autoridad eclesiástica.
6. Las constituciones de la Legión reservan al obispo de la diócesis y al Concilium Legionis el mismo derecho a disolver cualquier praesidium o curia ya existentes; éstos, una vez disueltos, dejan inmediatamente de ser parte de la Legión de María.
7. Cada consejo tendrá como director espiritual a un sacerdote, que será nombrado por la competente autoridad eclesiástica, y ocupará el cargo según el beneplácito de ésta. Tendrá la última palabra en todo lo relativo a las cuestiones religiosas y morales suscitadas en las reuniones del Consejo y derecho a veto para poder obtener de la autoridad que le nombró el fallo definitivo.
El director espiritual pertenecerá al equipo de oficiales del consejo correspondiente, y deberá apoyar toda autoridad legionaria legítimamente constituida.
8. Cada consejo tendrá también un presidente, vicepresidente, secretario, tesorero o cuantos otros cargos apruebe como necesarios al consejo superior inmediato. Serán elegidos para servir durante un periodo de tiempo de tres años y pueden ser reelegidos para los mismos cargos correspondientes para un período posterior de tres años, lo que hace un total de seis años. Un legionario cuyo plazo de ocupación del cargo haya expirado no debe continuar cumpliendo las funciones de dicho cargo. Cuando un oficial, por cualquier raz6n, no llegue a completar un primer periodo de tres años, se considerará como que ha cumplido un período de servicio de tres años en la fecha en la que causó baja en el cargo. Durante el plazo no expirado puede ser elegido para ocupar el mismo cargo durante otro periodo de tres anos, que se considerará como un segundo periodo. Si un oficial no completara en su totalidad los tres años del segundo período se considerará como que ha servido durante un período de seis años en la fecha en la que causó baja en el cargo.
Habiendo completado un segundo período en el cargo, deben pasar tres años antes de que un legionario pueda ser elegido para el mismo cargo en el mismo consejo. Este intervalo no se requiere si se trata de otro cargo en el mismo consejo o cualquier otro cargo en otro consejo.
Todo oficial de un consejo debe ser miembro activo de un praesidium y estará sujeto al reglamento establecido.
9. La elevación de rango de un consejo -por ejemplo, de curia a comitium, etc.- no afectará a los períodos de cargo de los oficiales actuales.
10. Los oficiales de un consejo serán elegidos por los miembros del mismo consejo. Todo legionario puede ser elegido para dichos cargos. Si el elegido no hubiera sido antes miembro del consejo, lo será ex officio. Todas las elecciones de oficiales estarán sujetas a ratificación por parte del consejo superior inmediato, pero, entretanto, las personas elegidas pueden desempeñar las funciones de sus cargos.
11. Las fechas de aceptación de las candidaturas y de la elección se comunicarán a los miembros -si es posible- en la junta precedente a la junta de la elección. Es deseable que a los nombrados se les ponga al corriente de las responsabilidades del cargo.
12. Es lícito hacer comentarios sobre la aptitud de los candidatos, aunque con la natural prudencia. También está permitido que los oficiales de un consejo, si están todos de acuerdo en las buenas cualidades de un candidato, declaren que lo recomiendan como tal para el equipo de oficiales. Pero esta recomendación no tiene que impedir la presentación de otros candidatos ni la elección en su forma íntegra.
13. La elección se hará por votación secreta. La manera de proceder será como sigue:
Para cada cargo habrá una elección por separado, y en orden descendente. Cada nombre presentado ha de ser formalmente propuesto y secundado. Si no se propone más que un candidato, es evidente que ya no se necesita votación. Si son propuestos y secundados debidamente dos o más nombres, se procederá a la elección. Se entregará a todos los presentes -que sean miembros del consejo con derecho a votar, también a los directores espirituales una papeleta para la votación. Téngase muy en cuenta que sólo tienen derecho a votar los miembros del consejo. Escritas las papeletas, se plegarán cuidadosamente y las recogerán los escrutadores. No debe aparecer en la papeleta el nombre del votante.
Si sale un candidato con mayoría absoluta de votos -es decir, con un número mayor que el de todos los demás candidatos juntos-, será declarado electo. Si nadie ha obtenido mayoría absoluta, se leerán en voz alta los resultados de la votación, y se hará de nuevo la elección entre los mismos candidatos que antes; si en esta segunda votación tampoco saliera alguien con mayoría absoluta, elimínese el candidato que tenga menos votos, y hágase otra votación entre los restantes; y, si tampoco en el tercer escrutinio sale una mayoría absoluta, vuélvase a eliminar al que tenga el número menor de votos, y así en cada votación sucesiva, hasta obtener una mayoría absoluta.
No porque se trate de elegir a dirigentes para una organización espiritual se pueden hacer las elecciones con descuido; la elección debe hacerse según las normas señaladas, respetando el carácter secreto del voto individual.
Es necesario que se incluya en las actas de la reunión un informe completo de las elecciones, detallando los nombres de quienes los proponen y quienes los secundan, y el número de votos recibidos por cada candidato (cuando exista más de un candidato) y que dichas elecciones se sometan al consejo inmediato superior para estudiar su correspondiente ratificación.
14. Los representantes de un praesidium o de un consejo en el consejo superior inmediato serán los oficiales de áquel.
15. La experiencia ha demostrado que el nombramiento de corresponsales es la forma más efectiva que tiene un consejo superior para desarrollar sus funciones de superintendencia con sus consejos afiliados distantes. El corresponsal se mantiene en contacto regular con el consejo, y, con las actas recibidas mensualmente, prepara un informe que presentará en la reunión del consejo superior cuando le sea requerido. Asiste a las reuniones del consejo superior y toma parte en los procedimientos, pero, si no es miembro de dicho consejo superior, no tiene derecho a voto.
16. Con autorización del consejo, también otras personas -sean o no socios de la Legión- podrán asistir a las juntas de dicho consejo en calidad de invitados, pero no tendrán derecho a voto, y deberán guardar secreto sobre lo tratado en la junta.
17. Por el nombre de consejo se entienden: la curia, el comitium, la regia, el senatus y el Concilium Legionis; y cualquier otro consejo que la Constitución crea oportuno establecer.
18. Estos nombres latinos de los distintos consejos concuerdan bastante bien con las varias atribuciones de los mismos.
En la Legión, María es la Reina. Ella es quien convoca a sus fuerzas legionarias para las batallas del Señor, Ella misma en persona es quien las dirige, las inspira y las acaudilla, hasta que consigan la victoria. Después de la Reina viene naturalmente su consejo supremo -el Concilium-, que trata de representarla de modo visible y de compartir con Ella la dirección general de todos los, demás consejos subordinados de la Legión.
Estos consejos inferiores tendrán tanto más de cuerpos representativos cuanto más reducida sea su esfera de jurisdicción; pues, cuanto más extenso es el territorio que abarca un consejo central, tanto mayor será la dificultad de conseguir que asistan todos los miembros a las juntas regulares del mismo. Así que los términos curia, comitium, regia y senatus están bien aplicados a los territorios respectivos, y ponen bien de relieve el carácter distintivo y la posición relativa de cada uno de estos cuerpos de administración.
19. Un consejo superior podrá combinar con sus funciones propias las de un consejo inferior. Un senatus, por ejemplo, puede funcionar también como curia, y en la práctica así lo hace, invariablemente. Esta combinación de funciones pude ser ventajosa, y quizá hasta necesaria, por las siguientes razones:
a) siendo comúnmente las mismas personas las encargadas de la administración del consejo superior e inferior, una sola junta podría hacer las veces de dos;
b) y lo que importa más: como un consejo superior suele tener sus componentes muy extendidos y distantes, probablemente no podrán asistir a las juntas con la regularidad debida, y, en consecuencia, quedarán solo unos cuantos legionarios celosos para despachar un cúmulo de negocios; y eso conduce inevitablemente a muchas negligencias y al abandono, ocasionando serio perjuicio a la Legión.
La fusión de atribuciones del consejo superior e inferior hará que la asistencia a las juntas sea nutrida y constante, y que los socios, además de cumplir con sus deberes en el consejo inferior, se interesen y se inicien en el trabajo del consejo superior; y esto les llevará a ofrecer y prestar en éste sus servicios para los importantísimos oficios de inspección, extensión y correspondencia.
Se dirá en contra, tal vez, que semejante proceder equivale a entregar la dirección de una dilatada zona en manos de un consejo que no pasa de ser local, y que mejor sería hacer funcionar e! consejo superior por separado, contentándose, por ejemplo, con cuatro juntas al año, para poder contar así con representación plena, o casi plena. Esta objeción -que parece mirar por los intereses de una administración representativa- no corresponde a la realidad de las cosas; durante los largos intervalos entre junta y junta, el consejo superior se vería forzado a dejar la tramitación de sus asuntos sólo en manos de sus oficiales, y los demás miembros de! consejo no harían de administradores más que de. nombre y pronto perderían conciencia de su responsabilidad, y dejarían de tener verdadero interés en la obra.
Es más: un cuerpo administrativo que se reuniera tan pocas veces, se parecería más bien a un congreso que a un consejo. No poseería las cualidades para gobernar, empezando por la principal: el sentido de continuidad y el familiarizarse muy de cerca con la administración y sus problemas.
20. Todo legionario tiene derecho a comunicarse privadamente con su curia o con cualquier consejo superior de la Legión. Y este consejo, al tratar asuntos así comunicados, obrará con prudencia, y sin suplantar al consejo inferior en sus deberes y derechos. Se podrá objetar que salir así de las vías normales, de comunicación con los consejos superiores -es decir, mediante el cuerpo inmediato (praesidium o consejo)- sería un acto de deslealtad. No es así: es un hecho que a veces, por distintas razones, los oficiales se abstienen de comunicar a los consejos superiores asuntos que deberían comunicar; y, si no hubiera abiertas otras vías de información, los consejos superiores se verían privados de datos que necesitan. Para funcionar como es debido, cada consejo tiene el derecho de saber lo que realmente está pasando dentro del campo confiado a su cuidado, y este derecho esencial hay que protegerlo.
21. A cada cuerpo legionario incumbe el deber de ayudar económicamente al consejo superior inmediato. En relación a esto véanse las secciones sobre fondos y la colecta secreta (capítulos 34 y 35).
22. La, esencia misma del consejo legionario es la franca y libre discusión de sus asuntos y problemas. No es meramente un cuerpo de vigilancia, ni sólo de orientaciones y decisiones, sino una escuela para los oficiales. Pero ¿cómo pueden estos formarse si no hay discusión, si no se aclaran bien los principios legionarios, los ideales, etc.? Y esta discusión tiene que ser patrimonio de todos. De ninguna manera puede permitirse que una curia u otro consejo se parezca a un teatro, en el que, una pequeña minoría haga una representación delante de un auditorio callado. La curia funciona plenamente cuando todos sus miembros contribuyen a ella. Cada miembro es como una célula del cerebro. Si esas células dejan de funcionar en gran proporción, ese cerebro es un peligro para el hombre que lo posee. Ahora bien, si un miembro de la curia no toma parte activa dentro de ella, no trabaja; si sólo escucha, tal vez reciba algo de la curia, pero él no le aporta nada. Y bien puede ser que salga de las reuniones con las manos vacías, en virtud de una ley psicológica, según la cual la falta de actividad embota la capacidad de actuar. El miembro habitualmente callado de la curia se parece a esa célula inerte en el cerebro -o en otro órgano del cuerpo humano- que retiene algo que debería dar, que traiciona su propia misión, y que es potencialmente un peligro para la persona. Triste sería que alguien se convierta en ese peligro para el cuerpo legionario, al que con tantas ansias desea servir. Allí donde la actividad es una necesidad vital, la pasividad es como una degeneración, y la degeneración tiende a contagiarse.
Así pues como norma, ningún socio ha de ser pasivo: tiene que aportar su contribución plena a la vida del cuerpo no solamente estando presente y escuchando, sino hablando. Suena ridículo, pero lo decimos en serio: Cada socio debería contribuir por lo menos con una observación cada año. Algunas personas son tan vergonzosas, que todo en ellas se revela contra la idea de hablar; pero tienen que vencer esa repugnancia, y, para conseguirlo, han de poner en juego algo de esa valentía que pide la Legión en todas las circunstancias.
A lo anteriormente dicho se responderá que sería imposible que todos hablaran en el tiempo disponible, y, sin duda, a veces así sucede. Pero, cuando se presente tal problema, ya se procurará resolverlo. De ordinario el problema es el opuesto -la falta de participación-, pues toman parte activa sólo los acostumbrados a hablar en público. A veces, la elocuencia de unos pocos disfraza el silencio de la mayoría, creando la engañosa impresión de que los asuntos han quedado suficientemente tratados. Con mucha frecuencia, un presidente hablador corta a todos los demás; es muy de temer ese efecto silenciador de una sola voz cantante. Y, en ocasiones el mismo presidente se excusa diciendo que, si no hablará él reinaría un silencio sepulcral. Tal vez sea verdad, pero no le ha de arredrar un momento de silencio. Ese silencio sería la más elocuente invitación a que los miembros inyecten nueva vida a la curia mediante las transfusiones de sus voces; sería para los más tímidos una garantía de que les ha llegado su momento, ahora que no van a impedir que hablen otros si dicen algo ellos.
El presidente tiene que adoptar como norma fija el no decir ni una palabra superflua. Y desde ese punto de vista debería examinar su manera de llevar la junta.
23. A fin de ayudar a la reunión, no se hable en tono retador, ni se haga una pregunta sin añadir algo que ayude a la contestación, ni se ponga una objeción-sin procurar resolverla. Adoptar una actitud negativa se diferencia muy poco de ese silencio que anula la vida.
24. Ganar por la persuasión, no vencer a fuerza de votos: he aquí la nota dominante de toda buena junta legionaria. Las decisiones forzadas contribuirán fácilmente a formar partidos -la mayoría vencedora y la minoría vencida- enfrentados por el resentimiento, y aferrado .cada cual a su propio parecer. Por el contrario, aquellas decisiones que son fruto de la paciente investigación y de la libre confrontación de ideas, serán bien acogidas por todos, y con tal espíritu, que el que pierda ganará en méritos, y el vencedor, humilde con el triunfo, no los perderá.
Así, pues, cuando aparezcan diferencias de opinión, los de la mayoría a favor de un parecer -aunque sea mayoría absoluta- no se precipiten, tengan suma paciencia: porque podrían estar equivocados; y sería lástima que, siendo ellos los más, dieran un paso en falso. A ser posible, difiérase la decisión hasta la junta pr6xima -y aun más tarde-, para examinar las cosas con mayor madurez y: conocimiento de causa; y, entretanto, entérense los socios de la cuestión bajo todos sus aspectos, y aprendan a recurrir a la oración en busca de luz. Lo esencial es que sepan los miembros que no se trata solamente de hacer prevalecer una opinión, sino de averiguar humildemente la voluntad de Dios, imbuidos de esta convicción, los socios no tardarán, por lo general, en ponerse: perfectamente de acuerdo.
25. Si en el praesidium -donde ocurren tan pocas ocasiones de chocar entre sí los distintos pareceres-, es preciso estar bien alerta para que no sufran los intereses de la buena armonía, en los consejos hay que andar con mucha más cautela; porque allí:
a) Los miembros están menos habituados a trabajar juntos,
b) Las diferencias de opinión son muchas, siendo precisamente el coordinarlas uno de los principales fines de los consejos. Nuevos, proyectos, los esfuerzos por elevar las normas de actuación a más alto nivel espiritual, cuestiones de disciplina en general, deficiencias que hay que subsanar..., todo ello tiende necesariamente a crear divergencias de opinión, y a desarrollar el germen de la discordia entre los socios.
c) Donde los miembros sean numerosos, muy fácilmente llegan a destacarse ciertas personas, que, con ser buenos apóstoles, son de temperamento llamativo, “original”. Los tales ejercen una influencia perniciosísima, pues sus cualidades brillantes les atraen simpatizantes, y entre unos y otros crean un ambiente de disputa que todo lo desazona. Y, al fin, un consejo que debía de dar a los, organismos inferiores ejemplo de hermandad y acierto en el manejo de los asuntos, viene a ser el escándalo de todos los legionarios. Es un corazón que bombea acidez en la circulación de la Legión.
d) Sucede frecuentemente que algunos, llevados de un falso celo, tienden a meterse contra algún consejo vecino o superior, acusándole de que se extralimita en el ejercicio de sus poderes, o de que no se comporta debidamente. ¡Y qué fácil es dar cuerpo a una acusación, y conseguir que la confirmen los demás!
e) “Nunca se reúnen los hombres en gran número sin que la pasión, el amor propio, la soberbia y la incredulidad, más o menos en estado latente en cada corazón individual, estallen y lleguen a ser elemento destructivo de su unión. Aun cuando hay fe en el conjunto del pueblo, aun cuando se congregan hombres religiosos para fines religiosos, en llegando a asociarse, no tardan en mostrar a las claras la flaqueza innata del hombre: en su espíritu y en su conducta, en su hablar y en su obrar están muy lejos de la verdadera sencillez y rectitud cristianas. Esto es lo que quieren significar los escritores sagrados por la palabra mundo, y esta es la razón por la que nos ponen en alerta contra él. Y la definición que dan del mundo abarca, en diversos grados, a toda reunión y colectividad humana, de las clases altas y bajas, de carácter nacional y profesional, seglar y eclesiástico” (Cardenal Newman, En el mundo).
Palabras chocantes, sin duda, pero son de un gran pensador. San Gregorio Nacianceno viene a decir lo mismo en otros términos. Lo que a primera vista parece una afirmación rara, analizándolo, se reduce simplemente a lo siguiente: mundo es toda falta de caridad; en nosotros la caridad es floja; y no percibimos esta escasez de amor por nuestras relaciones habituales, a causa de los fuertes lazos del parentesco, la intimidad y la amistad -grupos limitados de personas; pero, cuando los hombres se asocian en mayor número, y empiezan a brotar críticas y desavenencias, queda patente la flaqueza de nuestra caridad, que nos acarrea funestas consecuencias. Dice San Bernardo: “Dios y la caridad son una sola cosa. Allí donde no reina la caridad, dominan las pasiones y apetitos del hombre de pecado. La antorcha de la fe, si no se enciende con el fuego de la candad, se apagará antes de que lleguemos a la felicidad eterna... No hay virtud auténtica sin caridad”.
De poco les aprovechará a los legionarios leer esas líneas y luego, confiados, jurar que entre ellos “no habrá tales cosas”. Sí, puede haberlas, y las habrá, si en sus juntas se falta contra la caridad y se deja enfriar el espíritu sobrenatural.
Hay que estar siempre en guardia. Cuentan las historias que la Legión romana jamás dejaba pasar una sola noche ni en las marchas más forzadas- sin asentar firmemente su campamento, atrincherándolo y fortificándolo con todo empeño y esmero. Y esto, aunque no debieran acampar más que una noche en un lugar, anque el enemigo estuviese lejos, aun en tiempo de paz. Esmérese, pues, la Legión de María, imitando tan férrea disciplina, en proteger sus campamentos -que son sus juntas- contra toda posibilidad de ataque por parte de ese espíritu siniestro del mundo, cerrando la puerta a toda palabra y actitud hostil a la caridad, y saturando las juntas de espíritu religioso y de generosa entrega en el servicio de la Legión.
“No menos que la naturaleza, tiene la gracia sus sentimientos y afectos. Tiene ella su amor, su celo, sus esperanzas, sus gozos y sus tristezas. Ahora bien, tales sentimientos de la gracia se hallaron siempre en toda su plenitud en nuestra Señora, que vivió mucho más de la gracia que de la naturaleza. Por mejor decir, la inmensa mayoría de los fieles se hallan más en estado de gracia que en la vida de la gracia. De manera muy distinta, la Virgen santa estuvo siempre en gracia, y, lo que es más, en la vida de la gracia, y en la misma perfección de esa vida de la gracia; y eso, por todo el tiempo de su vida en la tierra” (Gibieuf, La Virgen paciente al pie de la Cruz).
2. LA CURIA Y EL COMITIUM
1. Cuando en una ciudad, pueblo o distrito se hayan fundado dos o más praesidia, se procederá a la formación de una directiva llamada curia. La curia la forman todos los dirigentes de los varios praesidia establecidos en su territorio, incluso los directores, espirituales.
2. Donde fuere preciso conceder a una curia, además de los poderes ordinarios, otros de supervisión sobre una o varias curiae, esta curia superior se llamará con el nombre específico de comitium.
El comitium no es un consejo nuevo. Sigue obrando como curia con relación a su propio territorio, gobernando directamente a sus praesidia, y, además, ejerce vigilancia sobre una o más curiae.
Cada curia o praesidium directamente relacionado con el comitium tendrá derecho de representación plena en él.
Para ahorrar a los representantes de una curia el tener que asistir todas las juntas del comitium -las cuales, añadidas a las de la propia curia, resultarían un compromiso excesivo-, puede permitirse que se traten cada dos o tres juntas los asuntos pertenecientes a esta curia, exigiendo solo entonces la asistencia de los representantes de la dicha curia.
Normalmente, el comitium no rebasará los límites de una diócesis.
2. LA CURIA Y EL COMITIUM 1. Cuando dos o más Praesidia se han establecido en cualquier ciudad, pueblo, o distrito, un órgano de gobierno denominado la Curia deberá crearse. La Curia se compone de todos los oficiales (Directores Espirituales incluidos) de los Praesidia de su área. 2. Cuando se considere necesario otorgar a una Curia, además de sus funciones propias, algunas facultades de gobierno, sobre una o varias Curiae, tal Curia superior se llamará en particular un Comitium y cada una de sus reuniones se considera una reunión de Comitium estén o no presentes los representantes de las Curiae. El Comitium no es un nuevo Consejo. Se sigue actuando como en una Curia respecto a su propia esfera y gobierna directamente sus propios Praesidia. Además, supervisa una o más Curiae. Las elecciones de las Juntas Directivas de estas Curiae están sujetas a la ratificación del Comitium, como el Consejo Superior inmediato. Cada Curia y praesidium directamente relacionados con un Comitium tiene derecho pleno a representación en este último y, por tanto, sus Oficiales tienen derecho a voto en las elecciones de la Junta directiva del Comitium. Con el fin de aliviar a los representantes de la Curia la asistencia a todas las reuniones del Comitium (lo que, añadido a las reuniones de su propia Curia, podrían constituir una carga excesiva), puede permitirse que se traten cada dos ó tres juntas los asuntos pertenecientes a esta Curia, exigiéndose solo entonces la asistencia de los representantes de dicha Curia ese mes. Un Comitium normalmente no cubre un área mayor a una Diócesis, pero podrá cubrir un área más pequeña. Si una diócesis tiene muchas Curiae o cuando las Curiae están muy alejadas, de un Comitium, tal vez varios, puedan ser necesarios y deseables. Pueden existir circunstancias en las que, para los efectos de una buena administración, y con la aprobación eclesiástica, un Comitium podría establecerse. La consulta para supervisar una o más Curiae en otra diócesis o diócesis.
3. El director espiritual será nombrado por el Ordinario de la diócesis donde funcione la curia o el comitium.
4. La curia ejercerá autoridad sobre sus praesidia con arreglo al Manual de la Legión. Nombrará los cargos de dichos praesidia -menos el de director espiritual -, y estará al tanto de la fecha del término de los mismos.
En cuanto al modo de hacer el nombramiento de los cargos, véase el párrafo 11 del capítulo 14 que trata del praesidium.
5. La curia velará por la puntual observancia del reglamento por parte de los praesidia y de sus miembros.
Entre las actividades importantes de la curia se contarán las siguientes:
a) supervisar a los oficiales y formarles en el desempeño de sus deberes propios y en el modo de dirigir al praesidium;
b) recibir informes de los praesidia, al menos una vez al año;
c) intercambiar experiencias;
d) estudiar obras nuevas;
e) ajustar las obras a elevadas normas de perfección;
f) procurar que cada legionario cumpla su cometido a satisfacción;
g) extender la Legión, y animar a los praesidia a que alisten para la misma socios auxiliares, y, una vez alistados, a que los organicen y cuiden.
Una vez cubiertos los cargos de la curia, la Legión le exige, sobre todo a sus dirigentes, un alto grado de valor moral, para poder cumplir sus obligaciones dignamente.
6. La suerte de la .Legión está en manos de sus curiae; su porvenir depende del desarrollo de éstas; y su misma existencia será precaria en cualquier localidad hasta fundar en ella la curia.
7. Los legionarios menores de 18 años no pueden pertenecer a la curía de adultos; pero, si ésta lo cree oportuno, podrá erigir otra curia juvenil dependiente de ella.
8. Es absolutamente esencial que los oficiales de la curia -y en especial el presidente- estén siempre dispuestos a recibir a sus legionarios, para dialogar sobre dificultades y proyectos o cualquier otra materia que no se crea oportuno tratar en una discusión pública.
9. Es muy de desear que los oficiales -sobre todo el presidente- puedan dedicar bastante tiempo al desempeño de sus cargos, pues de ellos depende tanto el fruto de la obra.
10. Cuando de una sola curia depende gran número de praesidia, habrá, naturalmente, muchos representantes, y a veces podrán .surgir dificultades para celebrar las reuniones y para el buen funcionamiento legionario; así y todo, la Legión estima que tales dificultades resultarán abundantemente compensadas con ventajas de otro orden. La Legión espera que sus curiae sean algo más que meros mecanismos administrativos: quiere que sean como la cabeza y el corazón del grupo de praesidia que integran cada una. La curia es el centro de unidad para los praesidia representados, y, cuanto más numerosos sean los representantes -es decir, cuanto más numerosos sean los lazos que unen a la curia con el praesidium- más fuerte será esta unidad, y, por consiguiente, tanto más fácil les será a dichos praesidia conocer y vivir el espíritu y las normas de la Legión. La junta de la curia es el único lugar donde podrán discutirse debidamente las cosas pertenecientes a la esencia de la Legión, y de ella han de manar las enseñanzas auténticas, para ser luego transmitidas a los praesidia, en bien de los socios particulares.
11. La curia hará que se pase visita oficial a cada praesidium periódicamente -a ser posible dos veces al año-, con el doble fin de animarlo y de ver si todo va según las normas. Importante: no hay que hacer estas visitas para censurar y criticar -eso acabaría por hacerlas odiosas, y las sugerencias de los visitadores no serían bien recibidas-, sino con espíritu de humildad y caridad; sepan los visitantes que en cualquier praesidium podrán aprender de él tanto o más de lo que van a enseñarle.
El praesidium deberá recibir aviso de la visita con ocho días de anticipación por lo menos.
A veces se oyen quejas contra estas visitas, juzgándolas como intromisiones de fuera. Semejante actitud no concuerda con el respeto debido a la Legión, de la cual los praesidia no son más que destacamentos, y deberían ser destacamentos leales. ¿Dirá acaso la mano a la cabeza: no me haces falta? Eso sería, además, una ingratitud: pues, ¿a qué deben los praesidia su misma existencia, sino a esas intromisiones? Y los que así hablan suelen ser del todo inconsecuentes: acogen con sumo agrado cualquier cosa proveniente de la autoridad central cuando les halaga; pero se niegan a la enseñanza de una experiencia común: en toda organización -religiosa, civil o militar- el reconocimiento espontáneo, comprensivo y práctico del principio de centralización es esencial para salvaguardar su buen espíritu y su funcionamiento. La visita regular a los centros de una organización es parte importantísima en la aplicación de este principio, y no hay autoridad eficiente que la descuide.
Aun prescindiendo de su necesidad para el bienestar del praesidium, estas visitas forman parte del reglamento, y por eso todos los praesidia deberán insistir en que la curia las haga; y por supuesto, han de acoger a los visitantes cordialmente.
Con ocasión de estas visitas se examinarán las listas de los socios, los libros de tesorería y secretaría, la cartilla de trabajo y demás objetos del praesidium, con el fin de juzgar si están según las normas, y para cerciorarse de que hayan hecho la promesa legionaria a su tiempo todas las personas aptas.
Esta visita la deberían hacer dos representantes de la curia. No es necesario que sean exclusivamente oficiales de la curia; puede encargársele a cualquier legionario experimentado. Los que han realizado la visita presentarán luego a los oficiales de la curia un informe sobre el resultado de su visita. Se puede pedir al Concilium un ejemplar de estos informes.
No hay que airear en seguida los defectos hallados en el praesidium, ni en éste ni en la curia; discútanse primero con el director espiritual y con el presidente del praesidium; si con esto no se logra poner remedio, propóngase a la curia.
12. La Curia guarda con sus miembros - más o menos - la misma relación que el praesidium con los suyos. Y cuanto se diga en estas páginas sobre la asistencia y conducta de los legionarios en las juntas del praesidium vale igualmente para los representantes de los praesidia en las juntas de la curia. Ya pueden ser celosos los oficiales de los praesidia en otras cosas, que si no son fieles en asistir a las juntas de su Curia, poco les aprovechará.
13. La Curia se reunirá en el tiempo y lugar que determine ella misma, con aprobación del consejo superior inmediato. A ser posible, la curia se reunirá por lo menos cada mes. Véase las razones de esta frecuencia en este capítulo, sección 1, párrafo 19.
14. El secretario de la Curia - consultando con el presidente- redactará previamente un programa de las cuestiones que se han de tratar en la próxima junta, distribuyendo este programa entre todos los directores espirituales y presidentes de los distintos praesidia representados en la curia, antes de que dichos praesidia celebren su junta anterior a la de la Curia. Al presidente de cada praesidium corresponde avisar a los demás representantes.
El mencionado programa será a: modo de guión, y se concederá a los socios la más amplia libertad para exponer otros puntos.
15. La Curia velará con sumo cuidado para no permitir que los praesidia se dejen llevar del deseo de dar ayuda económica, pues eso mataría el fruto legionario de toda obra apostólica. La inspección periódica de los libros de cuentas ayudará a la curia a percibir en sus comienzos cualquier desviación de esta regla.
16. El presidente -y esto vale para todos los dirigentes- tiene que estar alerta para no cometer una falta por desgracia demasiado común: la de asumir la responsabilidad exclusiva aun de los detalles más mínimos. Eso acarrearía el entorpecimiento de la organización, y, en centros populosos y de mucho trabajo, hasta una paralización completa. Cuanto más estrecho es el cuello de la botella, más lento saldrá su contenido, hasta que, a veces, en su impaciencia, la gente rompe el cuello.
Pero más serio aun es privar de responsabilidad a quienes son capaces de asumirla; es cometer una injusticia contra ellos y contra la Legión. El ejercicio de alguna responsabilidad -por mínima que sea- es factor decisivo en el desarrollo progresivo de las cualidades de cada persona. La conciencia de la propia responsabilidad puede transformar simple arena en oro puro.
Por lo tanto, ni el secretario se ha de limitar al trabajo de secretario, ni el tesorero al cuidado de las cuentas. Todos los oficiales y los legionarios veteranos, y cuantos den indicios de buenas prendas para el futuro, deberían tener campo donde explayar su iniciativa y asumir el mando en cosas de las que salgan ellos responsables, aunque subordinados a la autoridad superior. Todo ello con miras a imbuir profundamente en cada legionario la conciencia de su deber para con el bienestar y desarrollo de la Legión, como medio poderoso de ayudar a las almas.
“Todas las obras de Dios están cimentadas sobre la unidad, porque el fundamento de todas ellas es Él mismo, la más pura y trascendente de todas las unidades posibles. Dios es el Uno por antonomasia; pero, siendo al mismo tiempo multiforme en sus atributos y actos -según nuestro entender-, se deduce que el orden y la armonía pertenecen a su misma esencia” (Cardenal Newman, El orden como testigo e instrumento de la unidad. Esta cita y las tres siguientes forman, en el original un solo párrafo).
3. LA REGIA
l. Se llamará regia a un consejo designado por el Concilium para ejercer su autoridad sobre la Legión de María en una extensa región cuyo rango estará próximo al de un Senatus. El Concilium decidirá si una regia se afiliará directamente al Concilium o a un Senatus.
2. Cuando a un consejo ya existente se le ha conferido el rango de regia, este consejo continuará ejerciendo sus funciones originales además de sus nuevas responsabilidades (ver sección 1ª, párrafo 19 de este capítulo: Administración de la Legión).
Los miembros de la regia serán: a) los oficiales de cada cuerpo legionario directamente afiliados a la regia, y b) los miembros del consejo al que se le ha conferido el rango de regia, cuando sea éste el caso.
3. El director espiritual de una regia será designado por los obispos de las diócesis en la que la regia tenga jurisdicción.
4. La elección de oficiales de consejos directamente afiliados está sujeta a ratificación por parte de la regia. Estos oficiales tienen el deber de asistir a las reuniones de la regia, a menos que las circunstancias (por ejemplo la distancia, etc.) se lo impidan.
5. La experiencia ha demostrado que el designar corresponsales es la forma más efectiva que tiene la regia de cumplir con sus funciones de superintendencia para con sus consejos afiliados más distantes. El corresponsal se mantiene en contacto permanente con el consejo, y, con las actas que recibe mensualmente, prepara un informe para presentarlo en la reunión de la regia cuando le sea requerido. Asiste a las reuniones de la regia y participa en las gestiones, pero, si no es miembro de la regia, no tiene derecho a voto.
6. Una copia de las actas de las reuniones de la regia ha de enviarse al consejo al que está directamente afiliado.
7. Cualquier cambio que se proponga para la composición de la regia, que afecte de forma significativa al núcleo de los asistentes a la reunión, requerirá una sanción oficial por parte del Concilium, siempre que la regia esté afiliada directamente al Concilium o Senatus.
8. En la antigua Roma, la regia era la residencia y despacho del Pontífice Máximo; más tarde representaba a una capital del reino o a la corte de un Rey.
“Ser múltiple y distinto en sus atributos, y ser, no obstante, solo uno; ser la Santidad, la Justicia, la Verdad, el Amor, el Poder, la Sabiduría; ser a la vez todos estos atributos tan plenamente como si no se fuese más que uno solo de ellos y los demás no existiesen, indica en la divina naturaleza un orden infinitamente soberano e inaccesible a nuestra razón; y este orden es un atributo en Dios tan maravilloso como cualquier otro: es el resultado de todos ellos” (Cardenal Newman, El orden como testigo e instrumento de la unidad).
4. EL SENATUS
1. El consejo designado por el Concilium para ejercer su autoridad sobre la Legión de María en un país se llamará senatus. Debe estar afiliado directamente al Concilium.
En países donde, por su extensión o por otras razones, no fuera conveniente un solo senatus, puede aprobarse la constitución de dos o más senatus, cada uno de los cuales dependerá directamente del Concilium, y ejercerá la autoridad sobre la Legión en la zona asignada al mismo por el Concilium.
2. Cuando la categoría de senatus haya sido conferida a un Consejo existente, éste continuará ejerciendo sus funciones originales además de sus nuevas responsabilidades (ver sección 1, párrafo 19, de este capítulo sobre Gobierno de la Legión).
La calidad de miembro del senatus la tendrán: a) los oficiales de cada cuerpo legionario directamente afiliado al senatus, y b) los miembros del consejo al que le ha sido concedida la categoría de senatus, cuando éste sea el caso.
3. El director espiritual de un senatus será designado por los obispos de las diócesis en las que el senatus tiene jurisdicción.
4. Las elecciones de oficiales de consejos directamente afiliados están sujetas a ratificación por parte del senatus. Estos oficiales tienen el deber de asistir a las reuniones del senatus, a menos que determinadas circunstancias (por ejemplo, la distancia, etc.) les impida hacerlo.
5. La experiencia ha demostrado que la designación de corresponsales es la forma más efectiva que tiene el senatus para desarrollar las funciones de superintendencia de aquellos consejos que se encuentran distantes. El corresponsal se mantiene en contacto regular con el consejo, y, con las actas que recibe mensualmente, prepara un informe que presentará en la reunión del senatus cuando le sea requerido. Asiste a las reuniones del senatus y toma parte en los temas que se traten, pero, a menos que sea miembro del senatus, no tiene derecho a voto.
6. Una copia de las actas de las reuniones del senatus deberá enviarse al Concilium.
7. Cualquier cambio que se proponga en la composici6n del senatus que pudiera afectar de manera significativa la asistencia a la reuni6n, requeriría una sanci6n formal por parte del Concilium.
“Dios es la Ley infinita lo mismo que el infinito Poder, Sabiduría y Amor. La idea misma de orden implica la de subordinación. Si existe el orden entre los divinos atributos, éstos tienen que tener relaciones mutuas, y cada cual, aunque perfectísimo en sí, tiene que obrar de tal manera que no perjudique la perfección de los demás; y en ciertas coyunturas, nos parecerá como que cede a ellos” (Cardenal Newman, El orden como testigo e instrumento de la unidad).
5. EL CONCILIUM .LEGIONIS MARIAE
1. Habrá un consejo central que se llamará Concilium Legionis Mariae, en el que recaerá la suprema autoridad de gobierno de la Legi6n. A él, y sólo a él, sujeto siempre a los derechos de la Autoridad Eclesiástica como se especifica en estas páginas, le competerá establecer, alterar o interpelar las reglas; establecer o rechazar los praesidia y consejos subordinados, donde quiera que se encuentren; determinar la política de la Legi6n en todos sus puntos, fallar sobre todas las disputas y apelaciones, resolver todas las preguntas de sus miembros, y todo lo referente a la posibilidad de emprender obras o el modo de llevarlas a cabo.
2. El Concilium Legionis Mariae se reúne mensualmente en Dublín, Irlanda.
3. El Concilium puede delegar parte de sus funciones a los consejos subordinados o a praesidia particulares, y puede, en cualquier momento, alterar la concesión de los poderes delegados.
4. El Concilium está facultado para combinar las funciones de uno o más consejos con las suyas propias.
5. El Concilium Legionis Mariae estará compuesto por los oficiales de cada cuerpo legionario que esté directamente afiliado al Concilium. Los oficiales de las antiguas Curiae de la ciudad de Dublín forman el núcleo de asistentes a las reuniones del Concilium. Debido a la distancia, etc., no es posible la asistencia con regularidad por parte de la gran mayoría de otros cuerpos legionarios. El Concilium se reserva el derecho de variar la representación de las Curiae de Dublín.
6. El director espiritual del Concilium será nombrado por la Jerarquía de Irlanda.
7. La elección de miembros de consejos directamente afiliados estará sujeta a ratificación por parte del Concilium.
8. El Concilium designará corresponsales para cumplir las funciones de superintendencia de sus consejos distantes.
El corresponsal se mantendrá en contacto regular con el consejo, con las actas recibidas mensualmente, preparará un informe que presentará en la reunión del Concilium y tomará parte en los temas que se traten, pero, a menos que sea miembro del Concilium, no tendrá derecho a voto.
9. Los representantes del Concilium, debidamente autorizados, pueden entrar en cualquier demarcación legionaria; visitar los cuerpos legionarios que se encuentren en ella, trabajar en su promoción, y, por lo general, ejercer las funciones propias del Concilium.
10. Sólo al Concilium Legionis Mariae le corresponderá el derecho de modificar el Manual, pero en fidelidad a la Constitución y a las reglas de la Legión.
No pueden efectuarse cambios en las reglas sin el consentimiento de la mayoría de los cuerpos legionarios. A estos últimos, a través de sus consejos correspondientes, se les notificará cualquier cambio de regla propuesto, y se les dará tiempo suficiente para exponer sus puntos de vista al respecto. Los puntos de vista se expresarán a través de sus representantes presentes en la reunión del Concilium, o por escrito.
"El Poder de Dios es ciertamente infinito, pero, aun así, está subordinado a su Sabiduría y Justicia; también es infinita su Justicia, pero ésta, a su vez, está subordinada a su Amor; y el mismo Amor, aunque infinito, está subordinado a su incomunicable Santidad. Hay tal concierto entre atributo y atributo, que jamás se da lugar a choque: cada uno es supremo en su propia esfera. Y, así, una infinidad de infinitos, cada uno obrando según su propio modo de ser, se combinan armoniosamente en la Unidad infinitamente simple de Dios” (Cardenal Newman, El orden como testigo e instrumento de la unidad).
29
LEALTAD LEGIONARIA
Organizar significa hacer de muchos uno. Desde el simple miembro, subiendo por los diversos grados de autoridad, hasta la suprema en la Legión, tiene que dominar el principio de la mutua cohesión: cuanto más se aparte uno de este principio, tanto más se alejará del principio de vida.
En una organización voluntaria, la fuerza cohesiva es la lealtad: lealtad del socio hacia el praesidium, del praesidium hacia su curia, y así, ascendiendo a través de los diferentes grados de la autoridad, hasta el Concilium, y a las autoridades eclesiásticas en todo lugar. El verdadero espíritu de lealtad inspirará al legionario, y al praesidium, y al consejo, profundo horror a toda actuación independiente. En casos dudosos, en trances difíciles, y al tratar de obras u orientaciones nuevas, se recurrirá obligatoriamente a la autoridad competente, en busca de luz y aprobación.
Fruto de la lealtad es la obediencia, y la obediencia se prueba aceptando con prontitud y buen ánimo situaciones y decisiones desagradables; y aceptándolas con alegría. Obediencia tan pronta, y tan de corazón, siempre cuesta; a veces raya en el heroísmo, hasta en el mismo martirio: tanta es la oposición que la obediencia impone muchas veces a nuestras propias inclinaciones. San Ignacio de Loyola la pondera así “Aquellos que, por un generoso esfuerzo, se resuelven a obedecer, ganan grandes méritos, pues la obediencia entraña un sacrificio parecido al martirio”. Esta es la heroica y dulce sumisión que la Legión exige a sus socios ante toda autoridad legítima, sea cual fuere.
La Legión es un ejército -el ejército de la Virgen humildísima y como tal, es preciso que muestre en su actuación, día a día, lo que tanto nos enseñan los ejércitos de la tierra: heroísmo y sacrificio hasta la inmolación suprema. También a los legionarios de María se les pedirán grandes sacrificios, y continuamente. No estarán llamados, tal vez, como los soldados de este mundo, a ver destrozados sus cuerpos por las heridas y la muerte: han de subir gloriosamente más alto todavía, a las regiones del espíritu, y estar prontos a ofrecer sus sentimientos, su propio parecer, su independencia, su orgullo y su voluntad, a los golpes de la contradicción, y a la misma muerte -lo cual supone una sumisión, total- , cuando lo exija la autoridad.
Dice Tennyson: “Siendo, como es, la obediencia el alma de todo gobierno, desobedecer es asestarle un golpe fatal”. Pero el hilo de la vida legionaria se rompe con menos aún que con la simple transgresión voluntaria; para aislar los praesidia y los consejos de la gran corriente vital de la Legión, basta que sus respectivos oficiales descuiden sus deberes de asistir a las juntas o de mantener correspondencia con las autoridades legionarias. También es destructora la actuación de aquellos oficiales y socios que, cuando asisten a las juntas, lo hacen de modo que tienden a crear la desunión, por cualquier motivo que sea.
“Jesús obedeció a su Madre. Habéis visto como todo lo que nos narran los evangelistas de la vida oculta de Cristo en Nazaret, con María y José, se resume en estas palabras: Vivía sujeto a ellos y progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 51-52). ¿Acaso se descubre aquí alguna cosa incompatible con su divinidad? No por cierto. El Verbo se hizo carne; descendió hasta tomar una naturaleza semejante en todo a la nuestra, menos en el pecado; vino - según sus propias palabras- no a que le sirvieran, sino a servir (Mt 20,28); a ser obediente hasta la muerte (Flp 2,8), Y por eso quiso obedecer a su Madre. En Nazaret obedeció a María y a José, los dos seres más privilegiados que Dios le deparó en esta vida. Hasta cierto punto María participa de la autoridad del Eterno Padre sobre la humanidad de su Hijo. Jesús pudo decir de Ella lo que dijo de su Padre celestial: Hago siempre lo que le agrada (Jn 8,29)” (Marmión, Cristo, vida del alma).
30
ACTOS PÚBLICOS
Cada curia tiene la obligación de reunir periódicamente a sus miembros, para que lleguen a conocerse y fomentar entre ellos el espíritu de unión.
Los actos públicos de la Legión son los siguientes:
1. EL ACIES
Dada la importancia que tiene para la Legión la devoción a María, cada año se consagrarán a Ella los legionarios, individual y colectivamente, el día 25 de marzo -o en una fecha lo más cercana a esa- en un acto solemne llamado acies.
Esta voz latina -que significa un ejército en orden de batalla- designa con propiedad la ceremonia en que se reúnen los legionarios de María para renovar su homenaje a la Reina de la Legión, y para recibir de Ella fuerza y bendición para otro año más de lucha contra las fuerzas del mal. Acies contrasta con praesidium: el primero representa a la Legión congregada, en formación; el segundo, a la misma Legión repartida en diversas banderas, entregada cada cual a su propio campo de operaciones.
Puesto que el acies es el gran acto central del año para la Legión, es, necesario subrayar la importancia de que acudan todos los socios.
La idea fundamental de la Legión -en que estriba todo lo demás - es que se trabaja en unión con María, su Reina, y bajo su mando. El Acies es una declaración solemne de dicha unión y dependencia, la renovación -individual y colectiva- de la declaración legionaria de lealtad. Si algún legionario, pues, pudiendo acudir a la función, no acude, da a entender manifiestamente que no tiene nada o muy poco del espíritu de la Legión, y que no la beneficia gran cosa con haberse alistado en sus filas.
El procedimiento es como sigue:
En el día señalado para la ceremonia se reunirán los legionarios, si es posible, en alguna Iglesia, donde se habrá colocado en sitio conveniente una imagen de María Inmaculada, adornada de flores y luces, y delante de ella un modelo grande del vexillum de la Legión, descrito en el capítulo 27.
Empieza la función con un himno, y sigue después el rezo de las oraciones iniciales de la Legión, incluyendo el rosario. A continuación, un sacerdote explicará el significado del acto de consagración que se va a hacer; después de la plática, se inicia la procesión hacia la imagen de la Virgen. Van primero los directores espirituales, de uno en uno. Luego los legionarios, también de uno en uno, o de dos en dos si son muchos. Al llegar al vexillum, cada uno - o cada par - se detiene, coloca su mano en el asta del mismo, y pronuncia en voz alta, como acto de consagración individual, estas palabras: Soy todo tuyo, Reina mía, Madre mía, y cuanto tengo tuyo es.
Dicho esto el legionario deja el vexillum, hace una pequeña inclinación de cabeza y se retira. Si por el crecido número de legionarios resultase el desfile largo y monótono, se podrá amenizar el acto con alguna música adecuada.
No se debe usar más de un vexillum; duplicarlos abreviaría el acto, pero destruiría su unidad. Y, además, la prisa añadiría una nota discordante. La característica particular del acies deberá ser su orden y dignidad.
Vueltos a sus puestos todos los legionarios, un sacerdote lee en voz alta el acto de consagración a nuestra Señora en nombre de todos los presentes. Después, todos en pie, rezan las oraciones de la catena. Luego sigue, si hay la menor posibilidad, la Bendición con el Santísimo, y se termina con las oraciones finales de la Legión y el canto de un himno, y termina el Acies.
Si es posible, inclúyase en el programa la celebración de la Eucaristía, en vez de la Bendición con el Santísimo. Los otros detalles de la ceremonia permanecerían igual. La Eucaristía asumiría en sí todas las consagraciones y ofrendas ya hechas, y serviría para presentarlas al Padre Eterno mediante el “'único Mediador” y en el Espíritu Santo, y en las manos maternales de la generosa compañera y humilde esclava del Señor” (LG,6l').
La citada fórmula de consagración: Soy todo tuyo, Reina, mia, Madre mía, y cuanto tengo tuyo es, no debe pronunciarse mecánicamente, sin meditarla. Cada socio debe condensar en ella el más alto grado de comprensión y gratitud profunda. Para ayudarse a conseguirlo deberá estudiar la Síntesis mariana que aparece en este Manual como apéndice 11. Tal síntesis resume el papel singular desempeñado por María en el plan divino de la salvación, y, por consiguiente, el deber de gratitud que cada uno ha contraído con Ella. Tal vez se podría hacer de esa síntesis el tema de la lectura espiritual y de la allocutio en la junta del praesidium precedente al acies.
Se ha sugerido que se use también como el acto colectivo de consagración en la ceremonia misma.
“María es el espanto de los poderes infernales. Es terrible como un ejército en orden de batalla (Ct 6,10), porque sabe desplegar con estrategia su poder, su misericordia y sus oraciones para derrota del enemigo y para triunfo de sus siervos” (San Alfonso de Ligorio).
2. LA REUNIÓN GENERAL ANUAL
El día más próximo posible a la fiesta de la Inmaculada Concepción se celebrará un acto social, en el que se reúnan todos los miembros. Si se cree oportuno, se puede comenzar con un acto de culto en la Iglesia.
A continuación se celebra la función social. Si no se hubieran rezado antes en la Iglesia las oraciones legionarias, se rezarán durante la velada, divididas en tres partes.
Es mejor limitar el programa de la velada a números presentados por los legionarios. Además de números festivos, debería haber algunas charlas o informes de interés legionario.
De sobra está recordar a los legionarios que en estas funciones no caben etiquetas. Hay que evitarlas a toda costa, sobre todo cuando toman parte en el acto muchos legionarios. El fin del acto es que todos los presentes se lleguen a conocer mejor; con este objeto, el programa deberá ofrecer facilidades para la movilidad y la conversación. Los encargados procurarán que los socios no formen corrillos aislados, frustrándose así la finalidad principal del acto, que es fomentar el espíritu de unidad y amor en la familia legionaria.
“La alegría de San Francisco impregnaba toda su aventura espiritual de un suave encanto. Como caballero leal de Cristo, Francisco se gozaba inefablemente en servir a su Señor, imitándole en su pobreza y asemejándosele en el padecimiento; y esta dicha suprema -saboreada en la imitación, servicio y sufrimiento de Cristo-la anunció como nobilísimo cantor y trovador de Dios al mundo entero.
“Toda la vida de Francisco fue modulada desde entonces sobre la alegría, como sobre la nota dominante. Con calma imperturbable y gozo sincero cantaba para sí mismo y le cantaba a Dios las alegres canciones que brotaban de su corazón. Su empeño fue conservarse, en todo momento, interior y exteriormente alegre. En el círculo íntimo de sus hermanos también sabía dar, sin disonantes, la nota tónica de la alegría, y sabía hacerla vibrar tan sonora y armoniosamente, que ellos mismos se sentían elevar a una región poco menos que celestial. Y la misma nota de alegría que penetraba en la conversación del santo cuando hablaba con los hombres. Sus mismos sermones -hasta predicando la penitencia- eran himnos de júbilo; y su mera presencia, ocasión de gran regocijo para personas de toda condición” (Felder, Ideales de San Francisco de Asís).
3. LA FIESTA AL AIRE LIBRE
Esta fiesta al aire libre se remonta hasta los inicios de la Legión. No es obligatoria, pero está recomendada. Podrá tomar la forma de una excursión, peregrinación, o simplemente un acto al aire libre. La Curia determinará si esta celebración ha de ser de toda la Curia o sólo del praesidium. En este caso, pueden juntarse para la fiesta dos o más praesidia.
4. LA FIESTA DEL PRAESIDIUM
Se recomienda con insistencia que cada praesidium celebre una función de carácter social alrededor de la fiesta de la Natividad de nuestra Señora. En aquellos centros donde hay muchos praesidia, podrán juntarse varios, si quieren, para celebrarla. Se puede convidar a la función a personas aptas para ser socios, a fin de, animarles a que lo sean.
Se recomienda el rezo de todas las oraciones legionarias - incluso el rosario -, divididas en, tres partes, como en la junta del praesidium. El tiempo tomado al acto social no pasará de unos cuantos minutos, pero este tributo a nuestra Señora quedará más que recompensado con el mayor fruto de la función. La Reina de Legión es también la “Causa de nuestra alegría”, y nos pagará nuestro recuerdo y devoción, haciendo que la función sea para todos ocasión de singular gozo.
Entre los números musicales se intercalará por lo menos una breve charla legionaria. Así aprenderán todos un poco más acerca de la Legión y, de paso, el programa resultará más variado. El mero entretenimiento tiende a cansar.
5. EL CONGRESO
El primer Congreso de la Legión lo celebró la Curia de Clare, Irlanda, el domingo de resurrección del año 1939. Su feliz resultado animó a otros, como suele suceder con los éxitos, y ahora el congreso está profundamente arraigado en la vida de la Legión.
Un Congreso no debe rebasar los límites de un Comitium o de una Curia. Asambleas de mayores vuelos no obedecerían al concepto primitivo de un Congreso, ni producirían los frutos deseados. Por lo tanto, si esas asambleas se celebran, no hay que darles el nombre de Congreso, ni se les puede tomar como sustitutos del mismo. Pero esto no quiere decir que no se pueda invitar al Congreso a personas de otras zonas.
El Concilium ha dispuesto que ningún consejo celebre un congreso con mayor frecuencia que cada dos años. Se le debe dedicar un día entero. Si se pudiera celebrar en una casa religiosa, quedarían resueltos muchos problemas. A ser posible los actos comenzarán con la misa, a la cual sigue una breve plática del director espiritual u otro sacerdote, y terminarán con la Bendición.
La jornada se subdivide en sesiones, cada sesión con uno o varios temas. Alguien expone brevemente el tema, que tendrá preparado de antemano, pero todos han de tomar alguna parte en las discusiones. Esta participación común constituye la vida misma del congreso.
Una vez más insistimos en que no hablen demasiado los oficiales que presiden, ni intervengan constantemente en las discusiones. Los Congresos, lo mismo que las juntas de los consejos, han de seguir el método parlamentario: participación común dirigida desde la presidencia. Algunos presidentes muestran cierta tendencia a comentar lo que dicen los demás. Esto repugna a la idea del congreso, y no debe tolerarse.
Sería de desear que estuvieran en el Congreso algunos representantes de un consejo administrativo superior, los cuales podrían desempeñar algunos de los oficios más importantes, como presidir, iniciar las discusiones, etc.
Hay que evitar el afán de buscar efectos retóricos, porque crearían un ambiente artificial, y no es ese el ambiente de la Legión; y en tal ambiente nadie se sentirá inspirado, ni se resolverá ningún problema.
Unas veces se organizará el Congreso para todos los legionarios; otras, sólo para los oficiales de los praesidia. En el primer caso, y en la primera sesión, se podría distribuir a los legionarios en varios equipos de trabajo según los cargos que ocupan, formando los no oficiales otro grupo separado; así se someterían a estudio los deberes y las necesidades particulares de cada grupo. También podrían agruparse los legionarios según las obras a que se dedican. Pero distribuir los grupos de una u otra manera en la sesión inaugural es libre, y, en todo caso, en las sesiones siguientes no han de dividirse. Sería ilógico reunir a los socios para después mantenerlos separados la mayor parte del tiempo del Congreso.
Y no hay que olvidar que los oficiales tienen deberes más amplios que las funciones que normalmente corresponden a sus cargos; por ejemplo: un secretario, que de ordinario se contenta con escribir las actas, será un oficial muy deficiente, si no llega a traspasar tan limitados horizontes. Como todos los oficiales son miembros de la Curia, en su reunión deben estudiar los métodos de perfeccionar la vida de la Curia, en todo lo que se refiere a las juntas y a la administración en general.
Un Congreso no debe reducirse a una junta de curia que sólo se preocupa de temas administrativos y cuestiones de detalle; al contrario, debe aplicarse a cosas fundamentales. Pero, normalmente, todo lo que se aprende en el Congreso lo tiene que poner en práctica la Curia. Los temas deben girar sobre los principios básicos de la Legión; más o menos, los siguientes:
a) La espiritualidad de la Legión. No se comprende la Legión mientras los socios no se compenetren -a la medida de sus alcances- de las múltiples facetas de la espiritualidad legionaria; y no se logrará que funcione la Legión como es debido, si esa espiritualidad no va vinculada al trabajo activo tan íntimamente que sea su móvil y su alma; en otras palabras: la espiritualidad tiene que animar todo el trabajo, como el alma anima al cuerpo.
b) Las cualidades que deben poseer los legionarios, y la manera de desarrollarlas.
c) El sistema ordenado de la Legión, incluso el modo de dirigir las juntas; y la cuestión importantísima de los informes de los socios, es decir, la manera de darlos y de comentarlos.
d) Las obras legionarias, juntamente con el mejoramiento de los métodos; y el proyectar obras nuevas, con las cuales pueda la Legión alcanzar a todos los hombres.
Entre los actos del Congreso debe haber un discurso -dado por algún director espiritual o por un legionario capacitado- sobre algún aspecto de la espiritualidad, los ideales o los deberes de la Legión.
Cada sesión debe comenzar y terminar con una oración. Las oraciones legionarias darán material suficiente para tres de estas ocasiones.
La puntualidad y el buen orden son de precepto absoluto; de otra manera todo se malogra.
Entre los diversos Congresos que se celebren en una misma zona tiene que haber cierta variedad. Primero, porque en un solo congreso no se puede tratar más que un número limitado de temas, pero a lo largo de varios años se puede llegar a mucho. Segundo, porque, a todo trance, hay que evitar la sensación de estancamiento, sigue por consiguiente; hay que variar por variar. Y tercero: es verdad que el feliz éxito de un Congreso deja el deseo de repetirlo con el mismo tema; pero conviene tener en cuenta que el éxito feliz fue debido en gran parte al menos - a la novedad del tema, y eso ya no se repite. Si se quiere contar con la novedad como elemento de estímulo en cada congreso nuevo que se celebre, es preciso prepararlo de antemano con mucho ingenio.
“Si deseamos saber de que manera ha de prepararse el alma fiel para la venida del Divino Paráclito, trasladémonos con el pensamiento al Cenáculo, donde están reunidos los discípulos. Allí, según la orden del Maestro, perseveran en la oración mientras aguardan el poder de lo Alto, que va a bajar sobre ellos para revestirles como de armadura para la lucha que les espera. En esta morada santa de recogimiento y paz echamos una mirada reverente sobre María, la Madre de Jesús, la obra maestra del Espíritu Santo, Iglesia del Dios vivo. Por la acción del mismo Espíritu Santo nacerá de Ella, como de un seno materno, la Iglesia militante, representada por esta nueva Eva, que sigue conteniéndola dentro de sí” (Guéranger, El año litúrgico).
31
EXTENSIÓN Y RECLUTAMIENTO
l. El deber y la obligación de difundir la Legión no incumbe exclusivamente ni a los consejos superiores ni a los oficiales de la Curia: pesa sobre cada socio particular de la misma; más aún: pesa sobre todos los legionarios. Ténganlo todos bien entendido y, de vez en cuando, den cuenta de esta su responsabilidad. El método más obvio de cumplir este deber será por medio de visitas, o por carta; pero ya se le ocurrirán a cada cual otros modos de influir sobre los demás con este fin.
Si fueran numerosos los centros impulsores de la Legión, bien pronto estaría la Legión en todas partes, y el campo del Señor estaría repleto de trabajadores decididos (Lc 10,2). Por lo tanto, hay que llamar la atención de los socios frecuentemente sobre estos aspectos importantes de extensión y de reclutamiento, para que cada socio se persuada íntimamente de sus deberes.
2. Un cuerpo eficiente de la Legión será fuente de grandísimos bienes. Como puede suponerse que este bien tan deseable se vea duplicado por el establecimiento de otro cuerpo legionario más, cada uno de los miembros - y no sólo los oficiales - debe dedicarse a hacer realidad esto que tanto se desea.
Es señal de que ha llegado la hora de dividir un praesidium y fundar otro, cuando habitualmente tienen que ser cortados los informes de los socios y otros puntos de la junta, para evitar que ésta no se cierre a la hora debida. En estas circunstancias, la división no sólo es oportuna, sino necesaria; si no se hace, sobrevendrá un estado de entumecimiento, en el que decaerá el entusiasmo por la obra y por ganar nuevos socios; y, lejos de tener e! praesidium energía para comunicar vida a otro, hallará dificultad en sostener la propia.
En cuanto el proyecto de fundar un segundo praesidium en una misma localidad, se objetará tal vez que es suficiente el número actual de legionarios para atender las necesidades presentes. Contra lo cual decimos -y lo subrayamos- que, siendo el fin primordial de la Legión la santificación de sus miembros -y de la sociedad entera mediante su influjo-, se deduce lógicamente que por esta sola razón, aunque no hubiera otra, el aumentar el número de socios ha de se también un fin primordial. Es posible que en poblaciones pequeñas cueste buscar trabajo para los nuevos miembros; con todo es preciso atraerlos, sin poner coto a su número. La Legión nunca debe pensar en restricciones numéricas; de lo contrario, podrían quedar excluidos legionarios de más valer que los que están en activo. Remediadas las necesidades más visibles, búsquense otras que estén ocultas. Hay que dar trabajo a la máquina para que funcione. Trabajo siempre hay, y es necesario encontrarlo.
Al fundar un praesidium nuevo donde ya existan otros, procúrese que los oficiales y un buen núcleo de socios de aquél sean legionarios trasladados de estos. Sacrificar con este fin lo mejor que tienen, debería ser para los praesidia su mayor honor. Ni hay tampoco método más saludable que éste para podar los praesidia.
Aquel que tan generosamente se despoje, no tardará en echar nuevos y pujantes brotes, y con el tiempo se verá cargado más que nunca de los sabrosísimos frutos del apostolado.
En aquellas ciudades y localidades donde no hubiese ningún centro de la Legión, y no fuere posible hacerse con legionarios experimentados, los fundadores del nuevo praesidium tendrán que darse muy de lleno al estudio del Manual y de los comentarios que hubiese escritos sobre el mismo.
Al fundar el primer praesidium en una localidad, conviene diversificar cuanto se pueda sus actividades, porque así tendrán mayor interés las juntas, lo cual redundará en beneficio del praesidium, dando amplio campo a los socios para que puedan desarrollar sus diversas habilidades e inclinaciones.
3. Una palabra de aviso sobre el reclutamiento de socios: es muy peligroso presentar metas demasiado altas. Por supuesto, el nivel espiritual y apostólico de los legionarios veteranos será más elevado que el común, cosa que no hay que olvidar al admitir nuevos socios, pero sería injusto exigir a uno de estos principiantes lo que solo han conseguido otros después de varios años en la Legión.
Es cosa muy corriente en los praesidia querer justificar el reducido número de socios, diciendo que no hay personas capacitadas disponibles. Pensándolo bien, se ve pronto que esto tiene más de excusa que de razón. Seguramente el origen de la culpa está en el mismo praesidium, por una de estas dos causas:
a) porque no se tiene verdadero empeño en reclutar, lo cual indica dejadez por parte de los socios, individual y colectiva;
b) porque el praesidium se equivoca imponiendo a los candidatos pruebas excesivamente duras, que hubieran excluido a la mayoría de los miembros antiguos y presentes.
Quizá los oficiales razonan diciendo que de ningún modo deben dar cabida a elementos no aptos. Muy bien, pero tampoco deben privar a todos, excluyendo a unos cuantos, de los bienes que trae consigo el pertenecer a la Legión. Si hay que escoger entre un rigor excesivo y una excesiva condescendencia, es preferible evitar el primer extremo, como un error más funesto que el segundo, pues mata el apostolado seglar en su germen, privándole de operarios. El segundo extremo llevaría sólo a cometer faltas que tienen solución.
El praesidium adoptará un término medio, aventurándose y arriesgándose hasta donde sea preciso. Hay que arriesgar algo, hay que experimentar con diversos elementos, y ver si valen o no. Si alguno no sirve, no tardará en volverse atrás, quejoso del trabajo que le impone la Legión. No cabe otro proceder más eficaz para conservar la Legi6n en su integridad.
¿Quién ha oído jamás que un cuartel cerrará sus puertas por temor de que sentara plaza algún inepto? Precisamente, la formación militar tiene por fin manejar grandes masas de hombres del tipo medio. La Legión de María -como ejército que es- debe aspirar a tener gran número de socios; aunque no pueda prescindir de ciertas pruebas para su admisión, las condiciones requeridas deberán estar al alcance del tipo medio; si después queda algo que limar y disciplinar, para eso está la Legión. El reglamento legionario, henchido de piedad y resguardado por una disciplina rigurosa, está hecho para estas personas ordinarias, no para superhombres. No se trata de recibir en la Legión únicamente a ciertos individuos tan santos y tan prudentes en todo, que no representen ni remotamente, al tipo común del seglar.
En resumidas cuentas: lo que más apena no es el reducido número de personas que tienen cualidades para ser socios, sino que sean tan pocos los que se ofrecen voluntariamente a echar sobre sus hombros esta carga. Y esto nos lleva a la consideración siguiente:
c) personas que serían aptas, no se deciden a ingresar porque en el praesidium se respira un aire recargado de seriedad y rigidez, o porque -por cualquier otra circunstancia - reina en él un ambiente no acorde con ellas.
Aunque la Legión no es solo para gente joven; ésta es la que se debe buscar ante todo, procurando satisfacer sus aspiraciones. La Legión habrá fracasado notablemente en su esfuerzo el día en que deje de atraer a la juventud; un movimiento alejado de ella, no influirá en el futuro. La juventud es la llave del porvenir, y es necesario dar margen a sus aficiones razonables, y simpatizar con ellas. No han de quedar en las puertas unos jóvenes alegres, generosos y entusiastas, por culpa de exigencias incompatibles con su edad, que no valen más que para ensombrecer el cuadro de la vida.
d) La excusa ordinaria: “No tengo tiempo”, es probablemente verdad. La mayoría de las personas tienen ocupado su tiempo, pero no con actividades apostólicas, que quedan relegadas al último lugar. Beneficiaría eternamente a tales personas el hacerles ver que viven en una escala de valores errónea, y que deben dar prioridad al apostolado, supeditando a éste algunas de sus otras preocupaciones.
“Ley fundamental para roda asociación religiosa es perpetuarse, dilatar su acción apostólica por el mundo, y ponerse en contacto con el mayor número posible de almas. Creced, multiplicaos, llenad la tierra y sometedla (Gn 1, 28). Esta ley de la vida se impone como un deber de conciencia a todo miembro de la asociación. El Padre Chaminade formula la ley en estos términos: “Hemos de realizar conquistas para la Virgen santísima, hemos de hacer entender a aquellos con quienes vivimos qué gozoso es ser todo de María, a fin de inducir a muchos de ellos a incorporarse a nuestras filas y avanzar con nosotros”. (Breve tratado de Mariología).
32
RESPUESTAS A ALGUNAS OBJECIONES
1. "Aquí no hace falta la Legión"
Fácilmente han de oír esta opinión las personas deseosas de introducir la Legión en un lugar nuevo. He aquí la respuesta: la Legión no es un organismo dedicado a una clase particular de obras, si no que busca primero el desarrollo del celo y del espíritu cristiano, aplicable después a cualquier empresa. Los que dicen: Aquí no hace falta la Legión, vienen a decir: Aquí no hace falta celo. Afirmación que se refuta por sí misma. Según la definición del P. Raúl Plus, “Cristiano es aquél a quien Dios ha confiado sus seguidores”.
En todas partes, sin excepción, hay necesidad de un apostolado intenso. Y esto por muchas razones. Primera: porque se debe ofrecer a todos los cristianos que sean capaces de ello ocasión para desarrollar su vida apostólica. Segunda: hoy, para impedir que la práctica de la religión se convierta en rutina o degenere en materialismo, es imprescindible que el conjunto de la población experimente ese santo estremecimiento, que sólo una obra de intensísimo apostolado puede producir en ella. Y tercera: se requiere la entrega de personas pacientes y esforzadas para conducir al buen camino a los que viven sumidos en la miseria o encenagados en el vicio, y para guardar a los que tienden a extraviarse.
Todo Consejo superior tiene la responsabilidad de desarrollar al máximo la capacidad espiritual de aquellos que tiene a su cargo. Entonces, ¿qué clase de apostolado es el que distingue al cristiano y es un elemento esencial de su carácter? Por lo tanto hay que llevar a cabo una invitación hacia el apostolado. Pero invitar sin proporcionar los medios de respuesta es una tarea mínima, porque pocos de los que oigan esta invitación tendrán posibilidad de trabajar por sí solos; de este modo hay que montar la maquinaria en forma de una organización apostólica.
2. “Aquí no hay personas con cualidades para socios”
Esta objeción proviene de no entender bien qué clase de persona se requiere para socio. Digamos claramente que, en general, no habrá ni oficina, ni taller, ni lugar alguno de trabajo, en donde no se puedan reclutar legionarios.
Los posibles legionarios podrán ser personas cultas o incultas, trabajadores o de holgada condición, e incluso obreros parados. La Legión no es monopolio de ningún color, ni raza, ni clase particular: todos pueden ser socios. La Legión tiene el don especial de saber utilizar a favor de la Iglesia las energías ocultas y las atrayentes cualidades de un carácter aún no cultivado. Mons. D. Alfredo O'Rahilly, después de estudiar las actividades de la Legión, no pudo menos que escribir lo siguiente: “He hecho un gran descubrimiento, o, mejor dicho, lo he visto hecho ya: en personas al parecer corrientes hay un heroísmo en estado latente; se descubre en ellas verdaderas fuentes ocultas de energía”.
Para admitir a los socios, no se les debe exigir más de lo que implícitamente exigen los Papas al declarar que en cualquier sector de la sociedad es posible reunir y formar un núcleo escogido para el apostolado.
A este respecto, léase atentamente el párrafo 3b, del capítulo 31, referente a Extensión y reclutamiento, como también el 40, 7, titulado La Legión como auxiliar del misionero, donde se insta a una amplia extensión de los miembros legionarios entre las comunidades recién convertidas al cristianismo.
Si realmente hay dificultad en encontrar socios, es señal de que, en aquella localidad, el nivel espiritual es extraordinariamente bajo; y eso, lejos de justificar el cruzarse de brazos, demuestra la palpable necesidad de fundar un cuerpo de la Legión, para que, como levadura buena, fermente toda la masa. Hay que convencerse de que la levadura es el elemento que prescribe nuestro Señor para la elevación de las costumbres (Mt 13,33). Recuérdese que bastan sólo cuatro, cinco o seis miembros para formar un praesidium. Una vez entregados de lleno estos pocos al trabajo con perfecto conocimiento de sus obligaciones, no tardarán en hallar y alistar a otras personas igualmente aptas.
3. “Se recibirían con disgusto las visitas de la Legión”
Lo más oportuno en este caso -si realmente se diera- sería dedicar la Legión a obras de otra índole; no, abandonar la idea de fundarla, sacrificando así tantas posibilidades como ella ofrece de hacer el bien a la sociedad. Es preciso hacer constar, sin embargo, que hasta la fecha la Legión, en esto de las visitas domiciliarias, no ha experimentado ninguna dificultad de carácter duradero y universal. Si, aún haciéndolas con verdadero espíritu apostólico (véase el capítulo correspondiente), fuesen acogidos los legionarios con frialdad, hay razón para convenir, en general, que allí reina la indiferencia religiosa, o algo peor; y por lo tanto, allí donde menos se les desea a los legionarios es donde más urge su labor. Aunque surjan dificultades al principio, no hay razón para interrumpir las visitas; pues la experiencia dice que aquellos socios que han tenido valor para atacar el hielo de la indiferencia, han logrado derretirlo, y resolver dificultades más serias, que no se veían y eran la causa de tanta frialdad.
El hecho de que el hogar es -humana y cristianamente- el punto estratégico; merece nuestra máxima consideración. Ocupar el hogar es conquistar la sociedad. Más, para conquistar el hogar, hay que ir a él.
4. “La juventud tiene que trabajar mucho durante el día y necesita su tiempo libre para descansar”
Por razonables que parezcan, estas palabras impidieron durante varios años la fundación de la Legión en la gran ciudad y en todo tiempo y lugar privan a esta de muchos y excelentes socios. En teoría suenan muy razonables; llevadas a la práctica, el mundo religioso sería un yermo, porque nunca han sido los desocupados quienes han realizado la obra de la Iglesia.
Sin embargo ¿a qué suelen entregarse estos laboriosos jóvenes en sus horas de ocio? ¿No es a diversiones más o menos desordenadas, en vez de un saludable descanso? En este alternar diario de trabajo durante el día y placer por la noche, ¡qué fácil es ir a la deriva, hasta encallar en un verdadero materialismo que, al cabo de unos cuantos años, deja el corazón sin ideales, azotado por la crisis, y las velas del barco de la juventud rotas y hundidas con todos los tesoros que constituían su preciosa carga! Y el resultado final puede ser más desastroso todavía. ¿No afirma San Juan Crisóstomo que jamás pudo convencerse de que se salvarían los que nunca habían hecho nada por salvar al prójimo?
Mucho más prudente sería en los padres exhortar a sus hijos a que dediquen al Señor como legionarios las primicias de sus ocios. Estas primicias apostólicas embellecerán su vida entera, y conservarán el corazón -y, también, ¿cómo no?, hasta el rostro- joven y sereno. Y aún les quedara mucho tiempo para divertirse, y con gozo duplicado, por haber sido doblemente ganado.
5. “La Legión no es más que una de tantas organizaciones con los mismos ideales y programas”
Es verdad que hoy todo se va en hablar de idealismos; y también es muy cierto que cualquiera, con papel y pluma en mano, en pocos minutos puede trazar un programa de admirables proyectos; y que, según eso, la Legión no sería más que una organización, entre las mil que se entregan generosamente al bien de los demás y sueñan en grandes empresas apostólicas. Pero hay que admitir que la Legión es de las pocas que especifican y concretan su apostolado.
Un idealismo indefinido, que se reduce a exhortar a uno a que haga, todo el bien que pueda en torno suyo, solo logra resultados igualmente indefinidos. La Legión encarna sus ideales de conquista en una vida espiritual determinada, en una forma concreta de oración, en un trabajo semanal bien precisado, en informes semanales detallados, y -como se verá- en un éxito feliz comprobado. Y por último -pero es lo más importante-, la Legión adopta como principio vital de este método su unión con María.
6. “Ya tenemos otras asociaciones haciendo las obras de la Legión. Si ésta se introduce, podría chocar con aquéllas”
No acaba uno de salir de su asombro, cuando se oyen tales palabras en localidades donde tres cuartas partes de la población -y tal vez más- o no son católicos, o, por lo menos, no practican, y en donde el progreso religioso es casi nulo.
¡Qué triste, contentarse con semejante estado de cosas! Eso equivale a permitir que Herodes establezca su trono en los corazones, mientras que el Señor y su bendita Madre están relegados para siempre a un miserable establo.
Pero muy frecuentemente, con esas palabras, se quiere negar la entrada a la Legión bajo el pretexto de proteger a unas organizaciones de que de tales no tienen más que el nombre, y que no hacen nada: ejércitos que jamás derrotaron al enemigo.
Además, si una cosa no se hace bien, es como si no se hiciera; y, por consiguiente, es una mezquindad emplear unas docenas de colaboradores apostólicos donde deberían trabajar centenares, y aun millares. Por desgracia, esto es lo que sucede de ordinario. Y muchas veces a la falta de organización -que se evidencia en tan reducido número de apóstoles- se une la falta de espíritu y de método.
No le quepa a nadie la menor duda: en todas partes hay sitio de sobra para la Legión. Si se quiere probar la verdad de lo que decimos, señálese a la Legión un campo mínimo de acción. Es fácil que los resultados sean convincentes, y que los pocos miembros de un praesidium se multipliquen -como los cinco panes- hasta satisfacer y colmar con creces todas las necesidades (Mt 14, 15-21).
No tiene la Legión ninguna serie de obras fijas en su programa de acción; tampoco piensa en crear necesariamente otras nuevas. Lo suyo es más bien impulsar día a día las que adolezcan de falta de orientación y método, a fin de conseguir efectos análogos a los que se obtendrían aplicando la energía eléctrica a un trabajo que antes se hacía a mano.
7. “Organizaciones sobran. Lo que hay que hacer es dar vida a las que ya tenemos, o extender su campo de acción para que abarquen las obras proyectadas por la Legión”
Esto podría ser un argumento reaccionario. Con esa razón, cabría aplicar el verbo sobrar a casi todas las manifestaciones de vida en derredor nuestro. Y, por otra parte, no sería lógico oponerse a una cosa por el mero hecho de ser nueva, porque sería impedir todo progreso. La Legión sólo pide una oportunidad para manifestarse. Si realmente no es “una de tantas” sino inspirada por el mismo Dios, ¡qué desgracia, negarle la entrada!
Pero de la misma objeción se deduce que todavía no se hace el trabajo que se debería hacer. Iría contra el sentido común y contra la práctica humana universal quien rechazara un nuevo movimiento que, como Legión, ha demostrado ya en otras partes su capacidad de hacer dicho trabajo. Quedará patente lo absurda que es esta objeción si la expresamos en estos términos: “¿A qué importar ese avión, si ya tenemos Coches de sobra? Vamos a ver si podemos perfeccionar el auto hasta conseguir que vuele”.
8. “Éste es un pueblo pequeño. Aquí no hay lugar para la Legión”
No es raro oír esta observación en localidades pequeñas que, sin embargo, gozan de gran fama en varias leguas a la redonda, pero de una fama nada envidiable por cierto.
Por otra parte, una aldea podrá gozar de buen nombre tradicional; y al mismo tiempo estar paralizada: paralizada en valores morales, paralizada en atractivos humanos; de modo que la juventud, echando de menos esos atractivos, los busque en los centros populosos, y encuentre allí su ruina, por faltarle a su vez los valores morales.
El mal proviene de la ausencia de todo idealismo religioso, y el efecto de esta falta de ideales es el ver que nadie hace más de lo que es de estricta obligación. Desaparecido el ideal religioso, la aldea es un yermo espiritual, ¡y la ciudad también!
Para que vuelva a germinar la vegetación, bastará formar un pequeño grupo de apóstoles capaz de irradiar el espíritu que les anima, capaz de establecer nuevas formas de conducta: pronto se emprenderán obras adaptadas a la localidad, la vida sonreirá más alegre, y se detendrá la emigración.
9. “Algunas de las obras de la legión entrañan actividades espirituales que, por su misma naturaleza, incumben al sacerdote, y no deben ser confiadas a los seglares sino cuando el clero se vea imposibilitado para cumplirlas. En cuanto a mi, puedo visitar a mis feligreses varias veces al año, y con resultados satisfactorios”
La contestación a esta objeción ya está dada en términos generales en el capítulo 10, apostolado legionario; puntualicemos aquí algo más. Y digamos, primero, que la Legión está pendiente en todo de la voluntad del cura párroco, y de cualquier otra autoridad eclesiástica, en lo que se refiere a la conveniencia de emprender tal o cual obra.
El conocimiento íntimo de cierta ciudad -a la que se califica como una de las más santas del mundo- pone de manifiesto que en ella hay grandes masas contagiadas por los angustiosos problemas de nuestra sociedad moderna. Y la sensación de que todo está a salvo en ella -y en cualquier otra ciudad- por la visita que se haga a los feligreses una, dos o cuatro veces al año, es una ilusión sin base, por fructífera que sea dicha visita. La prueba de que todo va bien estará en el creciente número de quienes se acerquen a comulgar todos los días, y en que muchos más comulguen cada semana, y todos siquiera cada mes.
¿Por qué, pues, suelen bastar cuatro o cinco horas semanales de confesionario? ¿Cómo se explica esa enorme desproporción?
Por otra parte, ¿qué grado de intimidad- o contacto personal por lo menos - no se requerirá para satisfacer la obligación que contrae el pastor con cada fiel encomendado a su cuidado? San Carlos Borromeo solía decir que una sola alma es suficiente diócesis para un obispo. Luego, ¡Calcúlese lo que supondría dedicar a cada persona una media hora, aunque no fuera más que una vez al año! Pero, ¿bastaría esa media hora? Santa Magdalena Sofía Barat, además de innumerables entrevistas, escribió unas doscientas cartas a una sola alma rebelde. ¿En cuántos casos los mismos legionarios no han porfiado diez o más años en ir tras determinadas almas, y todavía las están persiguiendo? Por tanto, recapacite el tal sacerdote y pregúntese si es hacer justicia a su obra y así mismo rechazar este poderoso auxilio. En cambio la Legión le proporciona unos auxiliares celosos; muchos, allí donde él es uno solo; obedientes en todo a su palabra; dotados de sólida discreción, y mediante su ayuda, tan capaces como él de abrirse paso en el trato con los individuos y las familias; dotados de una gracia especial para animar a los demás a ser mejores; en fin, unos colaboradores que le brindan ocasión de prestar a sus feligreses algo más que un servicio rutinario.
“La Legión de María le depara al sacerdote dos bienes, ambos de igual valor. Primero: un instrumento de conquista, que lleva la señal auténtica del divino Espíritu; y yo me preguntaré: ¿acaso tengo el derecho de menospreciar un arma tan providencial? Segundo: un manantial de agua viva capaz de renovar toda nuestra vida interior, y, naturalmente, esto me enfrenta con otra pregunta: si se me ofrece un manantial tan puro y hondo, ¿acaso no tengo obligación de beber de él?” (Guynot, canónigo).
10. “Me temo que los socios cometan alguna indiscreción”
Démonos cuenta de la realidad de las cosas. ¿Acaso dejamos la cosecha sin recoger sólo porque alguna mano torpe pueda estropear unas cuántas espigas? Aquí se trata de cosechar almas: almas pobres, débiles, ciegas y tullidas; almas con tanta necesidad, y en tan gran número, que se siente uno impulsado a creer que la situación es irremediable. Con todo, el Señor nos manda que vayamos por calle y plazas, caminos y senderos, en busca de estas pobres almas, para que vengan y se llene su casa (Lc 14, 21-23). Pero ¿Cómo cosechar tan abundante mies, si no se movilizan los trabajadores, si no se alista a los seglares, formándoles en ese celo conquistador? Tal vez se cometa alguna indiscreción. Hasta cierto punto, las imprudencias son inseparables de todo lo que sea celo y vida.
Ahora bien, hay dos modos de preverlas: la inercia vergonzosa o la disciplina férrea. Un corazón noble, en el que vibre la voz compasiva de nuestro Señor, al contemplar esas dolientes multitudes, rechazará con horror la primera, y, abrazándose a la segunda, se entregará totalmente a salvar esas pobres almas desgraciadas.
Hasta la fecha la Legión no ha tenido que lamentar ninguna falta grave de discreción, y, por la misericordia de Dios, espera que, con la severidad de su disciplina, no habrá nunca motivo para temer esto en el futuro.
11. En los comienzos siempre habrá obstáculos
Y, en esto, la Legión no se diferenciará de otras empresas buenas. Un poco de energía, sin embargo, hará que esas dificultades - que parecen tan formidables al principio - sean como un bosque: cerrado e impenetrable cuando se le mira de lejos, pero fácil de penetrar al acercarse a él.
Recuérdese que “el que no hace más que apuntar, nunca da en blanco; quien no se echa al agua, nunca sabrá nadar; ponerse siempre a salvo es señal de cobardía; un bien esencial disculpa muchos defectos” (Newman).
Al hablar de una obra de la gracia, nadie se deje guiar tan ciegamente por tanta prudencia que venga a cerrar los ojos a la misma existencia de la gracia. No hay que pensar en objeciones y peligros sin reparar al mismo tiempo en el auxilio prometido. La Legión está cimentada sobre la oración, trabaja por las almas, y pertenece en cuerpo y alma a María. Al tratar de la Legión no se hable ya de reglas humanas, sino de reglas divinas.
“María es la Virgen Única y sin par: Virgo Singularis. Al tratar de Ella, no me habléis, pues, de reglas humanas, sino de reglas divinas” (Bossuet).
33
DEBERES BÁSICOS
DE LOS LEGIONARIOS
1. ASISTIR REGULARMENTE Y CON PUNTUALIDAD A
LAS JUNTAS SEMANALES DELPRAESIDIUM
(véase el capítulo 11, Organización interna de la Legión)
a) El cumplir con esa obligación cuesta más, naturalmente, estando cansado, cuando hace mal tiempo, y al sentirse tentado de irse a otra parte. Pero ¿dónde está la prueba, sino en la dificultad? Y ¿dónde el mérito sino en vencerla?
b) Más fácil es apreciar el valor de un trabajo, que el de una junta donde se informa sobre ese trabajo; y, sin embargo, la junta es el deber principal. Es, con relación al trabajo, lo que la raíz respecto de la flor: no puede vivir uno sin el otro.
c) La fidelidad en asistir a la junta, aunque sea a costa de largas idas y venidas, es prueba de elevadas miras sobrenaturales; pues, si nos guiásemos sólo por la razón, juzgaríamos que la pérdida de tiempo - ocasionada en esas circunstancias para ir a la junta- anula todo su valor. No, no es tiempo perdido; es una parte -y sumamente meritoria- del trabajo total. ¿Acaso fue pérdida de tiempo el largo viaje de María en la Visitación?
“A tantas otras virtudes unió Santa Teresa un ánimo firme y resuelto. Tenía por máxima inviolable que debemos apurar nuestras fuerzas antes de quejarnos. ¡Cuántas veces acudía Ella a maitines sufriendo vértigos y violentos dolores de cabeza! Aún me quedan fuerzas para andar -solía decir- así que debo estar en mi puesto. Gracias a esta intrépida energía, hizo actos heroicos” (Santa Teresa de Lisieux).
2. CUMPLIMIENTO DE LA OBLIGACIÓN
DEL TRABAJO SEMANAL
a) Debe ser un trabajo serio y sólido, que tenga bien ocupado al legionario durante dos horas cada semana. Pero no hay que guiarse por cifras. Muchísimos socios superan generosamente este mínimo ofreciéndose varios días a la semana. Hay muchos que trabajan legionariamente todos los días. En todo caso, el trabajo realizado ha de ser el desempeño del deber activo semanal justamente como lo concretó y señaló el praesidium, no el capricho del propio legionario. Las oraciones u otros ejercicios de piedad, por valiosos que sean, no satisfacen esta obligación, ni siquiera suplen en parte la falta de trabajo activo.
b) El trabajo activo no es sino una forma de oración, y hay que aplicarle las reglas de la oración. Ningún trabajo durará mucho si no está encuadrado en este marco sobrenatural, porque, una de dos: o es fácil, y en este caso se hará cansino y monótono; o es interesante, y entonces la mayoría de las veces resultará difícil y estará marcado por las contradicciones y el fracaso aparente. En ambas hipótesis sobrarán razonamientos humanos, aconsejando que se desista de la obra comenzada. En lugar de esto, el legionario tiene que aprender a penetrar con la mirada más allá de la niebla de los sentimientos naturales, y mirará las cosas en su verdadera perspectiva sobrenatural. Cuanto más se parezca su trabajo a una cruz y al sufrimiento, tanto más lo debe apreciar.
c) El legionario es un soldado. El deber no ha de ser para él cosa de menos valor que para un soldado de la tierra. Todo lo noble, sacrificado, caballeresco y enérgico del carácter militar ha de tener en, el legionario de María su más alta representación. Esas cualidades han de reflejarse en su trabajo legionario.
La muerte, el monótono rondar del centinela, fregar los suelos del cuartel: todo eso entra en el oficio de un soldado; pero no se mira la parte material del deber impuesto; sino el deber como tal, y se procura cumplirlo todo con igual fidelidad. Que salga uno victorioso o derrotado, ¿qué importa? El deber es siempre el deber. Aprenda de aquí el legionario de María: no menos firme ha de ser el concepto que tenga del deber, ni menos rigurosa la aplicación que haga de este concepto a cada obra, tanto a la más insignificante como a la más difícil.
d) La unión íntima con María es fundamental en todo trabajo legionario. Pero también es esencial que esa obra tenga por fin el infundir -en aquellos por quienes se trabaja- un conocimiento y amor a María tales, que les muevan a emprender algo en su servicio. Sin este conocimiento y amor a María no se puede gozar de buena salud espiritual ni robustecerla. La Virgen santísima “está asociada a los divinos misterios, y bien puede llamarse la Guardiana de los mismos, pues sobre Ella, como sobre el más excelso fundamento después de Jesucristo, descansa la fe de todas las generaciones” (San Pío X, AD, 3). Invitamos a los legionarios a meditar sobre estas sugestivas palabras del mismo Papa: “el que trabaja por las almas no las verá fructificar en obras de virtud y santidad, a medida de sus sudores, hasta tanto que la devoción y la augusta Madre de Dios llegue a echar en ellas hondas raíces”.
“Como nuestro Señor sobre el calvario, tened en cuenta que estáis luchando con certeza de victoria. No temáis valeros de las armas que Él mismo utilizó, ni compartir sus llagas. Que venga la victoria en esta generación o en la próxima, ¿qué importa? Seguid con la constancia de una labor paciente; de lo demás se ocupará el Señor; no nos toca a nosotros saber ni la hora ni el momento que el Padre ha señalado a su poder. ¡Ánimo, pues! Llevad la carga de vuestra heroica empresa con la intrepidez de aquellos valientes caballeros que os han precedido” (T Gavan Duffy, El precio del naciente día).
3. INFORMAR DE VIVA VOZ EN LA JUNTA SOBRE EL TRABA]O DE LA SEMANA
Este deber es muy importante, y es además uno de los ejercicios que más contribuyen a mantener el interés en la obra de la Legión. Para esto, y para la formación de los socios, exige la Legión que se de un informe de viva voz. Se conoce la eficacia de un legionario en el cuidado que pone en preparar sus informes y en el modo de presentarlos. Cada informe es un sillar en el edificio de la junta, y la solidez de ésta depende de la perfección de los informes. Cada informe no hecho o mal hecho es una injuria a la junta, que es el centro de la vida legionaria.
La formación de los socios depende en gran parte de ver como actúan los demás, y esto es lo que se manifiesta en los informes; y depende también de saber escuchar los comentarios de los demás a su propio informe. Un informe sin contenido no aprovecha ni a quien lo da ni a quienes lo reciben.
Para más detalles sobre el informe, y sobre el modo de redactarlo, véase el párrafo 9 del capítulo 18, orden de la junta del praesidium.
“Recordad con que insistencia exhorta San Pablo a los cristianos a socorrer y tener presentes en sus oraciones a todos los hombres; porque Dios quiere que todos los hombres se salven..., porque Cristo se dio a sí mismo en rescate por todos (1 Tm 2,6). Y este principio de la universalidad de nuestro deber y de su objeto aparece también en estas sublimes palabras de San Juan Crisóstomo: “Cristianos, daréis cuenta no sólo de vosotros mismos, sino del mundo entero” (Gratty, Las fuentes).
4. GUARDAR SECRETO INVIOLABLE
Los legionarios deben guardar secreto absoluto sobre todo lo que conozcan en las juntas o en el ejercicio de su trabajo. Este conocimiento les viene porque son legionarios, y, si lo divulgasen, sería una traición intolerable a la Legión. Hay que informar en la junta, ciertamente; pero aun aquí es menester prudencia. Se trata esta cuestión más ampliamente en el número 20 del capítulo 19, la junta y el socio .
Guarda lo que se te ha entregado en depósito (1 Tm 6, 20).
5. CADA SOCIO DEBE TENER UN CUADERNO
En el apuntará una breve relación de los diversos casos, por estas razones: a) es un deber para con la Legión el llevar cada obra con la precisión y el esmero con que se lleva un negocio; b) así no se olvidarán casos anteriores o que estén sin terminar; c) será un arsenal de detalles indispensables para dar buenos informes; d) será un medio de habituarse a hacer las cosas con orden; y e) como constancia escrita de un trabajo realizado, servirá para disipar el desaliento en los momentos de alguna inevitable crisis en que todo lo pasado se presenta envuelto en la oscuridad del fracaso presente.
Es necesario llevar estos apuntes con secreto - inventando, a ser posible, una especie de clave - para no descubrir a personas extrañas cosas delicadas. Y nunca se deben tomar notas delante de las personas interesadas.
Hágase todo con dignidad y con orden (1 Co 14,40).
6. TODOS LOS LEGIONARIOS DEBEN RECITAR CADA DÍA. lA CATENA LEGIONIS. (CADENA DE LA LEGIÓN)
Está compuesta principalmente del Magnificat. Salido de los labios de María misma, es ahora el himno vespertino de la Iglesia; es "el más henchido de humildad y agradecimiento, el más sublime y excelso de todos los cánticos" (San Luis María de Montfort).
Como ya lo indica el nombre, esta cadena es el vínculo que une a la Legión con la vida diaria de todos sus miembros activos y auxiliares, y a los miembros entre sí y con su bendita Madre. El nombre sugiere también la obligación de rezarla cada día. Para que una cadena sea perfecta no ha de faltar ningún eslabón: un solo legionario que falte a su obligación en este punto es un eslabón roto en la cadena de la devoción legionaria. Y que sirva esto de aviso a todos.
Los legionarios que, por fuerza de las circunstancias, se hayan visto obligados a dejar las filas legionarias -y aun aquellos que hayan salido por cualquier motivo- deberían continuar con el rezo diario de la catena, conservando durante toda su vida siquiera esta unión con la Legión.
"Cuando quiera conversar familiarmente con Jesús, lo haré siempre en nombre de María, y, hasta cierto punto, en su persona. Por mi medio quiere Ella volver a vivir esas horas de dulce intimidad y de inefable ternura que pasó en Nazaret con su amado Hijo. Con mi ayuda quiere deleitarse de nuevo en entrar con Él, gracias a mi le abrazará y le estrechará contra su corazón, como entonces en Nazaret (De Jaegher, la virtud de la confianza).
7. RELACIONES ENTRE LOS SOCIOS
Aunque muy dispuestos a cumplir el deber de la caridad para con sus compañeros de un modo general, olvidan los legionarios a veces que ese deber incluye el sobrellevar sus defectos. Si fallan en esto, serán causa de que el praesidium se vea privado de la gracia, y hasta puede ser que desgraciadamente, den motivo a otros socios para marcharse.
Por otra parte, todos deberán tener bastante juicio como para darse cuenta de que su fidelidad a la Legión no ha de depender de si este presidente es simpático o aquel compañero poco tratable; ni de una desatención real o imaginaria, que pueda cometerse contra ellos; ni de faltas de aprecio, desavenencias, reproches u otras contrariedades análogas.
El olvido de si mismo debe ser la base de toda obra solidaria; sin él, hasta los apóstoles más comprometidos pueden ser un peligro para la organización. Los socios más valiosos de la Legión son aquellos que, controlando sus reacciones instintivas, se adaptan y más fácilmente al reglamento. Todo aquel que diga o haga cualquier cosa en contra de la dulzura que debe caracterizar a la Legión, le da una puñalada, tal vez en el corazón mismo. Cuiden, pues, todos de construir, no de destruir.
Al tratar de las relaciones de los legionarios entre sí, hay que hacer particular mención de lo que con tanta ligereza como incorrección se llaman pequeñas envidiejas. La envidia, de suyo, raras veces es cosa pequeña: es indicio de un corazón amargado; envenena las relaciones humanas donde quiera que penetra. En el malicioso se convierte en una fuerza destructiva, capaz de llegar a los mayores excesos. Pero también tienta al corazón generoso y limpio, precisamente en lo que éste tiene de más sensible y afectuoso. ¡Qué duro, tener que dejar el puesto a otros, verse aventajado en virtud y en capacidad, arrinconado y reemplazado por los jóvenes! ¡Cómo amarga el sentimiento de verse eclipsado! Hasta las personas más espirituales han sentido este secreto tormento, y han aprendido por ahí cuán débiles y miserables eran. En realidad, esa amargura no es sino el incipiente humear del odio, próximo a estallar en llama destructora.
El olvidar las causas de la envidia proporcionará algún alivio; pero el legionario tiene que aspir